Durante años, las carreteras del sur de California guardaron un secreto inquietante. No había cartas, no había amenazas ni mensajes para la policía. Solo bolsas de basura abandonadas en lugares donde nadie quería detenerse demasiado tiempo. Dentro, restos humanos que parecían no tener relación entre sí. Así comenzó uno de los casos más silenciosos y perturbadores de la criminología estadounidense: el de Patrick Kearney, conocido como El asesino de las bolsas de basura.

A diferencia de otros criminales que buscaban notoriedad, Kearney no quería fama. No necesitaba atención. Su método era frío, meticuloso y casi invisible. Operó durante las décadas de 1960 y 1970 sin levantar sospechas, mientras llevaba una vida que, desde fuera, parecía completamente normal.

Patrick Kearney era descrito por quienes lo conocían como un hombre tranquilo, educado y reservado. Tenía empleo, relaciones sentimentales y rutinas previsibles. Nadie imaginaba que, tras esa fachada discreta, se escondía uno de los asesinos seriales más letales en la historia de Estados Unidos.

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Sus víctimas eran, en su mayoría, hombres jóvenes, muchos de ellos autoestopistas o personas en situación vulnerable. Kearney se ganaba su confianza, los llevaba a su vehículo y les disparaba con un arma de fuego. Después venía la parte más macabra: el desmembramiento. Los restos eran cuidadosamente colocados en bolsas de basura comunes, las mismas que cualquiera podía ver a un costado del camino sin sospechar lo que contenían.

Durante años, los hallazgos parecían casos aislados. Restos aquí, restos allá. Nada que conectara una escena con otra de forma inmediata. Ese fue el mayor escudo de Kearney: el anonimato del método. No había rituales visibles ni firmas evidentes. Solo fragmentos de vidas interrumpidas.

Fue hasta mediados de los años setenta cuando el patrón comenzó a revelarse. La repetición, la cercanía geográfica y las características de las víctimas hicieron que las autoridades empezaran a unir las piezas. En 1977, el silencio se rompió.

Cuando Patrick Kearney fue finalmente detenido, ocurrió algo inesperado: confesó. No solo admitió los crímenes por los que se le investigaba, sino que reconoció muchos más. Las cifras oficiales hablan de al menos 21 asesinatos confirmados, aunque él mismo aseguró haber cometido más de 30. No mostró arrepentimiento visible ni intentó justificarse. Habló con la misma calma con la que había vivido durante años.

El juicio fue breve. La evidencia y las confesiones eran contundentes. Kearney fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, sentencia que cumpliría hasta el final de sus días. Murió en prisión en 2021, sin haber buscado nunca atención mediática, incluso después de ser descubierto.

El caso de Patrick Kearney sigue siendo estudiado no solo por el número de víctimas, sino por lo que revela sobre el mal silencioso: el que no grita, el que no presume, el que se mezcla con la rutina cotidiana. Un recordatorio inquietante de que, a veces, los crímenes más atroces ocurren sin ruido, envueltos en bolsas de basura y olvidados al borde del camino.

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