Nuestros sueños no están en rebaja

Este suelo y este cielo están cenizos, oscuros como cuervos que nos acechan con un aletear siniestro. Estas nubes tienen formas extrañas, como si fuera a llover todo el tiempo.
Roberto G. Castañeda
06/09/2018 - 08:00

Observo el cielo desde un puente peatonal y las nubes parecen pesar demasiado, como si hubieran engordado de polución y tormentas venideras. Estas nubes melancólicas nos siguen a todos lados, con su halo invernal y este frío que cala en los huesos. No son tiempos propicios para el optimismo, desde luego. Lo ha descrito Dante Guerra, en un poema incompleto: "Este suelo y este cielo están cenizos,/ oscuros como malditos cuervos/ que nos atosigan los oídos/ con un aletear constante y siniestro. Esas nubes tienen formas extrañas,/ como si fuera a llover todo el tiempo./ Pero nuestras alas son a prueba/ de tormentas y malos presagios". No, claro que no son días para festejos ni para balances optimistas. Pero son días para marchar solidarios, por la seguridad de las mujeres, por la integridad de nuestros universitarios. No, desde luego, no son tiempos para brindar por el presidente que se larga.

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Aquí afuera hace frío y las nubes tienen formas extrañas. Aquí afuera no estaremos quietos, mientras nuestros hermanos caen inertes y los tecnócratas preparan más discursos. Aquí afuera seguiremos inconformes, solidarios, marchando en viernes o en lunes y en días feriados, hasta que se den cuenta que nunca más nos quedaremos callados y que el maldito miedo ya no arrincona como hizo con nuestros abuelos o nuestros padres. Que nos pateen en el suelo, que nos apuñalen por la espalda, que nos saquen los ojos si no vociferamos esta rabia, este fuego interno.
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Que nos carcoman el corazón los buitres, que nos atormenten los remordimientos si no somos solidarios con el dolor ajeno, con los universitarios y si no lloramos a nuestros hermanos. Sí, con un demonio, que me saquen los ojos si no he visto a mis hermanos lamentar esta barbarie. Que me saquen los ojos si no se me enchina la piel cuando miro a los jóvenes unirse contra los malnacidos. Que me saquen el corazón en sacrificio si no quiero para mis hijos un país habitable. Sí, lo repito una y otra vez, que me arranquen la piel si no estoy harto de los corruptos y los asesinos en cada esquina y los porros y criminales que corrompen a los adolescentes casi niños. Que me arranquen las uñas lentamente si no comulgo con León Gieco cuando decreta que “sólo le pido a Dios/ que lo injusto no me sea indiferente,/ que no me abofeteen la otra mejilla/ después que una garra me arañe esta suerte./ Sólo le pido a Dios/ que el engaño no me sea indiferente,/ si un traidor puede más que unos cuantos/ que esos cuantos no lo olviden fácilmente”. Miro al horizonte y no hay señales optimistas. No son cielos buenos, seguirán las nubes cenizas. Aunque caigamos, aunque nos rompan las alas, nuestros sueños no tienen precio ni están en rebaja. Sigamos volando, aunque sea al ras del suelo, no decaigamos.

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Yo no sé si realmente pueda pedirle algo a Dios, no sé si aún tenga saldo a favor o si aún me tome en serio después de tanto equivocarme, pero no está de más solicitarle que al menos no se haga el distraído. En verdad que no sé si realmente Dios atienda nuestros memorándums, pero habría que seguirle pidiendo, como dice León Gieco, que el dolor no nos sea indiferente, que no nos hagamos los sordos o los ciegos mientras nuestras adolescentes, los estudiantes o las aulas son [email protected] Ya dejemos de hacernos los ciegos mientras los corruptos saquean las arcas y pasean a sus amantes por Dubai. Sí, ya basta de silencios. Sí, juntemos la furia de nuestras miradas, el fuego de las protestas y nuestros pasos cansados. Que nada puede ser peor que sentirse acorralado por el miedo.
Como Dante Guerra, crucemos los dedos y salgamos con la frente en alto: “Que no me alcance esa bala perdida,/ que no me toque la maldad en esta rifa,/ que los dioses blinden a mi ángel de la guarda./ Que no me roce la locura ni me roben la esperanza./ Que mis pasos vuelvan a casa,/ que los rezos de mi madre surtan efecto,/ que este país en llamas no se vuelva más cenizas./ Y que los hombres justos ganen algunas batallas”. Sería más equitativo si los buenos ganan algunas batallas.
Yo sé que no habrá mucho optimismo, que renegaremos de nuestro sueldo miserable, que cenaremos huevo tres veces a la semana, que la gasolina seguirá subiendo y que los índices delictivos serán alarmantes, pero lo peor que podemos hacer es cruzar los brazos. Y no se trata de prenderle fuego a Palacio Nacional o dinamitar las ruinas de este país volcánico. No, es algo más perdurable que eso: es tener conciencia social y ser solidarios con los que ya no tienen calma. Nos queda la voz y los pasos, tenemos los puños en alto, no nos han robado la esperanza. Yo sigo pensando que hasta la poesía nos salva. Y que los libros también son un arma y los versos disparan las verdades que hacen falta. Por eso repito: Que nos atormente la conciencia, que los cuervos nos carcoman el corazón si permanecemos indiferentes ante la injusticia o si nos quedamos callados mientras el caos nos abofetea. Sí, que nos arranquen la mirada si nos hacemos los ciegos ante la violencia cotidiana, frente a la impunidad de los malditos. Como diría el poeta Dante Guerra: “Este luto y este corazón desolado/ no deberían arrinconarnos./ Porque tenemos voz y coraje,/ tenemos la poesía y la furia/ de las miradas jóvenes./ Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado./ Levantemos la mirada. Es justo, es necesario./ Levantemos el puño por nuestros hermanos./ En verdad les digo que es justo y necesario”. Sigamos soñando y seamos fuertes.

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