Esa soledad que no te sienta nada bien

Al día 08/09/2016 05:00 Roberto G. Castañeda Actualizada 05:00
 

Los jueves y los domingos tengo remolinos en la cabeza: amanezco despeinado y más disperso que siempre. Será la pinche soledad, que no me viene nada bien. Sonará extraño, tal vez poco común, pero los jueves amanezco más despeinado que cualquier otro día. “Pareces uno de esos científicos locos que salen en Canal Once”, me comentó Pamela alguna vez. “Se llama Beakman”, le sonreí, “y en ese caso tú serías Lester, la rata de laboratorio”. Pamela se me aventó encima y rió divertida. “¡Te digo que estás loquito!”, ella se recostó en mi pecho mientras yo acomodaba mi cabeza en la almohada. “Obvio que no me refiero a Beakman, porque él es muy divertido y tú no, tú estás amargado”, siguió riéndose a mis costillas. Luego me besó con desenfado y me miró a los ojos antes de decir que “respecto a lo de Lester, en todo caso soy tu conejillo de indias y no una rata de laboratorio”. Hice un gesto de ¿me-lo-puedes-deletrear? Y ella me explicó a grandes rasgos: “Sí, nunca habías andado con alguien tan joven como yo”, hizo una pausa para besarme de nuevo, “y no sabes bien a dónde llegará todo esto. No te comprometes. Y aunque tampoco lo tomas a la ligera, creo que vas experimentado sobre la marcha”. Vaya, otra mujer complicada. “Ahora eres tú a la que se le zafó un tornillo”, respondí. Pam intentó ponerse seria: “No, no te hagas el loquito, estoy hablando en serio. Tú estás improvisando conmigo, no sabes qué es lo que realmente quieres”. Vale madres, en qué momento empecé a andar con mujeres que actúan como si la vida fuera una jodida película de Martha Higareda. “Wey, ya no veas tantas comedias románticas en Netflix””, le recriminé con suavidad aunque yo sabía lo que venía a continuación. “¿Ves? Contigo no se puede hablar en serio”, se levantó para luego recriminar que “de verdad, Roberto, parece que tú nunca me vas a tomar en serio”. Salió de la recámara, escuché cómo se encerró en el baño y la imaginé encendiendo un cigarrillo, murmurando una canción de Juan Gabriel: "mira mi soledad, mira mi soledad, que no me sienta nada bien" o aquello de "pero no me dejes nunca, nunca nunca". Ella era más bien fan de Julieta Venegas o Zoé, pero argumentaba que conoció a Juanga "gracias al cover de Saúl Hernández y allí fue cuando me clavé". Yo no tenía bronca con eso, pero cuando se tomaba unos tragos y se ponía dramática solía reclamar con eso de "mira mi soledad, mira mi soledad, que no me sienta nada bien". Luego soltaba algunas lágrimas, medio se calmaba y reprochaba “es que tú no sabes cómo me siento”. Yo trataba de que eso no me afectara, porque yo no fui educado por las telenovelas de la tarde en casa de mi abuela. Pero como es lógico, poco a poco fui perdiendo el interés en Pamela. Y tampoco es que ella estuviera locamente enamorada de mí. De hecho, el loco en este caso era yo. Y seguía amaneciendo más despeinado los jueves.

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Claro, yo debía estar más zafado que los locos normales. Porque me aferraba a Pamela como si temiera caminar en la oscuridad. O como si ella tuviera enganchado mi corazón a sus caprichos. Sí, era guapa y joven pero también demasiado inestable. De buenas a primeras se desaparecía. “Necesito tiempo para pensar algunas cosas”, era su pretexto más común. No es que tuviéramos una relación sólida, ni nada parecido, pero se suponía que nos debíamos algo de lealtad o al menos un poco de honestidad. Una noche se emborrachó más que de costumbre y me confesó que su ex la buscaba cuando se le daba la gana. Y ella seguía enamorada de él. “Pero en realidad no sé lo que quiero”, sollozó. “No puedo olvidarlo, pero no quiero perderte a ti”, algo así me comentó. Y yo no estaba dispuesto a pelear esas batallas. Y la seguí perdiendo poco a poco. Se fue difuminando. Tuvimos altibajos, noches de sexo desenfrenado, discusiones por tonterías, rutinas cotidianas, despedidas y más reencuentros. Hasta que nos hartamos el uno del otro. Y dejamos de vernos mucho tiempo. Se reconcilió con su ex novio. Supuse que era feliz, seguro me enteré por el Facebook. Y justo cuando yo estaba más tranquilo, con mi locura a solas y amaneciendo tan despeinado como cada jueves, Pam volvió a buscarme. Algo era seguro: estaba sola de nueva cuenta. Nos vimos para tomar un café, aunque ella sugirió que le invitara unas chelas. Yo sabía que nos embriagaríamos y otra vez a lo de siempre, así que lo evité. Aquella noche la abracé por última vez y le dije con toda calma que sus ojos ya no vigilaban mis desvelos. “Los locos como yo no usamos peine y poco a poco olvidamos los nombres de la ausencia”, fue mi despedida. Tarde o temprano ella terminaría regresando con Daniel, una y otra vez, porque las mujeres como ella siempre caminan con las ansias de quienes vuelven al punto de partida una y otra vez. Así fue y así seguirá siendo. Yo por eso soy un lunático fuera de lo común, de esos que no cuidan las apariencias ni se perfuman cuando van a terapia. Ya lo ha explicado muy bien Dante Guerra: “Los locos no sabemos de días de pago,/ no tenemos conciencia de las quincenas/ ni las oncenas o los equipos de futbol./ Los locos sólo pateamos latas vacías en vez de balón./ Los lunáticos como nosotros/ no nos preocupamos por el peinado,/ ni por lustrar los zapatos./ Los locos como todos nosotros/ no usamos peine en las mañanas,/ no sabemos de ausencias ni presencias, no./ Los benditos locos como yo/ hace mucho que dejamos de soñar/ con mujeres de esas imposibles/ que sólo vinieron a revolvernos la cabeza”. Y así irán pasando mis lunes y martes, miércoles y jueves, con la cabeza hecha un torbellino, firmando con la zurda, con la sonrisa de los lunáticos, peinándome con los dedos, durmiendo del lado izquierdo, usando Converse desgastados, sin más nombres en la bitácora, sin ojos que desvelen mis madrugadas. ¿Ya te dije que los locos no usamos peine ni lustramos los zapatos? Entonces no me hagas mucho caso. Será que es jueves y la soledad no me sienta nada bien, como diría Juan Gabriel en la voz de Pamela.

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