Trátate con amabilidad

Vida 18/07/2017 05:00 Actualizada 05:02
 

Muchos tenemos en la mente una voz autoritaria, dominante, mandona, que pretende ejercer su poder sobre nosotros. Es la voz crítica con la que nos torturamos cuando cometemos un error: “¡Pero qué tonto!”. Con esta misma voz crítica nos exigimos reaccionar de formas todavía no aprendidas: “Tendría que poder manejar sus rabietas”. Con esta misma voz nos acusamos, reprochamos y enjuiciamos. Casi nadie está exento de reclamarse con dureza cuando está enojado por no haber “superado” una emoción o por seguir albergando pensamientos limitantes y dañinos.

¿El maltrato como motivación? Recurrimos con  frecuencia a la voz crítica porque nos hace sentir en control de la situación, seguros, incluso motivados. A menudo escucho a personas decir: “Si no me trato con rudeza, incluso a veces insultándome, y me recuerdo lo cobarde que soy, mis fracasos y las tonterías que he hecho, no reacciono”.

Estas personas están convencidas de que el maltrato es una buena herramienta de motivación. Quizás porque las personas con que crecieron las “motivaban” de esta manera.  Recordemos que aprendemos por imitación. En la edad adulta terminamos actuando y tratándonos igual que como nos trataban los mayores. Pero detrás del crítico interno (la voz dirigida hacia nosotros mismos) hay una especie de contrato no hablado con nuestros padres, maestros, hermanos mayores. Nos comprometimos a hablarnos de la forma en que ellos lo hacían. Y en verdad muchos somos  leales a este acuerdo.

La intención de la voz autocrítica no es mala, por supuesto. Su propósito es muy positivo: motivarnos a cambiar lo que no funciona en nuestras vidas, a perseguir metas y a aprender de los errores. Sólo que lo hace en el tono equivocado, por medio de la violencia y el maltrato.

La amabilidad, ingrediente de motivación. Los gerentes exitosos, los padres de adolescentes difíciles y los integrantes de una buena pareja lo saben: se obtiene más de persuadir que de imponer. Y lo mismo se aplica a lo que deseamos conseguir de nosotros mismos. Imponernos una autoridad sin consideración, con rudeza innecesaria, dificulta obtener lo que queremos. Exigirnos y maltratarnos con este propósito es contraproducente: provoca que nos pongamos a la defensiva y nos resistamos al cambio. Es fácil ver cómo  ocurre cuando los padres tratan de obligar a un adolescente a que haga algo a lo que se resiste.

Con amabilidad hacia nosotros mismos podemos conseguir mucho más. Y en el fondo lo sabemos, sólo que no estamos familiarizados con el diálogo amable y afectuoso hacia nosotros mismos, ¡ni hacia los demás! Cuando lo estamos pasando mal o sufrimos, con muy poca frecuencia nos hablamos afectuosamente, es más, hacerlo nos parece extraño y tendemos a rechazarlo. Podríamos, con la misma buena intención de ayudarnos a modificar hábitos o soltar ideas que nos dañan, usar un tono cálido, comprensivo y apoyador. El resultado podría ser muy diferente al habitual.

Practica la amabilidad. Ante un error podrías recordarte esto: “Estas cosas le pasan a muchos, todos nos equivocamos de una forma u otra”. Para reconocer un mal hábito, podrías hablarte en tono dulce: “Ya estás otra vez con esto. Vamos a ver qué podemos hacer para dejar de hacerlo”.

En una situación intimidante, recuerda: “No soy el único a quien le cuesta hablar en público”. Para no maltratarte por una reacción inapropiada: “Si habías estado bajo tanto estrés, era obvio que tu cuerpo reaccionara de esta manera”.

No se trata de permitirnos todo. Pero sí de invitarnos a enmendar, aprender o cambiar algo y expresarlo en un tono  comprensivo, tal como  si corrigieras amorosamente a un niño pequeño.

 

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