El renacido

Sexo 05/11/2019 10:11 Lulú Petite Actualizada 10:11
 

Querido diario: Era de esos días que no paraba de llover, chipichipi, pero lo suficiente para mantener el suelo mojado y el cielo gris. Mi cliente, un hombre de unos 50 años, con la barba oscura y mirada amable, me esperaba en su habitación.

Venía de Cuernavaca cuando su coche pasó sobre un charco y perdió el control, golpeó contra la valla de contención y dio un trompo girando el coche mientras veía cómo estaba a punto de salirse de la carretera y, seguramente, volcarse con un desenlace fatal. No podía creerlo, cuando vio que el coche detuvo sus giros sin daños.

Me contó que sintió como si hubiera vuelto a nacer y le dieron muchísimas ganas de coger. ¿Por qué no? Es divorciado. Trabaja todo el día y el tiempo que le queda libre lo dedica a su familia, entrega puntualmente pensión alimenticia y se encarga del resto de los gastos de sus hijos. No le pesa. Quiere que su familia viva bien, pero no se ocupa de él. 

De pronto, manejando aún nervioso, recordó que había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que cogió aguantando las ganas a punta de pura chaqueta. Decidió ponerle fin a esa racha y me llamó.

Estábamos recostados, desnudos, él besaba mi boca con tanta pasión que me estremecía. Jugaba con mis senos apretándolos hasta acercarse a mis pezones, los tomaba entre el dedo índice y el medio, con los nudillos y los jalaba suavemente hasta llevárselos a la boca. Yo me dejaba besar y le jalaba el miembro. Lo tenía muy duro y caliente, como si estuviera conteniendo allí las llamas de un incendio. Me estaba poniendo tan cachonda, que fui yo quien le tuvo que pedir que ya me dejara chupárselo.

Le puse el condón mientras acariciaba sus bolas con las uñas, él se estremeció. Después se recostó boca arriba y yo me puse en cuclillas sobre él, con su herramienta dirigida con mi mano, la fui incrustando en mis entrañas sentándome en ella y me cogí yo sola a horcajadas sobre el cuerpo de ese hombre.

Sus manos pasearon de nuevo por mi cuerpo hasta llegar a mis senos, apretando suavemente mis pezones. Entonces sentí su espasmo. El chorro llenaba el condón, lanzó un gemido profundo y luego sonrió.

—No cabe duda de que a veces se necesita estar cerca de la muerte, para recordar que lo importante de estar vivo, es vivir— Me dijo satisfecho.

Un beso, Lulú Petite

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