Más Información
Parecía una anciana amable, de voz suave y corazón generoso. Una figura maternal que ofrecía techo, comida caliente y consuelo a quienes nadie más quería: ancianos, personas con discapacidad, enfermos mentales, drogadictos y alcohólicos. Su casa, en el corazón de Sacramento, California, parecía un refugio. Pero escondía algo mucho más siniestro.
El nombre Dorothea Puente quedó marcado en la historia criminal de Estados Unidos no por un acto impulsivo, sino por una serie de asesinatos fríamente calculados. Su rostro sereno y su conducta tranquila ocultaban a una de las asesinas seriales más perturbadoras de los años 80.
Un refugio con olor a muerte
Era 1982. Puente ya tenía un historial criminal por falsificación y robo de identidad. Sin embargo, nadie imaginaba hasta dónde llegaría. En su pensión para adultos vulnerables, Dorothea se ganó la confianza de autoridades, vecinos y trabajadores sociales.
Lee también: Ángeles Caídos: La abuelita risueña ¿Nannie Doss era una dulce mujer con mente de asesina?
Con 59 años, cuidaba a sus inquilinos con supuesta devoción… hasta que uno de ellos desapareció.
Fue un trabajador social quien, en 1988, denunció la desaparición de Alvaro Montoya, un hombre con discapacidad mental. La policía llegó a la casa para hacer preguntas. Dorothea respondió con educación. Pero algo no encajaba.
Un jardín sembrado de cadáveres
Durante una inspección en el patio trasero, la policía notó que el suelo estaba recién removido. Un oficial comenzó a cavar. Lo que desenterraron fue espeluznante: el cuerpo de una mujer envuelto en una sábana.
Dorothea fingió sorpresa. Aseguró no saber nada. Pero cuando los agentes regresaron con una orden de cateo, la mujer había huido.
Lee también: Ángeles Caídos: El asesino que escapó de prisión, "La Bestia de la Huasteca" ¿Dónde está? ¿Quién es?
Mientras los detectives rastreaban cada rincón de la casa, comenzaron a aparecer más cuerpos. En total, siete cadáveres fueron hallados enterrados en su jardín. Todas las víctimas eran antiguos inquilinos. La causa de muerte: envenenamiento con fármacos.
El motivo: dinero... y poder
Puente robaba los cheques del Seguro Social de sus inquilinos. Firmaba en su nombre, cobraba mensualmente y, una vez que ya no los necesitaba, los asesinaba. Luego, buscaba a un nuevo inquilino para repetir el ciclo.
Durante su huida, la mujer fue reconocida por un hombre en un bar de Los Ángeles. Él había visto su rostro en las noticias. Alertó a la policía y, tras cinco días de fuga, Dorothea fue arrestada.
Juicio, condena y legado macabro
En el juicio, la defensa intentó presentar a Puente como una mujer bondadosa, sin intención de dañar a nadie. Pero los testimonios, las pruebas y la frialdad de sus actos la hundieron. Fue declarada culpable de tres asesinatos (aunque se sospecha que cometió más de nueve) y sentenciada a cadena perpetua sin derecho a libertad condicional.
Murió en prisión en 2011, a los 82 años, aún insistiendo en su inocencia. En entrevistas posteriores, declaraba con tranquilidad: “No maté a nadie. Solo cuidé de ellos”.
Cuando el rostro del bien oculta el mal
Dorothea Puente enseñó al mundo una lección inquietante: el mal no siempre tiene cara de monstruo. A veces, se disfraza de abuela amable, de cuidadora solícita, de buena samaritana. Su historia sigue retumbando en los rincones más oscuros de la memoria criminal.
Una mujer, una casa… y siete tumbas que jamás debieron existir.