El Topo coge rico

Lulú Petite
11/05/2017 - 10:38

Querido diario: Toño es medio cegatón. Ve, pero no bien. Cuando lo conocí llevaba unas gafas gruesas y tan grandes que le cubrían media cara. Parecía un topo.

Un caballero tan solvente como él fácilmente podía pagarse una operación, pero siempre le dio miedo meterle bisturí o láser a sus ojos. Dice que le dan ñáñaras, hasta ponerse gotas, más una operación. Sin los lentes ve puras manchas.

Toño es chaparrito y ancho como un perno. Verlo aproximarse a la cama como Dios lo trajo al mundo y con esas gafas que parecen binoculares es todo un espectáculo. Yo sé que para coger, ver no es un requisito, pero el sexo es un deleite de los sentidos. Si puede tocar, oler, probar, oír, ¿cómo privarse del regalo visual?

Ya me imaginaba al topito cuando vi su nombre en mi celular.

—Lulis, acá Toño —dijo de inmediato—. ¿Nos vemos?

Siempre tendré espacio para clientes especiales que me tratan bien y saben lo que quieren. Agendamos la cita. No imaginaba la sorpresa que me tenía Toño ¡No traía lentes!

—Lulú —dijo con su cara de oso panda descubierta.

—¿Me ves? —pregunté incrédula.

—Sí, sí, claro —dijo risueño—. Pásale.

Se veía más guapo. Se había peinado distinto y tenía una sonrisa que antes las gafas inmensas no dejaban apreciar a plenitud. Siempre me ha gustado Toño, pero esta versión nueva, neta que le daba un toque extra a la relación.

—Seguí tu consejo —me dijo.

Varias veces habíamos hablado de la operación y al fin se animó. Toño es un solterón empedernido y no ha tenido en años una mujer que lo aconseje en cuanto a look y estilo.

Ya en la cama, acerqué mi rostro al suyo y vi sus ojos. Negros como de panda. Sus pupilas se ensancharon al coincidir con las mías. Entonces, Toño, sin apretar los párpados, me besó. Sus labios carnosos cubrieron los míos como un manto cálido y húmedo. No tardó en escurrir su mano ágil por mi espalda y hacer brincar mi sostén con un preciso movimiento de sus dedos. Mis tetas se ofrecieron ante él como una dádiva. Toño las tomó con ambas manos, como un ramo de flores, y lentamente fue hundiendo la cara entre ambas.

Se colocó al borde de la cama, de pie y se bajó el bóxer. Fui gateando hasta donde estaba y así como estaba, en cuatro patas, tomé su pene y empecé a chaquetearlo, mientras le besaba el abdomen, el pecho, los bordes de la cadera. Su miembro creció en la palma de mi mano y entonces le coloqué el condón con la boca y empecé a chupárselo con ansias, lamiéndole el palo y los aguacates, atragantándome con su prominente trozo de carne viril. Planté mi lengua y paladar en torno a su tallo venoso y succioné insaciablemente. Le creció rápidamente y empezó a poblar mi garganta.

—¿Te gusta? —pregunté alzando la vista.

Toño me miraba. Sus ojos negros, como dos pepitas de obsidiana, fijos en los míos. Me veía y yo por fin lo veía a él, sin aquellas dos lupas de por medio. Sonrió y tomó mi rostro con delicadeza para que me alzara y lo besara en la boca. El gesto me derritió y caí rendida bocarriba, esperándolo e invitándolo. Abrí las piernas y él se colocó encima. De pronto, sentí cómo su miembro enhiesto entró en mi umbral, haciéndome estremecer entera.

Primero lo hizo suave, pero a medida que le pedía que no parara, que siguiera dándome así de rico, aumentó el ritmo, la potencia y el ahínco. Su pecho estaba caliente y empapado en sudor, al igual que el mío. Nos restregamos y arañamos, nos mordisqueamos, olimos y lamimos enloquecidos por el paroxismo del momento. La intensidad de su empuje me hizo delirar.

—No pares, Toño —le supliqué.

Las manos de Toño se multiplicaron en miles de sensaciones sobre mi piel enchinada, mi piel suave, cremosa y ardiente. Sus labios atraparon mis pezones y su lengua de fuego quemó mi cuello, ese espacio entre la clavícula y los hombros, donde hay miles de puntos de placer, una red de nervios que se me activó con sus besos apasionados, su respiración agitada y sus gemidos.

Hundí mis uñas en sus pompas, jalando hacia mí, hacia mi entrepierna, el eje de su cadera, su pala pulsante y gruesa. Entonces soltó un espasmo, gritó hacia dentro, apretó todos sus músculos y me inyectó el último cartucho que le quedaba, bien adentro. Me aferré a su espalda y lo sentí bombear. Me apretó por la cadera y empujó hasta lo hondo, gimiendo bajito.

Con Toño siempre me siento satisfecha, pero supongo que ese nuevo halo de apariencia le dio ese toque de confianza que le hacía falta para desatar su instinto animal.

Hasta el martes,

Lulú Petite

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