Más Información
En una casa aparentemente común de Villa Alemana, en la región de Valparaíso, el silencio escondía un horror difícil de imaginar. Nadie sospechaba que detrás de una puerta cerrada se gestaba una de las historias criminales más impactantes de Chile. El nombre de Hugo Bustamante Pérez terminaría grabado en la memoria colectiva como el del temido “Asesino del Tambor”.
Todo comenzó a revelarse en 2005. Bustamante vivía con su pareja, Verónica Vásquez, y el hijo de ella, un niño de apenas nueve años. Lo que ocurrió dentro de esa vivienda estremeció al país: ambos fueron asesinados. Pero el crimen no terminó ahí. En un acto que impactó incluso a los investigadores más experimentados, los cuerpos fueron desmembrados e introducidos en un tambor metálico que luego fue enterrado en el patio. La escena parecía sacada de una pesadilla.
Lee también:
La noticia recorrió Chile con rapidez. El hallazgo del tambor se convirtió en símbolo de brutalidad y frialdad. En 2007 fue condenado a presidio perpetuo calificado, una de las penas más severas del sistema judicial chileno. Parecía que la historia había terminado. Que el horror quedaría encerrado tras los muros de una cárcel.
Pero el misterio tomó un giro inesperado.
En 2016, tras cumplir parte de su condena, obtuvo libertad condicional. La decisión pasó casi desapercibida hasta que, en 2020, el país volvió a estremecerse. La adolescente Ámbar Cornejo, de 16 años, desapareció. Días después, la verdad salió a la luz: Bustamante estaba nuevamente implicado. La joven fue asesinada en la misma ciudad donde años antes se había descubierto el tambor.
La indignación fue inmediata. ¿Cómo alguien con antecedentes por doble homicidio pudo recuperar la libertad? El caso reabrió un profundo debate nacional sobre los beneficios penitenciarios y la protección de menores. Esta vez, la condena volvió a ser presidio perpetuo calificado.
La historia de Hugo Bustamante Pérez no es solo un relato criminal; es una crónica marcada por decisiones judiciales cuestionadas, dolor familiar y un país que no olvida. Su apodo, “El Asesino del Tambor”, evoca una imagen perturbadora que aún hoy genera escalofríos.
Entre sombras, silencios y puertas cerradas, su historia permanece como advertencia. Porque a veces el verdadero miedo no se esconde en lugares lejanos, sino en lo cotidiano: en la casa de al lado, en el vecino que parece normal, en la puerta que nunca imaginaste abrir.










