Entre fachadas restauradas y calles abandonadas, recorrer la calle República de Honduras provoca una emoción difícil de ocultar.
La reciente remodelación de sus fachadas históricas devuelve dignidad a un espacio emblemático, donde nació el giro de venta de vestidos de novia y de ceremonia, actividad que durante décadas dio identidad y vida a esta zona del Centro Histórico.
La recuperación visual del patrimonio es, sin duda, una buena noticia y un paso en la dirección correcta.
Sin embargo, esta alegría se ve rápidamente opacada por problemas que llevan años sin resolverse.
La carga y descarga en horarios inadecuados continúa afectando la movilidad y la convivencia, mientras que cerca del 40% de los predios han dejado de ser comercios vivos para convertirse en simples bodegas. La calle luce mejor, sí, pero funciona peor.
La situación se agrava al avanzar hacia la calle Nicaragua, prolongación natural de Honduras. Hoy, ese espacio ha sido prácticamente tomado por franeleros, anulando en los hechos cualquier esfuerzo de rehabilitación urbana. Resulta frustrante observar cómo el rescate del patrimonio arquitectónico choca con una realidad cotidiana dominada por la informalidad y la falta de control.
Más grave aún es el avance silencioso de mafias y cárteles inmobiliarios que, mediante juicios fantasma, se apropian de edificios históricos, despojan a sus legítimos ocupantes y desplazan al comercio tradicional. Se salva la fachada, pero se pierde la vida que le daba sentido.
Ojalá estas líneas lleguen a quienes tienen la responsabilidad —y la facultad— de transformar no solo la imagen, sino el fondo del CH.
*Presidente de Procentrhico


