Me lo despaché

Sexo 27/06/2017 05:00 Lulú Petite Actualizada 05:00
 

Querido diario: A menudo me encariño con mis clientes. Pienso en ellos como mis amantes. No es exactamente romanticismo, sino una especie de amistad cachonda solidificada por las experiencias intensas que compartimos. ¿Cómo no terminar queriéndolos?

Eso es lo que me pasa con Iván, por ejemplo. Nos vimos anoche. Sé que hace negocios y tiene una vida holgada. Ya es grande, digamos que hace mucho que peina canas, pero no se ve viejo. Es alto y robusto como un roble. Tiene además una voz de locutor que me aniquila cuando me habla bajito al oído y me dice cosas tiernas.

Siempre nos vemos en un motel que a él le gusta. A mí también, es un motel cómodo y remodelan las habitaciones con cierta regularidad, de modo que parecen lujosas. Él siempre pide una con jacuzzi y unos sofás inmensos donde nos sentamos a platicar a gusto antes de entrar en materia. Estábamos ahí cuando, con una expresión de auténtica ansiedad, me dijo que estaba preocupado.

—Creo que estoy perdiendo la memoria —dijo sin modular el tono hacia ninguna parte. Ni triste ni alegre. Ni caliente ni frío.

Resulta que su familia ha estado notando cambios en su forma de ser. Cosas que dice y luego repite o no recuerda haber dicho. Y otros episodios en los que la mente se le pone en blanco o dice algo que no tiene nada que ver con nada. Tiene miedo de que sea algo serio.

—Ya sabes… Alzheimer — Dijo tragando saliva, como si al decirlo el corazón se le congelara. No ha querido hacerse pruebas, había preferido por lo pronto no saber, que enfrentarlo, pero al fin irá al médico, a saber la verdad de una vez por todas.

Así es la vida a veces. Iván casi llega a los setenta, aunque conserva un aire de galán cincuentón. Apenas atiné a decirle que todo estaría bien.

Quería agregar algo inteligente, o al menos que le aliviara la angustia, pero no supe qué más decir. Se veía preocupado. Lo besé en la mejilla cálidamente y sonrió. Con eso pactamos que no queríamos mencionar más el asunto,  ahora.

Nuestros labios se unieron lentamente, como si se derritieran mutuamente. Mi lengua rozaba la suya, incitándola a algo más. No tardó nada en acercarse más y encimar su torso sobre el mí. Poco a poco fuimos acomodándonos. Restregamos nuestros cuerpos deseosos. Su aroma a colonia impregnaba todo mientras él olía mi cabello extasiado, tomándome por la cintura y apretándome con pasión.

Cortésmente me llevó a la cama. Antes de lanzarnos a terminar lo que habíamos empezado, nos desvestimos el uno al otro, mientras nos besábamos, mordisqueábamos, acariciábamos.

Se acostó boca arriba y se acomodó en la cama sin dejar de verme a los ojos, como hipnotizándome. Gateé lentamente y le di alcance. Me acom odé sobre él y masajeé su pecho mientras él me sostenía por la cadera, como balanceando o midiendo algo. Se veía concentrado, contento, decidido. Tomé su rostro con ambas manos y lo besé apasionadamente. Entonces sentí su pene entre mis piernas. Pulsaba con apetito y ansias. Alcancé un condón y se lo coloqué con la boca.

Coronado y vestido adecuadamente para tan noble compromiso, volví a encaramarme a horcajadas sobre él y me despaché solita, acomodando su miembro erecto en mi entrepierna.

Suspiré cuando lo tuve adentro. Él cerró los ojos y se dejó llevar a mi antojo. Comencé a moverme, primero lento, ondulando con mis nalgas el ángulo, batiendo su pene como en un baile. Ascendí y descendí, encajándomelo hasta la base. Él tomó mis senos con delicadeza y lamió mis pezones. Me meneé como en círculo, sintiendo un picor muy rico en todo el cuerpo.

—Voy a acabar —gruñó con gusto en la voz.

—Dámelo todo —gemí—.

Tensó las piernas y empujó su cadera para inyectármelo entero. El tiempo se detuvo y, tras tres segundos congelados en el instante, se reanudó todo en una calma increíble. Me desplomé sobre su pecho y nos quedamos así, haciéndonos cariño. Al cabo de un rato dijo que le daría mucha pena olvidarme. De nuevo no sabía qué responder. Me apoyé sobre un codo y coloqué mi rostro frente al suyo para verlo a los ojos.

—Pero yo no voy a olvidarte a ti —le respondí.

Nos reímos como si fuera un chiste, aunque no dejara de ser cierto. Hay quienes dicen que la vida son recuerdos, pero hasta esos, tarde o temprano, se van. Prefiero pensar que la vida es hoy y sólo eso importa. Ojalá querido amigo, recibas buenas noticias.

Hasta la próxima, Lulú Petite

 

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