RELATOS ERÓTICOS

“Me tuve que dar placer yo solita para no comerme a mi amigo”, por Lulú Petite

“Me tuve que dar placer yo solita para no comerme a mi amigo”

(Foto: Especial)

Sexo 31/05/2022 13:52 Lulú Petite Actualizada 01:32
 

Querido diario: Me abracé a él mientras dormía. Pegué mi cuerpo al suyo y sentí su espalda perlada de sudor, su pecho meciéndose en el oleaje de una respiración tranquila, escuché un leve siseo que, sin volcarse en ronquido, musicalizaba la habitación en un ambiente de calma. 

La luz de la luna, colándose por la ventana, me dejaba ver su silueta en medio de esa noche. Me acerqué más. El aroma de su piel provocó una ola de deseo y encanto que se apoderó de cada molécula en mi cuerpo. Me estremecí. Lo deseaba. El mundo se había parado y todo en el entorno, para mí, no existía.

Podía detenerme allí y quedarme con el recuerdo de un abrazo íntimo y casto o dinamitar nuestra amistad y darme el gusto que mis hormonas y corazón exigían. 

Lamí mis labios y besé su espalda desnuda. Un besito apenas, de los que parecen patitas de hormiga. Luego le di otro, otro y uno más, hasta que mis labios, traviesos, le hicieron abrir los ojos.

La fiesta se había alargado y él, mi amigo, con quien tenía un cariño de esos que no pasan por la aduana del romance, insistió en que me quedara. Para cuidarme, claro, pero ya en su cama, sintiendo su piel, respirado su aliento, transpirando los mismos sudores. Inhalé su cabello largo, desordenado, que olía tan a él, tan a nosotros, a nuestras risas, a nuestra historia.

Bajé mi mano por su pecho y su abdomen, entré bajo la trusa y palpé su erección. Me estremecí. Un calambre exquisito se disparó en mi médula y me llevó placer a cada átomo.

Él se volteó y me besó. Sentí su lengua en mi boca, sus labios jugando en los míos, sin decir palabra, entregándomelo todo, amándome en cada beso, estrujándome deliciosamente. 

De pronto, nuestras manos danzaban en la complicidad blanca de la luna, explorándonos como queriendo conocer cada milímetro de piel, cada parte en nuestros cuerpos. 

A medio beso, me separó los muslos, apuntó su arma entre mis piernas y, justo en el momento en que entró, desperté.

Maldita sea. Estaba empapada, tuve que masturbarme, en mi cama. Solita.

Hasta el jueves, Lulú Petite. 

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