está en mi ADN, en el soundtrack de mi vida desde que tengo uso de razón.

Hace unos 35 años, cuando iba iniciando la primaria, hubo un de canto en el cumpleaños de una prima paterna, en una familia en la que hasta el perico canta y toca la guitarra.

A alguna tía se le hizo gracioso poner a cantar a todos los niños de la familia, hacer un concurso informal en la fiesta infantil, el cual, por cierto, al coincidir con el Día de Muertos, se convirtió en un concurso de canto y, al mismo tiempo, de disfraces, algo sumamente surrealista si lo pensamos a fondo.

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El disfraz llegó casi de último momento, un par de horas antes del duelo de voces. Lo que ya llevaba meses practicando era la canción, la primera rola que me aprendí en la vida y a la que siempre le guardé cariño por eso y porque es demoledora en todo sentido: “Cuando seas grande”, de Miguel Mateos.

Antes de mencionar qué pasó en el mentado concurso, debo decir que todos esos recuerdos me llegaron el jueves pasado, cuando el propio Mateos estaba cantando su canción en el Auditorio Nacional, donde el hilo conductor fue el 40 aniversario de su disco Solos en América, con Alejandro Lora como invitado en esa canción y en “Las piedras rodantes”.

Que a los seis años alguien te pregunte: “¿Qué vas a ser cuando seas grande?” es de lo más normal. Todo mundo lo cuestiona todo el tiempo. Yo, en ese momento, no sabía la respuesta, pero sí sentía cómo las canciones me mantenían a flote y que ahí debía estar; ahí me sentía en un lugar seguro.

Regresamos 35 años la cinta. Unos 12 niños (mis primos y primas) están formados y listos para ir subiendo a un “escenario”: una pequeña mesa circular de medio metro de alto. Yo llevaba meses cantando la canción, sabía cada palabra y sentía su fuerza: “¿Estrella de rock & roll, presidente de la Nación?”, “Nene, ¿qué vas a hacer cuando alguien apriete el botón?”.

No solo la cantaba, la sentía. Yo no era un niño, yo era Batman, yo era Miguel Mateos. Y así, conforme fue avanzando la fila, mi mente se fue quedando en blanco. Fui olvidando cada frase, cada palabra, cada letra. Meses de esfuerzo se fueron en blanco.

Lo único que recuerdo es que uno de mis pequeños primos, de unos dos años, subió al escenario con unas maracas y, sin cantar, sin emitir una sola palabra, se robó el corazón de todos y ganó al instante. Jamás me subí a esa mesa circular y qué bueno, no hubiera tenido una respuesta a esa pregunta. “Nene, ¿qué vas a ser cuando seas grande, cuando alguien apriete el botón?”. Ese niño realmente no quería ser presidente de nada. Solo quería jugar. Solo quería ser Miguel Mateos.

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