Changos juguetones

Al día 15/02/2017 05:00 Tanya Guerrero Actualizada 05:05
 

Encontró al primero entre las chácharas de un tianguis: La cara era diferente, estaba hecho con tela y el porte de sus patas era distinto. Aún así, Francisco Gaytán Hernández  se enamoró.

Desde entonces, Paco sólo piensa en fabricar changos coquetos y juguetones.

Monos que cobran vida en la Plaza de Garibaldi y se contonean con el silbido chillón,  mientras le dan besitos a la gente.  

Este hombre de 66 años lleva tres décadas vendiendo simios de varios colores.

 

Los hay blancos, negros, grises, pero el preferido de Paco es café. Su nombre es Macaco,  quien, junto con sus hermanos, impaciente  espera a que alguien lo venga a adoptar.

“Al principio, los niños se espantan. Preguntan si muerden o si sólo hacen ruido. Yo les digo que son amistosos. Monos araña que buscan un hogar”.

De las manos de este artesano, un chango nace cada dos horas, tiempo en el cual ojos, alambre, hilo y peluche se adhieren con maestría a una cara vinílica, moldeada previamente. Al amor con el que los fabrica, Francisco le agrega un toque especial, olor a chocolate en sus labios para que la huella que dejen sea inolvidable.

Al final, les pega el chilloncito y dibuja la lengua y el contorneo de lo párpados.

Aunque todos tienen la misma expresión, cada uno de los 12 que fabrica al día es pensado y concebido de manera especial. Es Macaco con quien Francisco empezó a estudiar los movimientos de estos animales, basándose en un libro de changos que compró, estudiando cuidadosamente sus facciones para imitar bien sus ademanes.

“Me llama la atención sus movimientos y me entusiasma hacer esto. Es artesanía y lo hago con amor. Estoy encariñado con ellos porque de esto vivo y así mantengo a mi familia”, dice.

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