Clientes frecuentes de la crisis

Sí, igual que tú, también estoy harto de ser cliente frecuente de los que chingan a cada rato. Ya me cansé de ser invisible para las cosas que valen la pena.
Roberto G. Castañeda
24/08/2017 - 08:00

N o sé si a ti te pase, pero yo ya me harté de que siempre que me retraso en el pago de la luz me llega una notificación que dice algo así como “estimado cliente, le recordamos que usted tiene un adeudo pendiente por la cantidad de...” y siguen con “favor de regularizar su pago”, para evitar “la suspensión del servicio”. Y lo mismo sucede con los recibos del agua, el teléfono y el internet. Cada fin de mes, cada bimestre, me llegan cartas y recordatorios de que soy su “apreciable cliente”. Yo qué más quisiera que estar al corriente con mis pagos, dejar de recibir misivas tan “amables” para que pase a liquidar lo que debo antes de que me cargue la chingada. Yo qué más quisiera que ordenar mis saldos vencidos, mi situación en el buró de crédito. Y volverme invisible otra vez. Es que la verdad que no es reconfortante llamar la atención sólo porque “usted tiene algo nos pertenece”, que es lo que en realidad dicen esos pinches recordatorios: “queremos nuestro dinero y lo queremos ahora”. Ah, pero todos somos invisibles cuando es fin de quincena o suben el precio del huevo o necesitamos explicaciones del gobierno. Y sí, igual que tú, también estoy harto de ser cliente frecuente de los que chingan a cada rato. Ya me cansé de ser invisible cuando a otros culeros les conviene.

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Por lo que respecta a lo demás, casi siempre soy invisible: Cuando estoy solo en casa, cuando llamo para quejarme por el pésimo servicio de internet, cuando necesito explicaciones del gobierno; cuando el agua potable apesta o suben el precio del huevo y los gobernadores planean chingarse el presupuesto. También cuando pido un aumento de sueldo, cuando pierde mi equipo favorito. Cuando el presidente en turno dice que las cifras son optimistas. O cuando los “líderes de opinión” se prostituyen y los políticos vacacionan en Europa o los diputados se recetan un bono de fin de año. Y cuando el candidato hace mil promesas, cuando llega el fin de quincena y suben los impuestos y el crimen organizado nos acecha. Cuando las noticias son pésimas y maldecimos a los corruptos. Y así sucesivamente, cuando siento que me lleva la chingada es que soy invisible. Igual que tú, cada mañana, por las tardes, en las noches. Entre la multitud y a solas, en aquella calle oscura, en el Metro, en la fila del banco, viajando en microbús, sentados en aquella banqueta, somos bastante invisibles. Ya sea encerrados en el cuarto, en el insomnio de la madrugada, cuando nos devoran los nervios, haciendo cuentas y cuando nos agobian las deudas. Mientras lloras o cuando nos queman las ausencias, también pasamos inadvertidos. O mientras el futuro luce su peor panorama, cuando nos atormenta el pasado, mientras miramos la gente pasar y también cuando los amigos nos olvidan por mucho tiempo, generalmente somos invisibles. Cuando te echo de menos, lo mismo. Pero soy más invisible cuando me dejas en visto en el WhatsApp. Y se siente de la rechingada. Estoy seguro que tú estarás de acuerdo. Igual que lo está el buen Bukowski: “El viento sopla fuerte esta noche/ y es un viento frío/ y pienso en los chavos de la calle./ Espero que algunos tengan/ al menos una botella de vino./ Cuando estás en la calle/ es cuando te das cuenta de que/ todo tiene dueño/ y de que hay cerrojos en todo./ Así es como funciona la democracia:/ tomas lo que puedes,/ intentas conservarlo/ y añadir algo si es posible./ Así es también como funciona la dictadura,/ sólo que una esclaviza/ y la otra destruye a sus desheredados./ Nosotros simplemente/ nos olvidamos de los nuestros./ En cualquier caso/ es un viento fuerte y frío”.

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Y haciendo cuentas con el corazón, resulta que también la situación está del carajo. Nunca es suficiente con las deudas materiales, encima está la bancarrota emocional. Y en cada suspiro, viene el diablo y te malaconseja cosas terribles al oído: salta desde la azotea, pásate al bando de los débiles, empeña tu dignidad, olvídate del orgullo, ruégale para que vuelva, emborráchate y llámale en la madrugada, fírmale un decreto para que te haga la vida miserable. Y a veces te emborrachas y piensas que hay mujeres u hombres que están hechas para condenarte al olvido. Y otro pinche suspiro. Y otro trago más de mezcal o tequila. Y una vez más te sientes [email protected] a llamarle, [email protected] del abandono, [email protected] de ser invisible para ella o para él. Y tus demonios como jauría, vociferando que le marques, pero tú aún tienes el orgullo intacto como para quemarte en la hoguera de los silencios. Hay ocasiones en que sí, es mejor consumirse a solas que echarle leña a la caldera de los imposibles. Y sigues bebiendo, como cada maldito viernes, preguntándote que has hecho mal, qué carajos es lo que hiciste para merecerte esta invisibilidad. Y afuera los ruidos habituales, la madrugada con su manto trágico, el ulular de las patrullas, los autos veloces, el ladrón que se oculta en la esquina, los obreros que regresan cansados, las madres que no duermen, los pasos cansados de los desposeídos, la desesperación de los que no esperan mejores días, la terrible rutina que recarga sus baterías.  Y alli, en el encierro, las horas pasan como si no sucediera nada que valiera la pena. Así que no tienes más remedio que beber a solas, mientras repasas las líneas de Dante Guerra: “Aquí, en esta penumbra,/ en el exilio de tu olvido,/ me hago invisible a cada rato,/ me devoran todos mis malos hábitos./ Allá, con quién sabe quién,/ quién sabe cada cuánto,/ tú haces el amor sin reparos./ Y los perros ajenos mean en las aceras,/ un gato se refugia en las azoteas/ y mis ratones husmean en otra cocina,/ porque este maldito desierto/ sólo ha visto florecer/ cactus con forma de remolino./ Y mientras otro alguien,/ quién sabe quién carajos,/ acaricia tu luminosa desnudez,/ yo, como todo buen imbécil,/ me observo en el espejo/ para comprobar si esta palidez/ no me ha vuelto totalmente invisible”. Habrá que seguir rumiando, maldiciendo a los demonios que me aconsejan, con tanta frecuencia, que deje mis penumbras en busca de tu fuego. Porque está del carajo ser invisible cuando se trata de las cosas buenas.

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