Si te empeñas en ser un idiota

Al día 21/07/2016 05:00 Roberto G. Castañeda Actualizada 05:00
 

Y  lo mismo pasa a la inversa. Hay mujeres que se aferran a tipos extraños, inmaduros, estúpidos o simplemente culeros. No, no entienden: se empeñan en ser idiotas. Pero, bueno, yo hablo de lo que conozco o lo que he atestiguado. Y sé perfectamente que una mujer histérica es impredecible. Sí, una mujer herida o enojada puede hacer cualquier locura. Desde destrozar tus camisas a tijeretazos o estrellar tu celular contra el suelo, hasta romper el álbum de fotos o amenazar con cortarse las venas. “Pero te vas a arrepentir, cabrón”, es lo menos que te dice una mujer que ha sido lastimada en su orgullo. Y aunque no haya nada extraño en un adiós, ellas se imaginan lo peor: Que hay una fila de mujeres esperándote allá afuera, que “tú ya conociste a alguien más” o, peor aún, “seguro vas a regresar con la puta de tu ex”. En su ira, conjugada con dolor o confusión, ella es incapaz de razonar o entender que la relación ya está más caducada que el pan dulce Bimbo en los expendios de ofertas. Cuesta trabajo hacerle entender que ya no es sano aferrarse a un “amor” que se transformó en codependencia o costumbre malsana.  Es en vano advertir que no sirve de nada seguir jugando a los idiotas.

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“De la maleza surgieron tus promesas,/ germinando tristeza en mi cabeza./ Tu bajeza me tomó por sorpresa,/ para lastimar tienes mucha destreza./ Que delicia fueron tus caricias./ Mala noticia: eran pura malicia”: Analí me mandó un mensaje a mi celular. Bueno, uno más. Y seguía empeñada en su rencor. Yo no sabía sí aquello le salía espontáneo y lo escribía en una libreta de rencores. Tampoco es que me preocupara tanto, porque luego de una despedida es mejor contemplar las puestas de sol que añorar las noches sin el fuego acostumbrado. Para Analí yo era el cretino que nunca supo entenderla, el ojete que supo seducirla para después botarla “como si fuera una de las zorras con las que acostumbrabas andar”. Ya después de marcharse, con la típica maldición de “un día me vas a extrañar y yo ni siquiera me voy a acordar de ti”, encontré una notita entre un libro de García Márquez y otro de Élmer Mendoza: “Afiladas fueron tus miradas./ Quedé destrozada y en llanto inundada./ Roja y loca, la flama de tu boca me quemo/ y apagarme me toca”. Yo no lo sabía entonces, pero aquello era una canción de Aterciopelados. Quiero pensar que ella suponía que la iba a llamar para aclararle que estaba equivocada, que siempre fui honesto con la relación o algo así. Pero esos recordatorios, que seguro sobran en otros libros o escondidos entre los discos, son más bien posdatas que no necesitan otras posdatas. Así que preferí que se quedara con la impresión de que el cretino siempre seré yo. Y no dudo que tarde o temprano me deje más mensajes en el Facebook. Será que conozco demasiado su proclividad al drama. O quizá tenga razón y sólo soy un pinche insensible. O como canta Joaquín Sabina, “tenían razón mis amantes/ en eso de que, antes, el malo era yo”. Y en aquello de “Ayer quiso matarme la mujer de mi vida:/ apretaba el gatillo cuando se despertó”. Para qué aferrarse a explicarles algo que nunca entenderían. Mis rupturas no suelen ser dramáticas, ya no. Cuando mis amigos cuentan que tal o cual vieja les hizo un desmadre en plena calle o que rompió todo lo que tenía a la mano, no me causa la menor sorpresa. Una mujer histérica es impredecible. Han sido educadas por la tele, así que cualquier drama es común. Les encanta postergar las despedidas, olvidar sus Converse cuando se van, llorar lágrimas de vodka y llamarte en esas madrugadas que llueve de más.

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Será que me asumo un idiota. Será porque conozco mi maldito carácter, pero mis adioses siempre han sido lo más civilizados posibles. Sí, hay lágrimas o reclamos, pero nunca una pelea o agresiones. “Eres de lo peor”, acostumbran decirme. Sí, lo soy. “Maldito egoísta”, también lo acepto. “Nunca me valoraste”, me reclaman y, en efecto, no soy el hombre que se merecen. Siempre es preferible darle la razón a una mujer agobiada, que ponerse a manotear frente a un huracán. Por eso no me extrañó el recado de Myriam sobre la camiseta, perfectamente doblada, con la imagen de Gustavo Cerati: “Aún recuerdo tu mirada cuando me ganaste esta playera afuera del Auditorio. Pero me gustó más tu sonrisa cuando me dijiste ‘es tuya, seguro te quedará mejor que a mí’. Cuando te lo propones eres encantador. Lástima que siempre te empeñes en ser un idiota”. PD.- Como dice Cerati: “Algún tiempo atrás pensé en escribirte y nunca sorteé las trampas del amor”. Yo también recuerdo la manera en que nos conocimos. Tomé la prenda justo cuando ella la iba a agarrar. Observé detenidamente la impresión y pagué por ella. Myriam preguntó si no tenían otra de la misma talla y no, era la última. Su decepción fue evidente. Así que se la regalé. Dudó en aceptarla, pero su amiga le dijo algo al oído y al final aceptó. Quiso devolverme lo que pagué, pero me negué. A cambió me dio su número de teléfono, como sugerí. Un par de semanas después estábamos saliendo en plan de amigos y meses más adelante teníamos lo que ella llamaba “una relación basada en el caprichoso destino”. Su novio no había querido ir al concierto de Cerati con el pretexto de que “ese wey me cae gordo”, pero él prefería salir con sus amigos porque estaba interesado en otra una chava. A fin de cuentas, él acabó con la vieja que le interesaba y Myriam se refugió conmigo. A mí me encantaba ella, los delirios de su cuerpo desnudo, su manera de vestir y su risa siempre franca. Lo que no soportaba era su insistencia en eso de que me vistiera como a ella le gustaba, “porque la apariencia es lo más importante” o sus horribles comentarios de “ay, es un naco” cuando se refería a alguien que no le caía bien, incluidos algunos de mis amigos. Así empiezan los peores desastres de un hombre: cuando una mujer se siente con derechos de cambiarle hasta la manera de vestir. Así que no tardamos demasiado en comenzar a despedirnos uno del otro. Cuando llegó el momento del adiós definitivo no lo tomó tan mal. Quizá comprendió que soy un imbécil que, como solía decir, “nunca empeña el corazón por completo y prefiere mentirse a sí mismo”. Así que, como cantan los Estelares: “Guardo en los bolsillos lo que queda de armonía/ y los ciclos del amor de las novias mal perdidas./ El viento empuja las nubes a otra dirección,/ riegan por fin los jardines secos del amor./ Es lo que te quise decir y sólo he logrado mentir”. Sí, por lo general me empeño en ser un idiota. Y colecciono relaciones insanas. Y adioses patéticos.

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