¿Eres un padre tóxico?

Te damos algunos tips para que identifiques cómo es la relación con tus hijos y si debes cambiar algo en tu trato hacia ellos
Redacción
11/11/2018 - 11:06

Por Irma Gallo

Cuando era adolescente, vi la película Como agua para chocolate, de Alfonso Arau, basada en la novela homónima de Laura Esquivel. Además de los platillos, lo que más recuerdo es la relación de la madre con sus hijas, sobretodo con Tita, protagonista de la película.

Esta madre tenía la idea de que la menor de sus hijas no debía casarse ni irse nunca de la casa familiar porque su destino debía ser cuidarla hasta su muerte, lo que me parecía tremendamente injusto.

(Link para que la vean https://youtu.be/RGY9gkuTnLU)

¿Por qué la madre sentía que tenía derecho de decidir sobre el futuro de su hija? En ese momento no supe ponerle nombre al tipo de madre que era ésta, pero después supe que el término que usa la psicología para describirla es tóxica. Características de padres tóxicos:

POSESIVOS

Los hijos no son de nuestra propiedad. Son independientes, que aunque necesitan de nuestra protección y cuidados, crecerán y tomarán su camino. Eso es lo saludable, aunque en nuestro país, muchas veces por costumbre o situación económica, a veces los hijos tardan en independizarse o nunca lo hacen. Pero esto no nos da derecho a sentir que nos pertenecen, como si fueran mascotas, se disminuye su seguridad en sí mismos.

COMPARATIVOS

Comparan a sus hijos con otros chicos de su edad, poniendo en desventaja a sus hijos. No entienden la diferencia entre motivar, por medio de competencia sana, a sus hijos, y hacerlos sentir que cualquiera es mejor que ellos. Lesionan la autoestima de los chicos.

VIOLENTOS

Los padres tóxicos a menudo son inseguros. No están satisfechos con su trabajo, estilo de vida, familia, matrimonio o cuerpo, y sólo expresan su frustración a través de la violencia: insultos, gritos, o indiferencia.

MANIPULADORES

Detectan las debilidades de sus hijos y las usan a su favor. Por ejemplo, una madre que sabe que su hijo pequeño le tiene miedo a la oscuridad y lo obliga a dormir con ella “para que no se le aparezca el monstruo”, chantajeándolo, además, con que ella tampoco “quiere quedarse sola”. El niño crecerá pensando que todas las relaciones humanas deben basarse en la dependencia mutua.

SE PROYECTAN EN ELLOS

Proyectan sus fantasías o sueños incumplidos en sus hijos. ¿Les suena el caso de JonBenét Ramsey? En una columna pasada les hablé de ella, además hay una serie en Netflix sobre su trágica muerte. Su madre la obligó a entrar a todos los concursos de belleza sólo porque ella misma alguna vez fue reina de belleza. JonBenét tenía seis años cuando fue encontrada muerta en el sótano de su casa, pero ya había participado en concursos en los que las niñas son hipersexualizadas para presentarlas como objetos de deseo (labios pintados y sombras en los ojos) y sometidas a rutinas de dieta y ejercicio propios de una mujer adulta.

(https://youtu.be/e7VOKydMQsI )

NO RESPETAN INTIMIDAD

Comparten detalles íntimos con sus hijos buscando hacerlos cómplices. Hay padres que les cuentan a sus hijos —sin importar la edad— que tienen una relación extramarital o una adicción al alcohol o drogas, y les piden que no se lo cuenten al otro padre. Esta actitud daña a los hijos porque les cuelga la responsabilidad de mentir a uno de los padres para “proteger” al otro.

Procuran que sus hijos estén constantemente enfermos para “cuidarlos” y así tener control sobre ellos. Es una patología clínica que se llama Síndrome de Munchausen por poderes, en la que pueden provocar enfermedades y accidentes a su hijo para llamar a un médico o llevarlo al hospital y aparentar ser el más atento, amoroso y preocupado del mundo. Es imprescindible detectar a tiempo si el padre tiene Munchausen, pues la integridad física y emocional del niño se encuentra seriamente comprometida.

Los invito a que hagan una revisión de su conducta y detecten cuando estén cayendo en comportamientos similares, para que los eviten. Ser padres es aprender todos los días; no hay porqué rasgarse las vestiduras, pero sí corregir nuestros errores, sobretodo aquellos que dañan a nuestros hijos.

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