Enrique, un don de 68 años lleva tres décadas ruleteando, y nomás de contarlo se le lee feliz.
“Yo chambeaba en una refaccionaria y ahí cotorreaba con mecánicos y taxistas.
“Un día, un señor que conocía me dijo que lo iban a operar de una hernia y que si sabía de alguien que le manejara el taxi. Como yo ya andaba hasta el copete de la refaccionaria, me apunté”.
“La salud del dueño se complicó y seguí jalando. A los tres años, me compré mi propio carro y placas”.
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A Enrique le latió la profesión desde el principio y lo que empezó como paro se alargó.
“Había días en que me levantaba sin un peso, me salía dos horas a ruletear y ya sacaba para la comida y los gastos de la casa”.
Ser taxista, dice, es una chamba noble: “Deja lana, conoces de todo tipo de gente y te rifas la ciudad entera con la libertad de andar sobre cuatro ruedas. En 30 años, ha visto cambiar la CDMX de arriba a abajo: nuevas avenidas, obras por todos lados y luego la llegada de los taxis por app.
“Eso sí nos vino a mover el tapete, pero también nos obligó a ser mejores: no rechazar viajes, dar buen servicio. Todo ha cambiado del 96 para acá, pero yo no dejo el volante. Me da para vivir, soy dueño de mi tiempo y hasta pago mi IMSS por fuera. Mi carrito me alcanza para todo”, remata Enrique con orgullo.
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