De una estocada

De una estocada
Sobre la cabecera de la cama hay un espejo. En el tocador hay otro. Adán mira al del tocador, yo al de la cama
Lulú Petite
28/01/2020 - 10:15

Querido diario: Adán está sentado y aunque soy consciente de que su mano está frotando su miembro erecto, sigo mirando sus ojos.

Recargo mis nalgas en el tocador y separo ligeramente los muslos, provocándolo. Miro hacia el suelo, simulando inocencia y cuando levanto la mirada, sin alzar al cara, Adán está de pie y ha comenzado a caminar hacia mí y se detiene cuando me tiene a unos centímetros de distancia.

No levanto la cara para mirarlo. Solo tomo su miembro erecto y lo acaricio despacito. Él pone su mano en mi mentón y me levanta la cara. Nos quedamos mirando a los ojos unos segundos hasta que me da un beso, me agarra de la cintura y me levanta con fuerza para sentarme en el tocador. Con una pasión ardiente, él mira hacia abajo y tira de mi escote para liberar mis pechos.

Me los aprieta y yo me estremezco, lo hace bien. Adán gime, ya inclinando su cabeza hacia un pezón mientras también desabrocha sus pantalones para liberar su miembro erguido y rebosante de venas.

Se lo agarro de nuevo mientras sus labios se tensan alrededor de mi pezón y lo aprietan fuerte. Cuando dejó escapar un leve gemido en respuesta, aprieto su sexo más fuerte y comienzo a sacudirlo muy rápido. Entonces, busco sus bolas.

Las toco con ligereza como para desafiarlo, y es entonces cuando Adán se aleja de mí, saca un condón y lo pone en su sexo. Sin decir una palabra, me separa las piernas, allí sentada en el tocador, me quita la lencería y, con el vestido puesto, pero la falda levantada y las tetas de fuera, me la mete de una estocada.

Sobre la cabecera de la cama hay un espejo. En el tocador hay otro. Adán mira al del tocador, yo al de la cama. En ambos espejos nuestras miradas se encuentran, nos estamos viendo a los ojos mientras él me penetra.

Yo gimo, desesperada por el placer, mirándonos uno al otro, en esas infinitas reproducciones de nosotros mismos que cogen riquísimo a través de la interminable hilera de reflejos, hasta que el orgasmo nos fulmina en los millones de espejos que nos miraban.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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