Cupido está desempleado

Cupido se alquila para cargar un oso cursi de peluche, envuelto con celofán y confeti
Roberto G. Castañeda
14/02/2020 - 10:10

 

Myriam se levantó un poco mareada, con un amargo sabor en la boca, queriendo que sus mañanas fueran menos opacas. Ella fue al baño, sintió náuseas. Se miró en el espejo y descubrió tormentas en sus ojos Flechada por un cupido con alma de burócrata, Myriam hubiera querido tramitar su renuncia a ese amor insensato que le provocaba insomnios, malas noches añorando las caricias lejanas. Una vez más se había enamorado como idiota, del más imbécil de todos. Sí, de aquel pendejo que le ocultó que era casado. 

Estúpidamente, ella no estaba dolida porque él tuviera esposa, sino porque le había mentido. No podía creerlo, no de aquel tipo que le juraba que la amaba cada que tenía ganas de llevársela a la cama. Cuando ella lo encaró, él sólo guardo silencio. Y ella que buscaba aunque fuera un abrazo tierno, únicamente encontró desconsuelos. Su “amor” ya no pudo negarlo, pero le juró que ya no quería a su mujer, que ya la iba a dejar, como si fuera el guión de una película que todos han visto. 

Ella se fue llorando. Él no hizo por detenerla o reconfortarla. Hubiera querido odiarlo y decirle que era un cobarde, pero se engañaba ella misma porque sólo con escuchar su voz se cimbraría su corazón. Y así fue, luego de unos días se reencontraron. Y él juró, luego de un orgasmo, que nada los separaría. Myriam seguía enamorada. Pero ella qué sabía de esa frase lapidaria: el amor es un hotel de paso el Día de San Valentín. Y Cupido es un desempleado que repara corazones con pegamento. 

Myriam se sabía de memoria la llamada que curó su ceguera: “No sé quién seas, pero te advierto que Miguel es casado. Yo soy su esposa y él no me va a dejar por cualquier puta como tú”. Luego colgaron. Hubo otras llamadas, de distintos números. Cuando le reclamó a Miguel no hubo dudas. El muy cretino juró que ya hasta dormían separados, que sólo necesitaba tiempo para divorciarse. Myriam no dudo en creerle. Su mejor amiga, Paola, no se anduvo con rodeos y le aconsejó que lo mandara a la chingada. Pero Myriam se aferró a su necesidad: “Es que me juró por su madre que sí la va a dejar”. La mentira se sostuvo unos meses más. Hasta que un día él dejó de buscarla. Ella lo llamaba a un teléfono silencioso. 

La última vez que platiqué con Myriam aún tenía esperanzas. “¿Crees que ya no me ama?”. La noté más delgada, un tanto descuidada. “No seas pendeja, y perdona mi falta de sutileza, pero a ese wey le vales madre”. Hay mujeres que se aferran a nunca estar solas. Y cuando sucede se encuentran desconcertadas. “Pero yo sí lo amo”, musitó. A mí me dio mucha weba y le receté una franqueza: “Tú no estás enamorada, sólo estás enculada y tienes el orgullo destrozado”. Se contuvo para no llorar. Sospecho que mis amigas ven demasiadas telenovelas. 

Por las mañanas, Myriam parecía un muñeco vudú despeinado. Por las noches navegaba en insomnios, escribiendo poemas sin destinatario: "Quédate con tus manías y tu caos./ Yo volveré al gris de mis rutinas,/ a las noches ahogadas de Jack Daniels./ Quédate con tu triste costumbre/ de suspirar los nombres del pasado./ Me quedo con el recuerdo etéreo/ de las madrugadas de piel y fuego./ Regresa a tu acostumbrado caos;/ yo vuelvo a mis tormentas de siempre./ Quédate con mis besos, te los regalo". Y su cuaderno de notas parecía un instructivo para mujeres solas, que se inmolaban con el fuego de la melancolía. 

Y las canciones sonaban tenues en la computadora, mientras sus amigas posteaban tonterías en Facebook. Buscó consuelo en Los Caligaris, lloró con “un osito de peluche de Taiwan” y añoró las tardes en que Los Cadillacs le parecían alegres. No, en definitiva, las canciones no curaban nada. 

Y no había poesía que reconfortara sus desvelos. Tanto adiós la abrumaba. Tanta ausencia de caricias le inyectaba amargura. Los lunes y los martes, Magali ganaría el Oscar a la tristeza. Miércoles y jueves la nominarían en drama. Pero al final de la semana nunca habría premios. Pero ella brindaba por las batallas perdidas, a veces con vodka y otras con cerveza. Y mientras más bebía se daba ánimos y marcaba a ese teléfono que ya respondía “el número que usted marcó ha sido cambiado”. 

Cupido es un buzón telefónico que repite la misma frase y se cura las migrañas con tu desaliento. Cupido está desempleado y se alquila para fingir que el amor es mucho más que una pareja paseando con un globo metálico. Cupido se renta para cargar un oso cursi de peluche con un moño gigante.

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