Beisbol Mexicano

Urías y González conquistan la Serie Mundial con los Dodgers de Los Ángeles

Urías y González conquistan la Serie Mundial con los Dodgers de Los Ángeles
Ambos son reconocidos por su talento entre los aficionados y la gente dedicada a la llamada ‘pelota caliente’
Redacción
29/10/2020 - 16:02

Julio Urías y Víctor González superaron un camino poblado de adversidades, hasta combinarse para darle el cetro a los Dodgers

Cientos de kilómetros separan a Culiacán de Nayarit, los lugares donde nacieron dos niños tocados por el destino.

Alejados, recorrieron un camino poblado de adversidades. Primero, el destino los enfrentó a duras pruebas; después, los convirtió en amigos inseparables, y más tarde, los llevó a la gloria al conquistar la Serie Mundial enfundados en la franela de los Dodgers de Los Ángeles.

Se llaman Julio Urías y Víctor González, hasta la noche del martes, reconocidos por su talento entre los aficionados y la gente dedicada a la llamada ‘pelota caliente’, pero que tras la velada que los llevó a la cima del beisbol, pusieron sus nombres con letras de oro en la historia de ese deporte.

Uno es nayarita y el otro sinaloense. Se conocieron hace muchos años, primero como rivales, después, sus caminos se entrelazaron en la Academia de los Diablos Rojos, en San Bartolo Coyotepec, Oaxaca. De ahí, dieron el salto a las sucursales del mejor beisbol del mundo, aunque no fue tan fácil como parece; antes pasaron muy malos momentos, tanto, que en algún momento quisieron colgar los guantes y volver a casa.

Víctor González debutó hace unos meses apenas en la llamada ‘Gran Carpa’, pero todo se remonta a los campos de Tuxpan, Nayarit, donde Luis Fernando Méndez, exlanzador de los Diablos Rojos del México y entonces, coordinador de pitcheo de la academia escarlata, lo ‘descubrió’ cuando tenía 15 años.

Era muy delgado y su 1.77 metros lo hacían lucir desgarbado. Pero había algo en él, recuerda Méndez cuando se le pregunta. Una soltura en el brazo izquierdo y una curva con mucha rotación que le salía facilita. Dos días después lo confirmó en una pequeña prueba. Acompañado de su padre, ahí mismo Víctor firmó su contrato.

Verlo jugar con los Diablos Rojos era un sueño para la familia, lo cierto es que él tenía para más que eso.

Su padre ya no lo vería triunfar, murió antes de la hazaña, un golpe fatal para el ‘chamaco’ que, tres meses después de aquel primer encuentro, volvió a toparse con Méndez, esta vez de la mano de su abuelo, quien se lo encargó como si fuera su hijo. 

En noviembre cumplirá 25 años y después de verlo ganar el juego 6 de la Serie Mundial, pareciera destinado a ese tipo de noches, aunque él mismo no lo haya creído siempre.

Hubo un tiempo, cuando los dolores en el brazo lo aquejaban, cuando no lanzaba ‘strikes’, que “salía llorando, frustrado por no lograrlo’. Tan mal se sentía, que regresó a casa, pero su amigo Julio (Urías), además de su familia y la promesa hecha a su padre de lanzar en las Grandes Ligas, fue más grande. Lo logró y aunque apenas inicia su andar, ya puede darse el lujo de presumir que es uno de los cuatro mexicanos que han ganado un duelo en el ‘Clásico de Otoño’.

PONCHA A LA ADVERSIDAD

 “No te voy a echar mentiras, son los tres outs más importantes de mi vida”, esas fueron las palabras con las que Julio Urías selló una noche mágica sobre el montículo del Global Life Field, una cita que marcó también el cerrojazo de una vida ligada a la adversidad, en laque el zurdito nunca se rindió.

En agosto pasado cumplió 24 años y su aventura, armado con un guante, arrancó desde muy pequeño en la Liga Recursos, en Culiacán, Sinaloa. A los 15 años fue firmado por los Diablos Rojos del México, con la mira puesta en las Grandes Ligas.

Un tumor en el ojo izquierdo, que lo llevó a varias operaciones, causó heridas en su piel que no laceraron su fe y orgullo para conseguir el éxito en la lomita. “Es un tumor de nacimiento que, ni hablar, así quiso Dios que naciéramos y ni modo, es la que nos tocó”, compartió hace un tiempo en una entrevista. 

 El ‘culichi’ debutó con los Dodgers el 27 de mayo del 2016, con 19 años, pero a diferencia de González, su ascenso al equipo grande fue meteórico, solo una operación detuvo su impacto, estuvo fuera de circulación durante un año. Al igual que su compinche, pensó en abandonar el sueño.

No entendía por qué le tocaba vivir eso, pero sabía que era algo necesario por lo que tenía que pasar, algo tenía que aprender. El equipo lo había bajado a Triple A y ahí se había lastimado. 

Era una lesión del hombro, victimaria de la carrera de decenas de lanzadores en todas las categorías, pero Julio nunca perdió la esperanza de volver a la ruta. Y la primera parada fue en Glendale, Arizona, donde los Dodgers tienen su complejo para entrenar durante la primavera. Ahí estuvo en manos de fisiatras y otros médicos, jornadas dolorosas que forjaron aún más su temple.

Aunque no todo iba bien, las 94 millas que alcanzaba su recta antes de la cirugía, habían desaparecido. No tenía molestias, pero tampoco fuerza.

Sin embargo, algo así no lo iba a derribar. Si superó al tumor que le dejó como secuela el ojo casi cerrado, saldría de esta. Todo lo que sufrió de niño ha sido clave para formar al hombre que hace unas horas brilló en el máximo escenario del beisbol. Tan grande, como la humildad con la que reconoce a los suyos. “Víctor es mi hermano, es muy importante en mi vida y sé que lo soy en la de él”, declaró tras su gran noche. Una que presagia más gloria en el futuro. 

 

 

 

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