Voz sensual

Lulú Petite
31/07/2018 - 09:43

Querido diario: Ayer me llamó un hombre, con una voz de lo más seductora. Se presentó como Frank. Me dijo que estaría unos días en la ciudad y quería conocerme. Acordamos vernos en un motel que nos quedaba cómodo a ambos.

Me di una ducha caliente y me arreglé para él. El tráfico era poco, así que llegué pronto al motel. Una vez frente a la puerta indicada, toqué, como siempre hago, tres veces. Escuché cómo el volumen de la música que provenía de la habitación se hizo más bajito y acto seguido los pasos apresurados de Frank, quien abrió la puerta.

—¿Lulú? —dijo con un leve brillo en sus ojos.

—Frank —dije señalándolo con picardía.

Me dio un beso en la mejilla y me invitó a entrar con un gesto caballeroso. Frank me pareció de un aspecto peculiar. Además de su voz, potente y varonil, tiene buena presencia. Aunque es alto y delgado, sus hombros son anchos, tan anchos que no parecen coincidir con el resto de su cuerpo. Es como si pertenecieran a alguien más. Sin embargo, eso le da un estilo interesante. Sus ojos son profundos, de un color entre ambarino y verde, como una mezcla de gelatinas, que contrastaba con la luz tenue de la habitación. Le eché por ahí unos 50 años bien cumplidos.

Frank apagó la tele y nos quedamos en silencio. Con apenas un poco de conversación previa, comenzamos a tocarnos. Él me acariciaba las rodillas y me besaba el cuello, mientras yo le rozaba la entrepierna con la mano.

Sentía su miembro despertar, haciéndose más grande, duro y grueso. Entonces tomó suavemente mi rostro, con dos de sus dedos largos y fríos y dirigió mis labios hacia los suyos. Su beso delineó una cosquillita muy rica sobre mi boca que me puso la piel de gallina. En eso su avance se hizo más intenso. Me tomó por la cintura y me atrajo hacia sí.

—Eres muy guapa—susurró con su voz de poeta antes de abalanzarse sobre mí. Me encantó esa actitud fiera que de pronto se apoderó de él, tomando la delantera y empezando a quitarme la ropa casi que con los dientes. Olía a hombre.

Gemí, ayudándolo a despojarse de su camisa perfectamente blanca y hundí mis dedos en los vellos de su pecho. Semiarrodillado en la cama, me miraba desde arriba y me hacía sentir algo vulnerable. Me gustaba. A contraluz, se veía imponente.

Lo ayudé a desabrocharse el cinturón y quitarse el pantalón. Su trusa, tan o más blanca que su camisa, asomaba debajo un enorme paquete, prensado como un macanón tieso.

—¿Para mí?

Asintió enrojecido. Se había transformado. A partir de ahí la pasión nos desbordó. Me penetró sin más aspavientos, apoyándose en el tope de la cama, empujando su cadera con firmeza. Era un toro embistiéndome, dándomelo todo.

Abrí las piernas y lo tomé por las nalgas. Su piel era lisa y suave, como seda. Lo atraje más, clavándome su pieza entera. Empapada y deseosa, le seguí el ritmo suave y acompasada de su vaivén, a medida que me daba besitos muy tiernos en el cuello, en el pecho y en las tetas.

De pronto hundí mis dedos en su cabellera y dirigí su rostro hacia mis tetas. Me encantó sentir sus labios rozando mis pezones rígidos, disparando sensaciones por todo mi cuerpo.

—No pares—Exigí.

Siguió acribillándome, hasta que entrelazamos los dedos de las manos y nos apretamos con ganas. Se clavó a fondo inyectándome su veneno, mordiendo el oxígeno en un gesto de retorcido placer, gimió a gritos, como un rinoceronte. Nos quedamos recuperando el aliento en ese instante eterno después del orgasmo.

Hasta el jueves, Lulú Petite

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