¿Y cómo te llamas?

Lulú Petite
05/02/2019 - 05:18

Querido diario: Lo vi cerrar la puerta de la habitación e inmediatamente extendí mis brazos hacia él, retrocediendo a lo largo del breve espacio que había frente a la cama con una sonrisa juguetona, como incitándolo a venir por mí.

Me siguió el juego: caminó lentamente hacia mí, como un depredador, para luego lanzárseme encima con un par de zancadas cuando ya no pude seguir echándome para atrás. Así me alzó por la cintura, capturándome en un abrazo fuerte que me permitió atarme a su torso con las piernas, encontrando un buen sitio de apoyo en esa erección a medio camino que ya le abultaba los pantalones.

Como la falda se me había subido, la erección ya tremenda quedó presionada contra mi lencería. La sensación era riquísima, especialmente cuando él empujaba haciendo la semejanza de las embestidas duras con las que luego habría de cogerme.

Apenas logró quitarme el sostén, se puso de pie y me arrastró de piernas abiertas hasta el borde de la cama. Yo me apreté las tetas desde ahí abajo, coqueteando con él, sumamente excitada e impaciente porque ya me diera lo mío. Lo vi forrarse la erección con un preservativo, y antes de enchufarla en mí, la apoyó sobre mi vientre para que me hiciera una idea de hasta dónde iba a llegarme. Era tan grande que con los huevos tocaba mis labios y con la punta el ombligo.

Siguió bajando con el glande por la línea de mi vientre, cruzando por mi monte de Venus hasta el rincón calientito y húmedo de mi intimidad. Los dos jadeamos, él disfrutando de las olas de calor que mi cuerpo irradiaba, y yo de la rigidez palpitante que ahora amenazaba con aplastarme el clítoris. Fue un alivio tremendo que por fin me la metiera. Me agarró por las caderas y consiguió penetrarme hasta el fondo, curvándome la espalda en una C invertida en el proceso. Se aferró a una de mis tetas como punto de apoyo, y entonces empezó a darme con un ritmo marcado que me anuló las piernas.

Mis gemidos se mezclaron con sus gruñidos, especialmente cuando me sujetó para darme vuelta. Ahora me tenía boca abajo, con las nalgas paraditas, de manera que pudiera aferrarse a ellas mientras me hacía suya.

Él se retiraba por completo y volvía a entrar hasta el fondo, y cada vez que lo hacía una explosión de sensaciones me nublaba la vista. Ahora, mientras escribo, aún siento el palpitar de ese orgasmo fulminante. Recuerdo cada movimiento, el delirio del orgasmo, pero, por más que trato no recuerdo su nombre. Gajes del oficio.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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