Gemido del éxtasis

Lulú Petite sexo sexualidad
"Estaba tremendamente duro este hombre. Solo podía pensar en cuando, por fin, lo tuviera enterrado entre las piernas”
Lulú Petite
30/07/2019 - 05:18

Querido diario: Al caer la noche también caí yo sobre mis rodillas. A pesar de que tanto la cara como el resto de su cuerpo quedaba semi sumido en la penumbra. Me bastaba con poder ver en sus ojos claros y vigilantes con los que me observaba desde arriba, la satisfacción que le causaba el tenerme a su merced. Y es que lo estaba.

La voz de mi cliente era muy varonil. Cavernosa y madura, ese tipo de voces me excitan. Habíamos dejado las luces apagadas, por lo que apenas alcanzaba a distinguir el brillo de sus pupilas hipnóticas. Eso me llevó a quedarme más tiempo del necesario de rodillas frente a él, estirándole la erección con una chaqueta lenta.

Mi esfuerzo se vio recompensado cuando lo vi echar la cabeza hacia atrás, gimiendo al aire. Había aprovechado toda la sesión de masturbación para poner el condón, y ahora me acababa de meter la punta de su pene a la boca. Estaba chupándola como un caramelo mientras acomodaba mis rodillas sobre la alfombra. Mi sexo también había comenzado a palpitar. Me recorrí la longitud de su pieza con una lamida larga, y luego me di de golpecitos en la lengua. 

Finalmente, lo arropé con la boca y bajé resuelta hasta la base, en donde aproveché para atragantarme por un par de segundos. Él no dejó de gruñir en todo este tiempo. Parecía sobrepasado, y con lo mucho que a mí me encantaba chupar penes… Ya podríamos haber pasado toda la noche ahí, mientras yo comía. 

Sin embargo, cuando esperaba que el hombre  se desesperara y me llevara en vilo hasta la cama hundida en las sombras, lo que hizo él en vez fue echarse en el suelo conmigo. Como me acariciaba tan rico la parte de atrás del muslo para invitarme a unírmele, no tuve más remedio que montarme a horcajadas arriba suyo, permitiendo que la luz que venía de afuera me bañara parte del rostro. Poniendo mis manos sobre su pecho, finalmente me dejé caer sentada sobre el grueso de su miembro, temblando cuando por fin la punta me separó los labios vaginales para darle paso su pieza. Recibí el primer sentón, que procuré que fuera hasta el fondo, con un gemido escalonado y fuerte. 

Respirando por la nariz, comencé a embestir a mi cliente de adelante hacia atrás en movimientos cortos y precisos, acostumbrándome a lo que era tenerlo adentro.

No fue hasta que pude moverme mejor que comencé a saltar arriba suyo, con la espalda arqueada y el vientre preñado de sensaciones nuevas. Lo único que podía satisfacerme era la fricción de su miembro contra las paredes internas de mi vagina. Tal vez ayudaba el hecho de que me encanta oír a un hombre gemir, uno con timbre de voz tan fuerte, tan de macho en celo. Me gusta oír el gemido del éxtasis y él parecía un toro en brama, un rey de la selva.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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