Así me pones

Lulú Petite sexo sexualidad
"Él se ponía cada vez más duro, y yo cada vez más hambrienta”
Lulú Petite
14/02/2019 - 05:18

Querido diario: En una de esas bonitas casualidades que tiene la vida, me encontré sentada arriba de las piernas de un hombre con las manos suaves. Sus dedos me habían separado las piernas y subían por la piel desnuda de mi muslo en una caricia tersa y sin interrupciones, directo hasta ese punto acolchado y jugoso en el núcleo de mi cuerpo.

Hasta ahora se manejaba bien con la barrera de mi tanga empapada. Sonriendo contra sus labios delgados, le acaricié la nuca con cariño y me balanceé ligeramente arriba suyo, frotándome contra ese punto rígido que me tocaba las nalgas por debajo de su pantalón. 

—Qué rico hueles... —me dijo, aplastando la nariz contra la curva de mi cuello, para luego dedicarse a cubrirme toda la piel expuesta de esa área con un caminito de besos. 

No solamente su boca había encontrado mis terminaciones nerviosas más sensibles; la mano que tenía hundida entre mis piernas también. Me abrí de piernas otro poco, y la falda del vestido se me subió hasta la pelvis. Entonces sus dedos se enterraron en mis labios hinchados, repletos de flujo, y mis caderas comenzaron a mecerse casi por inercia en el instante que empezó a frotarme el clítoris.

El área de mi entrepierna quedó encendida por la fricción, y el nido de espasmos en mi vientre también continuó agitándose.

—Por favor... ¡Ahí! —gemí a mitad de un beso, aferrada a su camisa mientras él me sostenía por la espalda para que la mano que me vibraba entre las piernas no me hiciera resbalar hasta el suelo. Me besó el nacimiento de las tetas con la respiración agitada, cogiéndome con el dedo medio y el anular a un ritmo firme y sensual que terminó por hacerme estallar. Mi orgasmo me arqueó la espalda, además de sacarme un grito.

Cuando me levanté, todavía le sujetaba la cara con las manos para seguir cubriéndole los labios con mis besos. Se me había vuelto imposible seguir ignorando, sentada ahí arriba, a esa erección gorda e hinchada presionada contra mí. 

Nos desnudamos de prisa. Él se abrió de piernas para dejarme espacio, y después de bajarse la cremallera del pantalón me dio libre pase a su miembro, que se alzó fuera de la ropa por fin, bajo la acción de mis manos, que luego se encargaron de forrarlo con látex.

—Chupa —me pidió, agarrándose la pieza por la base para enchufármela en la boca. Yo me cubrí las tetas con las manos y bajé con la cabeza hasta el nacimiento de su pene, obediente, lamiendo y saboreando todo. Hice presión con las mejillas para succionar ese trozo gordo de carne, moviéndome de abajo hacia arriba, y mientras tanto me enrosqué los pezones erizados con lujuria.

Estaba deseosa ya de montarlo, así que me levanté. Él me besó el ombligo y me amasó las nalgas, dejándome aún más agitada porque se podía adivinar el hambre en sus movimientos. Me di la vuelta y con su ayuda fui bajando hasta que la punta de su miembro quedó encerrada en mi estrecho umbral. De un solo golpe me senté en sus piernas, me quedé viendo estrellitas por la penetración completa.

—Qué duro estás —me quejé meciéndome con él adentro para adaptarme a su tamaño. 

—Así me pones —me dijo él, pegándome el pecho en la espalda para hacerse con mis tetas. Luego se echó hacia atrás y yo comencé a cabalgarlo. Cuando nos despedimos, me dijo que ya nos habíamos visto antes. La verdad, no lo recordaba y eso no me gusta.

Hasta el martes, Lulú Petite

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