La sonrisa del desencanto

La sonrisa del desencanto
Hay mujeres, hay hombres, con sonrisas de Instagram. Hay gente que parece optimista, incluso en sus infiernos
Roberto G. Castañeda
17/01/2020 - 12:04

Aquel tipo apestaba a todos los infiernos. “¿Cuánto me das por mi alma, cuánto me das?”, soltó de buenas a primeras. Lo miré con expresión de qué-le-pasa-a-este-wey. Seguro es una broma. “¿Cuánto me das por mi alma?”, balbuceó ya sin la misma seguridad. “No me jodas el día”, di otra calada a mi cigarrillo. “No te hagas, no te hagas, tienes cara de diablo”, dijo convencido. No manches, estos weyes inventan cada día cosas más extrañas para pedir dinero. “Te vendo mi alma”, insistió. “Tu pinche alma está más desahuciada que una máquina de escribir”, le seguí el juego. Busqué con la mirada alguna cámara escondida, aunque el tipo no parecía disfrazado. Aquellas costras de mugre eran bastante reales y apestaba a madres. Saqué dos varos y se los di. “Mi alma vale mucho más”, protestó. Entonces sacó un trozo de papel de su bolsillo y me lo enseñó. Era un dibujo perturbador. Y sí, allí estaban los trazos de un sujeto parecido a mí.

“No te hagas, tienes cara de diablo” y me mostraba aquel retrato siniestro. “Ya llégale, que estoy esperando a alguien”, sentencié con rencor. Se sacó de onda. “Ya sé, ya sé que estás aquí de incógnito”, su garra aprisionó mi brazo. Pinche loco. “Mira, cabroncito, ya estuvo, te estás ganando unos madrazos”, me levanté de aquella banca. Dudó en seguirme, pero fue tras de mi. “¡Es el diablo!”, gritó, “mírenlo, es el diablo”. La gente se volvió para observarme. No pude evitar reírme. Aquel miserable me señalaba. “¡Sólo vean sus ojos, el mal está en su mirada!”, siguió con su desmadre. 

Preferí ignorarlo. Tomé el celular y le marqué a Adriana. Venía retrasada, así que cambié el lugar de la cita. “¿Quién grita tanto?”, me preguntó ella. “Un pinche loco que cree que soy el diablo”, le contesté. Ella se carcajeó: “No manches, Roberto, ya te descubrieron”. Reí con ella y luego colgué. Hice señas a un taxi, pero me ignoró. ¿Será porque tengo esta cara de pocos amigos?

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“Eres un diablillo”, me dijo Adriana mientras se acurrucaba en mi pecho, “me encantas”. Desnuda era un delirio. Nunca quiso andar conmigo. Sólo deseaba sexo y consumar sus venganzas. “Mira, a mí me gustan las cosas claras”, me explicó después de la primera noche que pasamos juntos, “me gustas, pero no quiero compromisos”. Estuve de acuerdo. Cuando la conocí era la más guapa de su escuela. Y vaya que había chicas bonitas en aquella universidad. Yo no era el más listo, pero tampoco el más idiota de mi generación. Y sin embargo, me enamoré como un imbécil. 

Cuando le dije a Adriana que no podría vivir sin ella, me abrazó y soltó las frases más comunes: “tu y yo no podríamos estar juntos, porque yo amo a Leo”. Esa sólo era una de muchas razones. Siempre me decía que era un soñador, que las mujeres no se casan con tipos como yo. Que escribir era un oficio sin beneficio. ¿Dónde había escuchado eso antes? Total, que no quiso ser mi novia y poco a poco espaciamos nuestros encuentros. No volví e enamorarme de la misma forma. Y era muy común que me sintiera como si me llevara el diablo. 

Adriana y Leonardo terminaron. Luego, ella se fue a vivir a quién sabe dónde chingados. Se dedicó a trabajar como edecán, me contaron. Un par de años después coincidimos en una fiesta. Nos saludamos como si nada. Me sonrío como si me estuviera ofreciendo un tiempo compartido en el infierno. Y estuve cerca de claudicar ante su entusiasmo de Instragam. Ella se emborrachó más de la cuenta. Más tarde me preguntó que si no traía drogas. “¿Tengo cara de dealer?”, fui sarcástico. “Uy, que pinche genio”, se burló, “¿a poco me odias todavía?”. Ni siquiera me volví para mirarla. “No puedo odiar algo que he olvidado”, advertí. “Te han sentado bien los años”, intentó coquetear. “Lástima que no puedo decir lo mismo de ti”, no me gusta andar con rodeos. 

Aquella mujer de ojos enrojecidos no era la misma chica hermosa que conocí, no quedaba huella de sus sonrisas más sinceras. “Ay, que weba, mejor voy a ver quién trae aunque sea un poco de mota”, se ofendió. Estuve un rato más y cuando ya me iba vi a Adriana besando a un tipo que no era nada atractivo. 

Yo no tenía lo que ella buscaba, pero a mí me bastaba con lo que poseía. Algunos sueños postergados, el corazón en el refrigerador y la poesía de Jaime Sabines, por mencionar algo: “El diablo y yo nos entendemos/ como dos viejos amigos./ A veces se hace mi sombra,/ va a todas partes conmigo.../ Nunca se está quieto./ Anda como un maldito,/ como un loco, adivinando/ cosas que no me digo./ Quién sabe qué gotas pone/ en mis ojos, que me miro/ a veces cara de diablo/ cuando estoy distraído./ De vez en cuando me toma/ los dedos mientras escribo”.

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