En el teatro pocas cosas conmueven tanto como ver una maquinaria funcionar con precisión y eso es lo que ocurre con Matilda, una producción que no sólo deslumbra por lo que sucede sobre el escenario, sino por todo lo que la hace posible detrás de él.
Cada función moviliza a decenas de personas y sostiene una operación que beneficia a muchas familias y que además es muy eficiente. Desde el acceso al recinto hasta los acomodadores, la dulcería, la operación técnica y cada engrane del montaje, todo está pensado para que el público viva una experiencia que realmente valga la pena y la verdad lo vale.
Estamos en un momento en el que muchas veces se piensa que para ver un gran espectáculo hay que pagar una fortuna o sentarse en la zona más cara, Matilda demuestra lo contrario.
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Hay promociones, boletos accesibles y distintas alternativas para asistir sin que eso signifique sacrificar la experiencia. No hace falta irse al lugar más costoso para presenciar un montaje de gran nivel, cuidado al detalle y profundamente emocionante.
Sobre el escenario, la obra alcanza una dimensión todavía mayor. La dirección de Nick Evans le da orden, ritmo y una potencia visual que se sostiene de principio a fin.
El elenco adulto arropa con oficio y generosidad esta historia: Jaime Camil, Ricardo Margaleff, Verónica Jaspeado, María Elisa Gallegos, Gloria Aura y Gicela Sehedi sostienen una puesta sólida, dinámica y comprometida, donde cada uno entiende el tamaño del reto y la responsabilidad de estar en una producción de esta magnitud.
Pero el corazón de Matilda está en sus niños; 35 niños en escena, y ahí ocurre algo profundamente conmovedor. Lara Campos, Raffaella, Emilia y Elena, alternan el papel central y encabezan una generación de talentos que no aparece sólo para enternecer, sino para dar un ejemplo de cómo las nuevas generaciones ven el teatro y que son actrices que llegarán al cielo dignificando su oficio y que están hechas en México.
Muestran disciplina, preparación, entrega y una capacidad escénica que impresiona de verdad.
Ellos se apoderan de la función con una naturalidad abrumadora y dejan claro que el teatro musical en México tiene presente y, sobre todo, futuro.
Y ahí es donde el trabajo de su líder Alejandro Gou, tiene una dimensión todavía mayor. Lo suyo no es sólo montar un éxito, sino construir una plataforma real para nuevas generaciones tienen una apuesta que va mucho más allá del aplauso. Porque detrás del brillo hay estructura, disciplina, cuidado y un profundo respeto por la niñez.
Por eso Matilda no sólo es un gran espectáculo: es una prueba de que en México el talento existe, pero necesita puertas abiertas de verdad. Y cuando esas puertas las abre gente que sabe producir: nace el futuro y cambia la historia. Nos leemos en la próxima, aquí donde quizá hablemos de ti.




