Cliente frecuente

Lulú Petite sexo sexualidad
"Me acomodé, soltando un gritito ahogado en lo que su cabeza penetró entre lo apretado de mi sexo"
Lulú Petite
19/03/2019 - 05:18

Querido diario: Lo bueno de ver a un cliente a menudo es que cada cita tiene una nueva intensidad, al grado que se va ganando confianza y, lo que comenzó como un negocio más se va convirtiendo en un simulacro de romance. No sé si me explico. No es que nos hagamos novios, pero sí que en la relación podemos ponernos más creativos, hacer cosas que no haría con otros clientes, como dormir con él, viajar con él, salir, pasarla bien y ponernos creativos. Son las ventajas del cliente frecuente.

Por ejemplo Güicho. Ya he escrito de él, pero para guardar más su identidad, pongamos que así se llama: Güicho. No es chilango, así que viene a verme, yo voy a su ciudad o me alcanza cuando viajo a alguna ciudad que le quede relativamente cerca. Me paga varias horas. Gozo su compañía y hacemos el amor riquísimo.

El otro día me recibió en el aeropuerto. Tenía el plan de llevarme a ver las estrellas. Tomamos carretera y se estacionó en un mirador, abrió el quemacocos y nos quedamos en silencio. No había estrellas, pero la calma era cómoda.

De pronto me tomó la mano. Una cosa llevó a las otras y cuando me di cuenta, estábamos besándonos. Me ubiqué en el espacio que la abertura de sus piernas me ofrecía. Nos besamos. Con la complicidad de la noche, ese coche se convirtió en guarida de nuestras pasiones.

Con algunas maromas nos desnudamos y me encargué de encajarle el condón en el poderoso tronco del miembro, Güicho me acarició la espalda, mientras yo me daba el placer de buscar su pieza.

Con cierta dificultad, para ajustarme al espacio, me acomodé sobre él. Le rodeé las caderas con una rodilla a cada lado, tomándome mi tiempo para ubicar la punta de su miembro en mi entrada antes de dejarme caer. Con la mano libre me sostuve de su hombro.

Me acomodé, soltando entonces un gritito ahogado en lo que su cabeza penetró entre lo apretado de mi sexo húmedo. Gemí mientras me dejaba caer de a poco, acogiéndole por completo en una movida que encendió la piel en fuego puro. Fue un subidón de temperatura tremendo, estimulado de la mejor manera por el roce de sus labios contra mis senos. Él había tenido la puntería de cerrar su boca en uno de mis pezones, enviando corriente tras corriente de vibraciones eléctricas a través de mi sistema nervioso, poniéndome a gemir de antemano mientras mis caderas buscaban menearse con desesperación y en su contra.

Era una delicia oírlo jadear cada vez que su miembro se perdía entero entre mis muslos, y más sabroso fue permitirle dictar el ritmo con el que me lo estaba metiendo. Pronto aflojé todos los músculos, y lo dejé a sus anchas para que me hiciera suya.

Con una mano bien puesta en mi trasero, y la otra apoderándose de una de mis tetas, me estaba cogiendo riquísimo. Me aferré a sus hombros con las uñas y comencé a montarlo a punta de saltos. Me sirvió para sacarme de encima esa hambre bestial que el primer contacto con su miembro había plantado en mi vientre, pero no me duró mucho el gusto.

Él se apropió de mi cuerpo, el coche se movía poniendo a prueba los amortiguadores, su sexo se hundía en el mío con pasión, hasta que sentí el fuego explotarme en el vientre y un orgasmo fulminarme, alcé la cara, cerré los ojos y sí, aún con el cielo nublado, la noche oscura y los ojos cerrados, vi estrellas. Todas las estrellas posibles.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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