El mañanero

Lulú Petite
10/10/2019 - 10:29

Querido diario: Si lo evaluamos objetivamente, con el estrés diario y la mierda que uno suele soportar en el trabajo, me parece bastante normal que cualquier mortal desee relajarse un poco bien tempranito en la mañana. Por eso no me extrañó el horario de nuestra cita, y tampoco me causó recelo que Jorge, mi cliente acudiera a ella con un traje. Después de coger iba a trabajar y dijo en su casa que tendría una junta temprano. No aclaró que era junta de ombligos, pero eso es lo de menos. Ya estábamos listos para el mañanero.

El traje tan temprano no me sorprendió, lo que sí lo hizo y, de hecho, me excitó, fue que ni siquiera se lo quitara para cogerme. Con la prisa de la chamba, lo que ocupaba mi amigo era un rapidín y ¿Quién soy yo para no dar al cliente lo que pide?

Se sentó al borde de la cama y yo decidí encargarme de todo, o bueno, casi todo. Le bajé la cremallera después de una sesión intensa de besos con lengua.

Dejé escapar un grito ahogado de placer en lo que logré liberar su gorda erección. Me deleité acariciándola de arriba abajo con una mano, encantada. Jorge parecía apreciar mi destreza manual, porque se apoyó en la cama con las manos para inclinarse hacia atrás.

Unos segundos después, el paquete del condón cedió ante mis dientes, y luego pude deslizar el forrito a lo largo de su miembro. Me lo llevé a la boca paladeando la textura de sus venas hinchadas debajo del látex. Él no pudo evitar mirarme de nuevo. Separó los labios para quejarse en voz alta, mientras yo separaba los míos para dejar caer mi cara hacia su regazo. Así terminé comiéndome por completo su miembro.

Mi lengua dibujó el trazo cilíndrico de su pieza una y otra vez, hasta que me eché hacia atrás para respirar y mis manos tomaron el relevo. Jorge, urgido, aprovechó para atraerme hacia él con el agarre más gentil de mi barbilla, si tomamos en cuenta lo apresurado de sus ademanes, y un ataque de lujuria volvió a poseerme la boca. 

Gracias a un rápido movimiento  terminé tendida con el vientre contra la cama y las nalgas al aire, en cuanto él me subió el ajustado vestido hasta la cintura para revelar mi lencería. Era negra. 

Yo espiaba todo, pero perdí el contacto visual con él en cuanto me enchufó su gran pedazo. El gemido tan sentido que solté me obligó cerrar los ojos, y todo lo que pude hacer fue alzar las caderas para invitarlo a seguir tomándome. Lo volví a ver, con su traje impecable, pero su miembro saliendo por su bragueta, enorme, taladrándome las entrañas, agarrando mis nalgas y penetrándome hasta lograr su éxtasis. Se vino rápido y copiosamente. Salió de mí,  se arregló el traje y me dejó allí, medio desnuda y medio cogida. El trabajo lo llamaba.

 

Hasta el martes, Lulú Petite

TUS COMENTARIOS