RELATOS PICANTES

El ingeniero que pagó 4 horas con Lulú Petite y ya se la andaba agasajando desde antes

El ingeniero que pagó 4 horas con Lulú Petite y ya se la andaba agasajando desde antes

(Foto: Especial)

Sexo 08/02/2024 16:14 Lulú Petite Actualizada 16:14
 

Querido diario: Darío es arquitecto, pero todo mundo le dice ingeniero porque desde muy joven se dedica a la construcción, pero no de casas ni edificios, sino de caminos y cosas grandes, grandes, grandes.

Es un tipo alto, como una montaña. Mide cerca de dos metros, tiene los ojos claros y chiquitos, su sonrisa es amable y es muy divertido. Su piel es blanca como la harina. Lo suyo, lo suyo, es construir carreteras o darles mantenimiento.

Nos conocemos desde hace tiempo y hay confianza. Hace unos días, nos vimos en Guadalajara. Yo andaba por allá y a él le quedaba cerca. Pasó por mí en su camioneta, me senté en el asiento del copiloto y él comenzó a manejar.

Íbamos platicando, cuando de pronto puso su mano en mi pierna. Me extrañó, generalmente nos ponemos cachondos hasta llegar al motel. Lo volteé a ver y, cuando se dio cuenta de que me estaba agarrando el muslo, retiró la mano y se puso rojo como manzana. La costumbre: El muy cara dura pensó que iba con su mujer. 

Sonreí y puse mi mano sobre la suya, para que no la quitara de mi pierna, en lo que llegábamos al motel.

Cuando entramos a la habitación me acorraló contra la pared. Me besaba riquísimo. Metió sus dedos bajo mi falda, hurgando entre mis piernas. Sentí como deslizó mi lencería y mientras me besaba los labios, metió uno de sus dedos por mi vagina. Me tocaba riquísimo.

Sin decir mucho, se sacó el miembro, se puso un condón, me levantó contra la pared y, así nada más, sin desnudarme y sin siquiera quitarme la lencería, sólo haciéndola a un ladito, me empaló, como mariposa en alfiler, contra la fría pared de esa habitación.

Hicimos el amor toda la tarde. Me puso en cuatro, me comió el sexo, se la chupé, me dio un masaje de pies, le di un masaje en la espalda. Me hizo el amor tres veces y, en cada una, ambos nos vinimos. Me pagó cuatro horas.

De regreso, en su coche, puso de nuevo su mano en mi muslo. Yo sonreí, y él ya no se puso colorado.

Hasta el martes, Lulú Petite.

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