Hacer el 'delicioso' con química

Lulú Petite sexo sexualidad

(Foto: Archivo, El Gráfico)

ZONA G 23/09/2019 18:46 Lulú Petite Actualizada 10:33
 

Querido diario: Louis es así. Tranquilo, platicador, inteligente e interesante. No es de los que quieren meter mano en cuanto llegas, ni que te saltan como tigre a su presa, apenas entras en la habitación. Louis se toma las cosas con calma.

Siempre me contrata por dos horas y lo hace muy a menudo. Es un bombón. Guapo, bajito, delgado, pizpireto y muy dulce. Su cabello es muy delgado. Aunque ya anda rascando los setenta, no peina muchas canas y transmite una alegría que muchos envidiarían. Es casado, pero hace tiempo que en su matrimonio, el fuego se acabó.

Pero él seguía con ganas así que, cuando nos conocimos, le llegó un segundo aire. Al grado de que ahora tenemos una especie de relación. Yo soy su crush, su noviecita y él es mi sugar daddy, mi bombón. Nos vemos tan seguido que ya mandé hacerle su credencial de cliente platino.

Pasamos un largo rato conversando, ya no sé ni de qué. Recuerdo la sensación de confianza, de seguridad, de tranquilidad. Esa sensación de poder simplemente ser, espontáneamente, sin pensar. 

Nos fuimos acercando naturalmente, cerré los ojos, y entonces sentí sus labios en los míos, cálidos y suaves. Pronto sentí también sus manos comenzando a recorrer mi muslo, y fue como si hubiera encendido el deseo con un botón.

En un segundo me recorrió una especie de fuego interno y los besos se volvieron más apasionados, más intensos.

Mis manos bajo su camisa comenzaron a recorrer su piel, sus brazos. Me gusta estar con él. Como si no fuera suficiente la complicidad, la cercanía, la dulzura; además está su masculinidad, su forma noble de ser, de tocarme.

Sus manos, que habían estado recorriendo mis piernas mientras nos besábamos, llegaron a mi entrepierna. Me abalancé sobre él empujándolo contra la cama, terminando de desabotonar su camisa mientras mi lengua se entendía de maravilla con la suya, avivando aún más la electricidad que había entre los dos.

Puse mis piernas abiertas sobre él. Aún con tela de por medio, sentí la dureza de su miembro, y se me hizo agua (no sólo la boca). Comencé a terminar de desvestirlo a toda velocidad y él hizo lo mismo conmigo. Pronto estábamos desnudos, piel con piel. Tomé un condón y se lo puse.

Una vez que su firme sexo estuvo cubierto de látex, comencé a chuparlo. Cuando vi en su rostro que la excitación ya era demasiada, y sentí con mis labios que su miembro no podía estar más duro, me senté sobre él dejando que entrara lentamente en mí. Su expresión fue, sin duda, de las más satisfactorias que he visto en mi vida.

Comencé a moverme muy despacio, para contener su excitación y prolongar el placer. Moví mis caderas de arriba hacia abajo, en círculos, de lado a lado, de adelante hacia atrás. Eran deliciosas las sensaciones que estaba produciendo su pieza dentro de mí, la visión de su cuerpo bajo el mío, de su carita tierna, transformada en el rostro del deseo, del placer.

Fuimos juntos hacia el éxtasis sin contención, pero sin apuro. Poco a poco fuimos acelerando el ritmo, los jadeos se fueron volviendo más intensos, mis gemidos más altos. Comencé a sentir que me despegaba de este mundo por unos momentos para visitar la increíble dimensión del orgasmo ¡Ah!

Viéndonos a los ojos y con nuestros labios muy cerca, sintiendo nuestra respiración, con nuestros cuerpos casi fundidos el uno en el otro, llegamos al clímax. Me miró entonces a los ojos, entre contento y enamoradizo. Sabiendo ambos que nos veremos de nuevo pronto y que será, como siempre, riquísimo.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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