TLACOAPA, GRO. – La mañana del lunes 10 de febrero de 2025 se sintió fresca en Pensilvania. Faustino Díaz Visorio salió de su casa rumbo a su trabajo, caminó apenas unos pasos cuando un agente de la Patrulla Fronteriza le informó que estaba detenido por “estar de manera ilegal” en Estados Unidos.
El agente estadounidense lo subió a la patrulla; ahí, Faustino vio a Lino, su hermano menor, quien fue detenido minutos antes.
Ha pasado un año desde que fue deportado. Faustino recorre los cerros de su comunidad, El Carrizal, en el municipio de Tlacoapa, en la Montaña de Guerrero. Busca sus vacas. En el recorrido se detiene en una casa de adobe abandonada.
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Hace 26 años Faustino salió de la casa de sus padres, donde vivió su infancia, rumbo a la Unión Americana. Recuerda cómo desde niño se prometió salir adelante y lo logró; fue el único de los 10 hijos que se convirtió en profesionista.

Lograrlo le costó mucho, pero finalmente se graduó de la Normal Rural de Ayotzinapa como profesor bilingüe. Cuando egresó, de inmediato concursó por una plaza bilingüe; no la logró, pero obtuvo una monolingüe en un pueblo de Coahuayutla, en la Costa Grande, a cientos de kilómetros de El Carrizal.
Le pagaban 2 mil 300 pesos quincenales. Con ese dinero tenía que pagar la renta del cuarto donde vivía, alimentos, pasajes y mandarle algo a sus padres. Casi no le quedaba nada. Para llegar a El Carrizal tenía que cruzar todo el estado. Era muy cansado y caro. Sus padres —recuerda— le reclamaban que los visitaba poco.
Un día, en el pueblo se encontró a un amigo que había regresado de Estados Unidos. Le contó cómo era la vida allá y que esos 2 mil 300 pesos que le pagaban a la quincena se los podía ganar en un día. Así decidió vender su plaza, y con ese dinero contratar un coyote para cruzar al otro lado.
Intentó cruzar tres veces a Estados Unidos caminando por el desierto. Dos veces lo detuvieron, la tercera llegó hasta Nueva York, donde conoció a un hombre que resultó ser de Tlapa y lo ayudó a conseguir su primer trabajo en una procesadora de alimentos.
En la procesadora trabajó cuatro años, luego anduvo de ayudante en carpintería y en restaurantes, hasta que hace 14 años uno de sus amigos, un chino, montó su restaurante en Pensilvania y lo nombró como uno de los principales cocineros.
Su vida era próspera hasta esa mañana del 10 de febrero, cuando fue recluido junto con Lino en la prisión federal de Pensilvania, “como delincuentes”, menciona.
Estuvieron cinco días hasta que pidieron su cambio. A Faustino las piernas se le comenzaron a entumecer y empezó a ver borroso, por lo que pidió atención médica. Una doctora le diagnosticó neuropatía diabética. Desde ese momento le inyectaron insulina. Cuatro dosis por la mañana.
A Faustino lo trasladaron a un centro de detención donde estuvo varios días.
Una mañana a inicios de abril, personal del Consulado de México llegó a su celda y le entregó la solicitud para su deportación voluntaria. Fue sometido a un juicio y, por su buen comportamiento en los 26 años que vivió en Estados Unidos, un juez le ofreció pagar 12 mil dólares —216 mil pesos— como fianza y quedarse, pero él lo rechazó. No estaba dispuesto a entregarle parte de sus ahorros a un juez que no le daba garantías de que no fuera a ser detenido otra vez y decidió regresar.
El 9 de abril, junto con otros migrantes, se subió a un autobús que lo llevó al aeropuerto. Ahí esperó horas el arribo del avión. Le dieron de comer un hot dog y galletas, y lo trasladaron a Luisiana, de ahí a Texas y, finalmente, a Tamaulipas.
145 mil mexicanos fueron deportados durante 2025, el primer año del gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, en su segundo periodo presidencial.








