Qué rico ¿No?

Lulú Petite
25/09/2019 - 19:19

Querido diario: A veces atiendo a clientes con peticiones especiales. Si están en mis posibilidades, con gusto las atiendo. Él quería que llegara con vestido, minifalda. Tacón de agujas y medias con liguero. Era un hombre atractivo, interesante. Lo extraño es que cuando me abrió, estaba completamente desnudo. 

Ese día estaba particularmente cachonda. Había estado tan ocupada, atendiendo asuntos personales, así que era mi primer cliente del día y ya era tarde. Tenía ganas. Estoy habituada a mi ración de sexo desde temprano y, ya hacía falta, así que a esas alturas solo quería perderme en los brazos de algún hombre.

Estaba un poco salvaje, y decidida a obtener el placer que quería, que lo habría pasado en grande con quien fuera. El asunto es que él no era “quien fuera”, me gustaba. Especialmente porque aquel hombre desnudo, con el miembro dormido cuando abrió la puerta, apenas me vio y se le paró. Bien dicen que la erección es el sentimiento más sincero de un hombre. No la pueden fingir. Eso me excitó.

Él comenzó a hablar un poco de cualquier cosa, para romper el hielo, pero en cuestión de segundos ya nos estábamos besando.

Comencé a pasar mis manos por mi piel mirándolo seductoramente, y me iba a quitar el vestido me detuvo. Empezó entonces a acariciar mis piernas por encima de las medias. Eso le excitaba mucho. Su miembro creció aún más, rígido, grueso y con venas saltonas, mientras acariciaba mis medias. Yo se lo agarré y le di un beso.

Al rato terminé por quitarme la blusa frente a él. Quedó mudo  cuando vio mis pechos, sostenidos por mi lencería. Me divertí muchísimo al ver la expresión en su rostro cuando mi vestido cayó al suelo y vio mi lencería completa, con los ligueros y las medias. Me di la vuelta, modelé para él. Me quité el sostén y toqué mis senos tentándolo. Decidí dejar que terminara de desnudarme tocando todo. Las medias nunca me las quitó.

Una vez en la cama comenzamos los juegos, los besos, las lenguas, las caricias; estaba tan mojada que mis fluidos comenzaban a correr por mis muslos. Me puse en cuatro en medio de la cama, abierta y dispuesta para que se diera un festín conmigo y me hiciera lo que quisiera. Lista para recibir a su miembro dentro de mí. Deseando intensamente sentir su pieza firme entre mis paredes.

Él tomó el condón y se lo colocó, de pie frente a la cama, detrás de mí, viendo fijamente el agujero en el que entraría. Entonces me penetró con firmeza, hasta el fondo, jalándome hacia él y sujetándome firmemente por las caderas sin dejarme escapar.

Me cogió con todas sus ganas. Un poco desesperado, duro, decidido, dominante y sin piedad. Usó mi cuerpo para obtener todo el placer posible. Yo no podía estar más excitada. Me quedé allí en posición de perrito, con las piernas abiertas de par en par y la espalda bien arqueada, mientras él me sujetaba por las caderas y me cogía a su antojo. Estaba lubricando de forma impresionante.

Pronto sentí como él alcanzaba el clímax. Los espasmos de su miembro grueso en mi vagina hicieron que yo no pudiera más y me vine entre gritos de placer.

Tras una última caricia que comenzó apretando mis senos y bajó deslizándose por mi cintura y mis caderas, se desplomó sobre la cama, y yo con él.

—Me encanta acariciar tus piernas— Dijo mirando al techo —Me encantan tus medias— Agregó como diciéndoselo al cielo o confesándose a sí mismo que ese es su fetiche: Las piernas, el calor de los muslos, la textura de las medias, su suavidad, la puerta a la que se llega por ese caminito. 

Qué rico ¿No?

Hasta el martes, Lulú Petite

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