¡Delicioso!

Sexo 20/12/2018 05:18 Lulú Petite Actualizada 05:29
 

Querido diario: Era Alberto un hombre sumamente dulce. Me di cuenta desde la primera vez que me besó. Apenas entré a la pequeña habitación del motel, quedé con la cara atrapada entre sus manos grandes, de dedos largos, y poco me permitió ver de mis alrededores hasta que toqué la cama con la parte de atrás de las rodillas. Incluso en ese instante todo fue exquisitamente suave con él.

Me gusta este hotel en estos tiempos. Está remodelado y sus habitaciones están muy bien equipadas, con alta tecnología, pero son pequeñitas, lo que las hace más acogedoras cuando hace frío.

Alberto empezó quitándome la chaqueta casi sin que yo me diera cuenta y, cuando quise ver, ya me tenía en tanga frente a él, con la piel desnuda.

Me había liberado del amarre del sostén nada más para apoderarse de mis pezones a pellizcos suaves, como caricias; con uno largo me atrajo hasta él para seguirme besando. No puse objeción. A cada giro de su lengua gruesa adentro de mi boca, ese pedacito de gloria entre mis muslos iba empapándose otro poquito más.

La ropa suya tampoco se resistió al encanto de mis manos. Hay algo que me encanta en quitarle el cinturón a un hombre, tal vez por el ruido que hace el broche al ceder, o el hecho de que lo siguiente en la lista es sentir su erección. Y tanto mi clítoris como yo sabíamos más que bien qué venía después.

Caí sentada en la cama entonces, y mis manos se fueron de inmediato al instrumento que acababa de liberar. Cerré una en puño alrededor del grueso de su miembro y me afané en acariciarlo desde la base hasta la punta, respirando hondo con el pecho agitado. Me excitaba tanto esa manera suya de jadear mientras le chaqueteaba, que no sé cómo me aguanté tantito en continuar solo por el hecho de encajarle el condón.

Un instante más tarde lo tenía en la boca. Pasé de chuparme su glande a separar bien los labios, lista para acogerlo entero mientras me acariciaba las tetas para aplacar las ganas. Mi compañero vio la oportunidad de sostenerme por el pelo, y así me mantuvo en mi sitio mientras él se empujaba contra mi cara, con esos modales suaves que tanto me enloquecían. Sospechaba que aquella cogida iba a ser lenta y, por ende, increíblemente rica. Sí me gusta que me cojan duro, pero también me prende que me cocinen a fuego lento. Los orgasmos son más potentes cuando se hacen de rogar.

—Dame más— le pedí cuando se retiró, sorbiendo el aire entre los dientes y alegando que iba a venirse pronto si seguía ahí. Me reí. Abrí la boca y saqué la lengua, sonriendo, mientras él se restregaba por última vez arriba de ella con la tentación de quedarse allí.

Pero había otros lugares de mi cuerpo que lo necesitaban. Le di un apretón en los muslos antes de tumbarme sobre mi espalda, apoyándome en los codos para arrastrarme de reversa en la cama. Él no dudó ni un instante en seguirme. Ahora que nos habíamos probado era como si el calor de uno llamase al otro, porque lo tuve encima de mí al minuto siguiente.

Alberto me abrió de piernas por los muslos, acomodándome debajo suyo de manera que quedara abierta y arqueada. 

Qué delicia es a veces este trabajo. Tuve que cerrar los ojos para gemir y casi me lamenté de no poder ver su cara de placer.

Un beso, Lulú Petite

 

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