Canciones para el apocalipsis

Tengo una canción para cuando te largues. Y una melodía para dormir tranquilo. Sí, tengo este himno que contrarrestará el frío de tu corazón de arcilla.
Roberto G. Castañeda
08/02/2018 - 08:00

Tenemos canciones para mitigar el olvido. Canciones para mezclar con tequila o mezcal. Tenemos canciones para cuando nos cargue el payaso o nos retelleve la chingada. Tenemos canciones para maldecir. Y para no morir por el frío que nos dejó un corazón culero. Tendremos melodías para el próximo cumpleaños, para los cursis enamorados, para festejar a mamá y también para zarpar sin brújula ni rumbo fijo. Tengo esta canción para encerrarme a esperar el fin del mundo. Tengo melodías suicidas y cantos alegóricos para volar con los cuervos. También tengo unas cuantas canciones para contemplar el apocalipsis desde mi balcón. Tendremos canciones para ver cómo se desmorona el mundo. Sin duda alguna.

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Hay canciones para los que siempre estamos persiguiendo quimeras, suspirando por cosas que a lo mejor ni necesitamos. Ya sea que echemos a andar con rumbo fijo o en círculos viciosos, llevamos algo de terquedad y unas cuantas melodías en la mochila. Y nos detenemos a mirar los aparadores o tal vez a revisar el mapa o igual a descansar un poco, pero seguiremos persiguiendo sombras con la esperanza de encontrar alguna señal que nos indique que no andamos tan perdidos: Purgatorio en venta. Hotel malavida. Infierno en renta. Playa Ocaso. Isla Melancolía. Habitación con vista al mal. Estación Olvido. Y es entonces que descubrimos, un poco tarde, que el pasaporte está vencido, que a la visa le falta un sello, que siempre que llegamos corriendo el autobús ya ha salido.  Y nos sentamos a meditar un poco, queriendo que la resignación nos ilumine, recordando algo de los Smiths: "Yo era feliz con la neblina/ en esta hora de borrachera./ Pero el cielo sabe que ahora me siento miserable./ Estaba mirando ofertas de empleo/ y encontré un trabajo./ Y el cielo sabe que ahora me siento miserable,/ en mi vida./ Porque le doy mi valioso tiempo/ a gente a la que le da igual si vivo o muero./ Dos enamorados abrazados/ pasan de largo ante mi/ y el cielo sabe que ahora me siento miserable".

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Y luego de un alto en el camino, sedientos de afecto, volvemos a la senda que ya otros han transitado. Con los audífonos puestos. Persiguiendo promesas, con el sol a la espalda, con el fardo de los recuerdos. Y una mujer con alas es el pretexto para seguir buscando, para no detenernos. Siempre estamos en busca de algo, incompletos o ansiosos, de algo que no tenemos y ni siquiera sabemos si en verdad necesitamos: una mujer, otro trabajo, mejores amigos, nuevos rumbos, horizontes lejanos, corazones cálidos, amores furtivos, besos extinguidos, poemas sin destinatario, aquellos ojazos, las alas de repuesto, dinero en los bolsillos y esa horrible necedad de agradarle a los demás.
Y seguimos caminando, como extraviados, como si el exilio fuera el único refugio, huyendo de algo o de todo, queriendo que tus pensamientos fueran tuyos y no de quien te los ha robado. Y nada parece confortarte. Nada parece aplacar tus miedos. Pero siempre tendremos canciones para desahogarnos, para celebrar la amistad, para emborracharnos, para maldecir, para cantar en la regadera, para escuchar en el Metro con los audífonos puestos, para recordar los días de escuela y darle forma al soundtrack de aquellos momentos que irán y vendrán de tu cabeza por el resto de tu vida.

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En verdad que siempre tendremos una antología de canciones para enamorarnos de imposibles, para llorar a solas, para extrañar lo que no supimos conservar, para planear lo imposible, para amanecer de buenas, para dormir de malas, para los jodidos insomnios, para suspirar por el pasado, para celebrar los cumpleaños, para bailar bajo la lluvia, para escuchar en silencio, para jubilar el corazón, para quemar las naves. Para esperar el fin del mundo con los audífonos a todo volumen.

Y sonarán los estribillos de aquella melodía que es como un dardo que pega en el sitio correcto, en tu flanco débil, en tu lado más flaco, en el talón de Aquiles. Puede ser Café Tacuba, acaso los Cadillacs o The Cure, quizá Gustavo Cerati y hasta Los Estelares, el dramatismo de Bunbury, la felicidad de Vicentico, el filo de los Killers o la poesía de Joaquín Sabina. Vete tú a saber, si Enjambre le pondrá combustible a tus tardes o si Los Smiths o Muse alimentarán tu fuego interno al caer la noche. Sí, siempre habrá canciones para los momentos de introspección o para gritar mientras te acechan las jaurías de la melancolía.
Si amaneces de malas, si tu día ha sido una mierda, si una maldita jaqueca nos ataca, si tus esperanzas están embargadas, nunca falta la frescura de Los Bunkers o la solidaridad de Jaguares y el vigor de Panteón Rococó para reconfortarte un poco. Sólo un poco, porque nada sofocará el fuego de tantos sentimientos encontrados. Si te carcomen los celos, si necesitas ahogar el olvido, si te carga el payaso o te agobian las dudas, encontrarás señales en algún estribillo, en unas cuantas frases, en toda una canción. Sí, siempre tendremos canciones para abrazar la esperanza. Y también para mandar todo o a [email protected] al carajo. Porque ya lo dice Dante Guerra: "No sé a ustedes, pero a mí me caen mal/ [email protected] que van por la vida/ con su disfraz de gente decente/ como si no tuvieran defectos,/ como si no los carcomiera la envidia,/ como si no se rascaran las axilas,/ como si no la cagaran todos los días,/ como si siempre hubieran salido con [email protected] [email protected],/ como si el psicólogo ya los hubiera dado de alta./ No sé ustedes, pero yo prefiero/ a los que no fingen que están cuerdos". Será mejor que le subamos al volumen y [email protected] ignoremos, mientras tarareamos una canción propia del fin del mundo. La que tú quieras, la que más te guste, la que sea un antídoto para el veneno.

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