Ya la quiero adentro

Sexo 20/09/2018 05:18 Lulú Petite Actualizada 19:52
 

Querido diario: —Abre la boca —Me ordenó con la voz ronca por la excitación, y yo no vacilé un instante más en obedecerle. Me tenía recostada con las piernas abiertas y las rodillas dobladas en alto, la cabeza casi colgando al borde de la cama y los pezones erizados.

Se podía decir que me tenía como quería, con la boquita abierta justo debajo de su erección, que parecía haber engordado adentro del lustroso preservativo. Lo apretada que quedaba envuelta en el látex me daba una idea de los espacios que iba a rellenar entre mis piernas apenas la tuviera adentro, y pensar en ello me produjo un corrientazo caliente, desde el valle entre mis tetas hasta mi sexo.

Él, de pie frente a mi rostro, parecía haberse dado cuenta de mi agitación, porque se mojó los labios y me sostuvo la mirada desde arriba, con una sonrisa de esas que te indican que te quieren poner en cuatro. Se estaba castigando con una paja rápida justo encima de mis labios. Ahora que le había obedecido, abrió las piernas lo justo para darse espacio y avanzar un paso en mi dirección, y con ello me apoyó un testículo en la lengua.

Mientras chupaba me retorcí como una culebra sobre mi propio eje, recorriéndome las curvas del cuerpo con manos inquietas. Todo el calor que emanaba de él y de mí me tenía abochornada, sudando y caliente. De la desesperación solté un gemido que quedó a medias, porque él se agarró el miembro por el tronco y me lo metió en la boca con una embestida. Jadeó, y la habitación del motel se nos llenó de los ruiditos de mis arcadas cuando su cabeza me rozaba la garganta, mezclados deliciosamente con los gruñidos que él soltaba al aire.

Era un cliente de primera vez. Se llama Ernesto y le gustaba sacarla entera y volvérmela a meter de un solo golpe, mientras yo me apuraba en recorrerla con la lengua. 

Perdida en el momento, cerré los ojos un instante y me arqueé, entregándole mis tetas cuando él estiró los brazos para acariciarlas. Me tomó un instante solo bajar por mi ombligo hasta mi sexo expuesto, y cuando me lo rocé con los dedos gemí, a partes iguales excitada e impresionada por lo mojada que estaba. Entonces me aventuré con el anular y el índice entre mis labios a rebosar de flujo, y comencé a masturbarme debajo de su mirada atenta. Era una trampa diseñada para tentarlo y los dos lo sabíamos. Y la mamada no duró mucho más.

Me limpié la comisura de los labios con el borde de la mano, sacándola al fin de entre mis muslos con una sonrisa aliviada por lo que venía. Él le dio la vuelta a la cama en dos zancadas y me cogió por los tobillos, y por ahí me hizo rodar hasta que quedé recostada sobre mi vientre tenso. El lienzo de mi espalda quedó visible ante sus ojos, ofreciéndole mis entrañas.  

—Por favor... —Le rogué. 

Tenía el sexo tan necesitado y encendido en llamas que me temblaban los brazos. “Ya métemelo” Pensaba para mí, sin atreverme a decirlo. Mi primer instinto fue alzar el culo para tentarlo y pedirle pito con el cuerpo, pero él me mantuvo abajo con una de esas manos firmes suyas. Las tenía grandes, y eso satisfacía más de un fetiche mío.

No tuve que rogar mucho más. Cuando al fin me la metió yo estaba que me quemaba de cachonda y el peso de su cuerpo fue un alivio, especialmente cuando su erección se abrió paso entre mis muslos desde atrás. En esa posición la cabeza de su miembro quedaba aplastada contra un punto interesante adentro de mí, que me erizó la espalda entera al segundo toque. Al cuarto ya estaba gimiendo como una condenada.

Hasta el martes, Lulú Petite

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