¡Asómbrate!

Dentro de la funeraria en CDMX, la realidad de lo que le hacen a los muertos

Visitamos el lugar en donde los cadáveres son preparados antes del último adiós, o el llamado 'eterno descanso'
Javier Ramírez
01/11/2019 - 11:34

Aquí adentro, mientras un alma se enfría, se escucha fuerte el rugir de ese horno, a temperaturas tan altas que hacen pensar que el mismísimo infierno se encuentra ahí encerrado.

Esa idea común de la paz y la gloria eterna parece imposible de este lado, luego de que más de dos mil grados Fahrenheit devoran por completo un cuerpo humano muerto; pelo, piel, órganos, huesos, en ese orden, uno a uno, van cociéndose, explotando y evaporando, convirtiéndose en aire caliente.

Del otro lado, en la sala de esta funeraria, una familia está a la espera de recibir a su ser querido, dentro de una urna con cenizas.

Antes de que las llamas del horno incinerador iniciaran el proceso de desintegración, los parientes se despidieron por última vez. Quizá le dijeron que le extrañarían, que lamentaban la situación, que llegó el momento de descansar.

Pasaron unos minutos antes de que Edson Zarco, encargado del crematorio, se llevara el ataúd con el cadáver hacia el otro lado de la pared, que no conoce el frío, donde no existe el luto.

Ahí con ayuda de una camilla con rodillos y sin perturbación, dirige el cuerpo rígido -con todo y ropa- hacia la boca de esa hoguera no muy grande, hecha de acero y material refractario, solemne, marcada para siempre por el humo. 

Enseguida programa la cámara, 150 minutos son el estándar en la técnica de cremación, a una temperatura que empezará desde los 500 y oscilará entre los dos mil y dos mil 500 grados Fahrenheit.

Pasó una hora y Edson, de 31 años, abre la máquina, para remover con ayuda de un bastón metálico los restos que faltan por consumirse. El cerebro, el órgano más importante del cuerpo, es el que más resiste, pues es sólo hasta que se golpetea que comienza a disgregarse.

En una hora y media más recuperará la osamenta pulverizada con ayuda de un rastrillo de acero, para dejarla enfriar y pasarla por la trituradora. Cráneo, algunos dientes, lo que falte por deshacerse. Este es el paso final, lo que quede será depositado en esa caja.

Edson tiene una carrera técnica de máquinas y herramientas y está capacitado para el manejo de los cuerpos. “Es un trabajo delicado, un poco fuerte, en cuanto al carácter personal. Es algo que se necesita en la actualidad, los panteones están llenos, después de siete años los tienen que sacar”, dice.

ANTES DEL ADIÓS

Ernesto Padilla es compañero de Edson, pero su labor es diferente. Él, licenciado en Criminalística y técnico tanatopraxista, se encarga de embalsamar los cuerpos que llegan a esta funeraria ubicada en la colonia Doctores.

Está en una habitación contigua, toda blanca, donde el olor a formol viste el ambiente de una sensación maquiavélica; es penetrante, hace arder los ojos y nariz a quien no está acostumbrado.

Hacia el fondo, sobre una de las cuatro planchas metálicas, permanece frío un hombre. La sábana blanca que lo cubre sólo permite ver sus zapatos cafés, los últimos que usará.

Por la puerta atravesaron dos personas. Traen consigo el cadáver de un adolescente de 14 años.

Murió de forma violenta, pues una bala en la cabeza le arrebató la vida. Por la necropsia de ley que le fue hecha con anterioridad, la labor de embalsamarlo va a ser distinta a la que se hace cuando un cuerpo viene sin suturas y con los órganos todavía conectados entre sí.

La mascarilla puesta, la bata gris y unos guantes. Ernesto y su compañero Yosiki empiezan a trabajar. Descosen el cadáver desde el cuello hasta el abdomen, para enseguida sacar una por una las entrañas, enjuagarlas y colocarlas en una bolsa, que contiene una mezcla ácida de formol, alcohol y glicerina, lo cual impedirá su rápida descomposición. Mientras tanto, una vez vacío y con ayuda de una manguera especial, se extraen del cuerpo gases, residuos de orina y heces fecales.

Enseguida, con precisión, se inyecta con el químico para el mismo fin. Todo está calculado, no hay permiso para equivocarse, pues demasiado líquido podría quemar la piel en vez de conservarla.

 

El procedimiento mínimo tarda 40 minutos, pero puede extenderse dependiendo de las condiciones del occiso. La cabeza, por su parte, se descose de oreja a oreja, se quita la tapa del cerebro, se lava y desinfecta, junto con el resto del cuerpo.

A sus 25 años Ernesto es todo un experto en el arte del embalsamamiento gracias a la influencia de su hermana, quien también tiene esta profesión.

Al principio quería ser médico, pero pronto se dio cuenta que ese no era su camino. “No tengo el valor para poder salvar a una persona, entro en pánico cuando veo a alguien sufrir o a punto de morir. Me di cuenta de que no era para los vivos”.

El cadáver ya está limpio, es hora de dar el paso final. La familia no está en la sala, sino en el Ministerio Público atendiendo el caso por homicidio. Un conocido se encargó de traer la última muda de ropa que este joven vestirá.

Ernesto sujeta con determinación la bolsa que posee los órganos impregnados, y en un santiamén le hace un nudo al alto vacío. La misma es colocada al interior del cuerpo, que será nuevamente zurcido por completo.

Luego de vestirlo, hay un secreto para que los brazos, endurecidos y frígidos, queden juntos y así den la sensación de que se trata de alguien que está dormido. Es una tira de tela la que hace el trabajo de conjunción, asegurando ambas manos con un nudo invisible.

A estas alturas, el químico ya deshidrató la piel y la volvió pálida, por lo que se aplica un maquillaje a base de crema que le devuelve la humectación en la parte del rostro.

Con ayuda de un pegamento especial se une la boca, y se taponean nariz y oídos. Se unta brillo en los labios y para restituir el semblante, se utiliza un poco de colorante para pestañas.

Un cuerpo sin necropsia se ahorra el proceso de descoserlo y de limpieza interior, pero todos son trabajados con la misma pasión y dedicación, asegura Ernesto.

“Todos mis colegas embalsamadores hacen una gran labor, que a lo mejor no es reconocida o no es famosa, pero el simple hecho de sentir tranquila a una familia es bastante gratitud para nosotros”.

El cuerpo del joven que llegó hace una hora ha dado un cambio radical. En su ataúd luce impasible. El orificio que perforó su cráneo ni se nota, ni las puntadas que sostienen su cuero cabelludo.

AGRADECIMIENTOS: A la Funeraria Grossman, por la atención brindada para la realización de este trabajo.

 

(FOTOS: JAVIER RAMÍREZ, EL GRÁFICO)

 

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