Padres ausentes crían hijos inmaduros

La culpa obliga a los padres a cumplir todas las exigencias de los hijos, aunque después se sienten frustrados porque nada parece satisfacerlos. Se convierte en un círculo vicioso
Redacción
02/09/2018 - 10:45

Por Irma Gallo

En su libro más reciente, Educar sin culpa (Grijalbo, 2018), el psicólogo uruguayo Alejandro De Barbieri afirma que el cansancio con que llegamos a casa, después de una jornada que parece eterna, nos ha convertido en padres ausentes, y que esto trae consecuencias en la salud emocional de nuestros hijos. Una de las más graves es la inmadurez.

Este asunto me preocupa mucho, porque, como mamá sola que soy, trabajo hasta en tres lugares al mismo tiempo para completar mi ingreso. También salgo de la ciudad dos o tres días al mes para impartir talleres de periodismo.

En estas ocasiones, mi hija se queda con mis papás, lo cual me tranquiliza porque se que está bien cuidada, pero siempre que regreso encuentro que se comporta de una manera que llamaré “irregular”, por no saber nombrarla de otro modo: está sensible, exige demasiada atención de mi parte y quiere que la recompense no sólo pasando tiempo a su lado, sino también comprándole cosas o llevándola a comer o al cine.

Sobra decir que la culpa que siento me obliga a cumplir todas sus exigencias, aunque después me siento frustrada porque nada parece satisfacerla. Se convierte en un círculo vicioso de culpa-chantaje que daña a las dos.

La mentira de decir “trabajo más por ellos”.

“Lo de trabajar más es una trampa en la que la sociedad actual nos hace caer; postergamos nuestra felicidad, nos “matamos trabajando” para que a nuestros hijos no les falte nada y con ello claudicamos de nuestra felicidad y salud”, fue lo que me respondió cuando le di mi pretexto consabido. Entonces, ataqué con la siguiente cuestión: si él escribe que debemos trasmitirle optimismo, entusiasmo y felicidad a nuestros hijos para poderles dar seguridad, ¿cómo manejamos nuestra energía para lograrlo?

Respondió: Cuidar las 4 dimensiones de la persona:

“1. El bios (cuerpo) con alimentación, ejercicio, sueño, relajación, meditación.

2. La psique con desintoxicación digital, silencio, música, soledad creativa.

3. Social: más vínculos presenciales. Lo que cura es el vínculo. Las personas felices crecen y se desarrollan en grupos humanos.

4. Espiritual: desarrollar la inteligencia espiritual con un proyecto de vida que sostenga nuestra vida y nos proyecte, no buscar la felicidad, sino buscarle un sentido a la vida”.

Insistí, entonces, en que me diera un consejo práctico, a lo que me respondió: “El papá o la mamá llega cansado a su casa y el niño está haciendo una rabieta o está enojado. El rol del adulto debe ser respirar, saber que llega a su casa y debe “cansarse amorosamente” educando a su hijo. Puede decirle con total calma y sin enojarse “te dije que no y es no”. Sin ejercer la fuerza, ayudando a que su hijo calme su dolor y salga solo de la rabieta”.

Hijos con una edad emocional 7 años menor que la biológica.

En su libro, De Barbieri cita al pediatra francés Aldo Naouri, quien sostiene que la actitud sobreprotectora de algunos padres ha traído un atraso de siete años en el desarrollo psicoemocional de los niños y jóvenes. Así que le pedí que me explicara esta teoría, y creo que su respuesta es algo a lo que debemos atender seriamente:

“Aldo Naouri tiene un libro que se llama Padres permisivos, hijos tiranos (Ediciones B, 2005). En ese libro explica que nosotros hemos sobreprotegido a nuestros hijos más de lo que nuestros padres lo hicieron con nosotros, y sobreproteger en cierta medida es desproteger. Esa actitud (que no hay que confundir con apego o afecto) deja al niño frágil. En dicho libro también se menciona que la edad cronológica no coincide con la edad de maduración afectiva, porque al evitar que crezcan, quedan inmaduros: tienen 28 años, pero parecen de 21 (como los llamados millenials en las empresas), o tienen 21 y parecen de 14 porque les hemos evitado los dolores, los exoneramos del sufrimiento. Los padres son los mejores sindicalistas de sus hijos, los defienden a capa y espada, pero así les provocan más daño.

Como dice Nicholas Taleb “las escuelas fallan al replicar la vida real, al intentar que los niños sean exitosos en lugar de enseñarles a lidiar con el fracaso”, y fallan los padres también porque de esa manera les mentimos, pues no los preparamos para el mundo real, que implica dolor, pérdidas”.

Al final, citando al filósofo y pedagogo español Fernando Savater: “educar es en buena medida frustrar, no se puede educar intentando no afectar al niño”. Empezaré a poner todo en práctica. ¿Y ustedes, papás y mamás?

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