Pan duro en vez de cianuro

Al día 22/03/2018 08:00 Roberto G. Castañeda Actualizada 08:07
 

I) El celular  no deja de sonar. Katia lo escucha pero no tiene la mínima intención ni las ganas de contestar. Maldito amanecer con jaqueca. Una noche más en vela. Y la habitación apestando a tabaco y ausencias. Hace días que maldice el calor agobiante, recostada en la cama. Y ella evita dormir junto a la ventana para no caer en la tentación de saltar en la madrugada. Katia estira el brazo y apaga el teléfono. Su mano choca con una foto volteada bocabajo. Sin razón aparente la observa y encuentra una sonrisa que ya no le recuerda nada. Abrazada a Héctor, ella parece tener muchos motivos para estar contenta. Pero el olvido la convirtió en una mujer vieja. A sus 32 años se siente cansada, sin ganas de abrir la estética, con el ánimo acumulando polvo bajo la cama, con el mismo entusiasmo de quien acude al funeral de sus deseos. ”El agua me ciega,/ hay vidrio en la arena./ Ya no me da pena/ dejarte que un adiós./ Así son las cosas,/ amargas borrosas,/ son fotos veladas/ de un tiempo mejor./ Con los ojos no te veo,/ sé que se me viene el mareo/ y es entonces/ cuando quiero/ salir a caminar”, canta Cerati con la música de Bajofondo Tango Club. Héctor dejó a Katia porque le ofrecían un buen trabajo en Guadalajara “y la neta no puedo estar viniendo a visitarte”. Lo conoció porque ella le cortaba el pelo. Y él la convenció de que "no todos los hombres somos iguales". Su anterior novio la engañó con la chica que hacía el maniquiur y Katia prometió no volver a enamorarse como idiota, como si la vida fuera una canción de Juan Gabriel. Pero Héctor parecía diferente. Así que se enamoró, como una estúpida. Y ahora estaba de nueva cuenta frente a un adiós. Lo dejó ir, con la esperanza intacta de que un día regresaría. Se escribían por messenger, él la engañaba con frases demasiado obvias del tipo “no sabes cómo te extraño” o “cuando regrese te comeré a besos”. Así era algunas tardes. Hasta que un amigo común le dijo a Katia que Héctor se iba a casar, que andaba con la gerente de recursos humanos, “una señora que tiene mucho varo”. Ella no lo pudo creer, así que todavía le preguntó a Héctor y él rehuyó la verdad al principio. Al final lo aceptó, pero le clavó un aguijón peor: “Pero no la quiero, porque a ti es a quien amo”. Incluso le comentó que aunque se casara, le gustaría ir a visitarla para compartir la cama. Katia lo maldijo. Y sollozó sin importarle que hubiera varios clientes en el cibercafé. El amor por internet apesta. Eso debería ser la primera regla en el decálogo de los cibernautas. Pero sobran ilusos y del otro lado hay un ejército de locos, de hombres enfermos y mujeres insanas, en el Facebook, en el WhatsApp, en todos pinches lados. Así es esto de la Malasangre, como diría Iván Noble en su canción: “Se derrama la mañana y yo diría que esta es la situación:/ pésima, pero desmejorando.../ Desayuno pan duro cuando no encuentro cianuro”.

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II) Giovanni estrelló la foto contra la mesa y un vidrio le cortó el dorso de la mano. Vale madres. Se quedó inmóvil mirando la sangre. Levantó la vista y la ausencia de Lorena se probaba aquel vestido verde que tanto le gustaba para salir a Coyoacán. El departamento era demasiado pequeño para compartirlo con tantos recuerdos. Sintió rabia, ese coraje que dejan las mujeres que se emborrachan y se besan con el primero que les sonríe en los antros. A Giovanni lo dejó su vieja porque “eres muy aburrido, siempre estás cansado del trabajo”, así que prefirió hacerle caso al  Micky, el wey que siempre le daba aventón en la moto cuando la encontraba en la calle. “No seas tontito, sólo es mi amigo”, aclaró ella cuando Giovanni le dijo que “ese wey vende coca, te va a meter en un  pedo”. Pero hay viejas que no se resisten al varo, “para que te compres lo que quieras, lo que te mereces, reina”, dijo El Micky después de fajársela en un callejón del barrio. La siguiente vez Lorena aceptó irse a un hotel. Al poco tiempo le dijo a Giovanni que nunca lo quiso de verdad. Y éste le contestó lo que suelen decir los hombres heridos en su dignidad: “Si ya sé que andas de puta con El Micky, ya todo mundo lo sabe”. Pues piensa lo que quieras, a mí no me vuelves a ver, eres un pobre diablo, y demás lugares comunes puso Lorena como pretexto. Y lo dejó solo, con sus canciones de Babasónicos, con sus discos de Los Auténticos Decadentes, con esa rolita llamada "El loco", que dicta cosas como “soy víctima de un dios/ frágil, temperamental,/ que en vez de rezar por mí/ se fue a bailar/ a la disco de un lugar./ Quiso mi disfraz,/ vivir como un mortal, como no logró matarme/ me regaló una visión particular”. Giovanni no sabe qué hacer con sus odios, con la rabia de quien se sabe abandonado a su maldita suerte, que se confabula con su pésima autoestima para recordarle que todas las mujeres, al menos las que él ha conocido, tienen un precio. Y los Caballeros de la Quema atizan la hoguera de su jodida confusión: “Se te puso vieja la sonrisa/ arañando el viento en la cornisa,/ triple mortal de cabeza a un amor sin fondo/ y nunca aprendes, la nostalgia no es negocio…/ Cero mensaje en el contestador,/ ni una mierda en HBO,/ bebes un tinto para no escuchar/ a tus demonios que no paran de picar tu cabeza./  Cero mensajes en el contestador”. Y el exceso de ausencia le provocó náuseas. Miró la sangre seca en su brazo y maldijo las heridas que nunca sanarán. Porque el pinche corazón no entiende de placebos ni píldoras para mitigar el abandono. Porque son días de rencor y olvido desmenuzados, como desayuno. Para comer, desamor sazonado con tu amargura. En la merienda, café y pan duro en vez de cianuro. Porque son días insoportables, con un calor que agobia. Porque son noches con este un calor perro y sarnoso que no deja ni dormir tranquilo.

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