Me sorprendió en la cocina

Sexo 08/02/2017 05:00 Anahita Actualizada 05:05
 

Estaba yo tan quitada de la pena buscando algo de comer, que cuando menos me lo esperaba… Luego de una noche agitada de vino, música y mucho sexo, llegó el mediodía con su luz fulgurante a través de la discreta abertura de las cortinas que sobre la cara me partió en dos el sueño.  Y ahí estaba Mario al lado mío, con su anatomía desnuda silueteada por las sábanas, los pies de fuera y sus ojos bien cerrados del cansancio, después de la jornada de tremenda pasión. 

Adormilada aún, me levanté de la cama y me enfundé su camiseta de los Rolling Stones, me dirigí al baño para lavarme la cara y secándome el agua, fui a la cocina hambrienta y con ganas de un café calientito. 

Su ropa y su fragancia sobre mí me recordaban las horas pasadas, además de ese delicioso dolor en el cuerpo que me había dejado la afrenta sexual, en la que había sucedido todo lo que se nos pudo ocurrir y en casi todos los rincones de mi casa. 

Sin embargo, se nos pasó un lugar sin ser testigo de los innumerables choques de pieles y besos feroces… El olor a café ya invadía el espacio y quizá fue el despertador exquisito de mi amante atontado, pero con ganas de volver al ataque. 

Inclinada y asomándome al interior del refrigerador, mis nalgas desnudas y chinitas del frescor resultaron el manjar mañanero para el depredador, despeinado, jarioso y con el pene bien erecto, el cual me acercó en conjunto con sus manos. 

Su vello grueso y oscuro fue el primer estremecedor en contacto con mi epidermis cuando me restregó su pubis, que de inmediato erizó mis pezones y detonó el desjugue que lentamente iba preparándome para recibir a ese guapo. 

Sin palabras, detrás de mí se delataba con sus jadeos discretos, pero incesantes, mientras me acariciaba los glúteos con su falo caliente y sus dedos sutiles, para luego acomodar su trozo en mi canal divisorio, y subirlo y bajarlo como provocando aún más su verga. 

Espontánea y afianzándome a las rejillas del refri, cachonda le paré mi trasero y comencé a moverlo jugueteando con su miembro rígido y bien robusto, como mi vulva que punzaba y que ya quería que la atravesara. 

Así que en sincronizada comunicación, los dos elementos se encontraron y me dejé ensartar por su hinchazón. Me agarré como pude de la puerta de metal y Mario comenzó a bombearme impetuoso y gimiendo, mientras decía mi nombre. 

La caja enfriadora se despegaba del suelo por los embates continuos y acompasados, a la vez que la carne de mis nalgas chasqueaba contra su sexo, soportando los azotes con sus extremidades tensas y bronceadas. 

Yo de puntitas y con mis piernas semiabiertas, iba olvidando el dolorcito de las colisiones anteriores porque Mario me sedaba cogiéndome otra vez e igual de silvestre y bufando de gozo, mientras me azotaba contra él dirigiendo mis caderas con una mano e impulsando mi cuerpo desde mi hombro con la otra. 

Imparable y poderoso, ese moreno con fuego en los ojos intensificaba las embestidas en cada uno de mis jadeos, traducidos en deseos desmedidos de que no detuviera su salvajismo que me partía en dos, como ese rayo de sol por la mañana. 

Agitados, nos deslizamos hacia la barra, se retiró de mi culo y me sentó de un impulso en la plancha; con furia me abrió los mus-

los, comió mi raja carnívoro y volvió a clavarse en mi vagina, marinando su miembro con mi zumo para resbalar facilito con destino a mis entrañas. 

El aroma de los cuerpos se mezcló con el perfume del café recién hecho y de las frutas bellamente posadas en un recipiente sobre la mesa que ahora era nuestro lecho erótico. 

Al tiempo que me penetraba, me lamía las tetas y su lengua viajaba por mi cuello, chupaba mi oreja izquierda y sus resuellos me excitaron de manera descomunal. Yo apretaba su espalda y sujetaba sus nalgas duras de tanta tensión ejercida para estamparse en mí cada vez más frenético. 

Entonces, nuestros orgasmos nos sorprendieron con mi boca en la suya; mi grito se encontró con su rugido triunfante, mientras los dientes mordían los labios, las lenguas repasaban las comisuras y las miradas se estrellaban contra sí. 

Asombrados y risueños por esa elevada calentura que siempre nos une con tal desenfreno, uno al otro nos secábamos el sudor de las frentes, los torsos y los vientres, mientras por fin comíamos panqués de naranja y café encima de la barra. 

 

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