SE RIFA POR LA LUCHA

Pierrothito y Pancracio comparten con las nuevas generaciones de Lucha Libre

Ser parte de una familia numerosa marcó el destino del Pierrothito

Pierrothito y Pancracio comparten

Foto: Archivo El Gráfico

Deportes 23/05/2019 10:15 Gabriel Cruz Actualizada 10:15
 

Ser parte de una familia numerosa marcó el destino del Pierrothito. Un niño que se saltó la diversión obligado a buscar el sustento para sus ocho hermanos, una pesada carga que lo ayudó a curtirse.

Así que se lanzó a la calle, no a vivir en ella pero si a enfrentarla en busca de respeto y recursos para los suyos. Era chaparrito y delgado, sufrió de acoso todo el tiempo, pero se rifó. Aunque eso le haya costado cursar la primaria en seis escuelas distintas, “no por burro sino por peleonero”.

Hubiera querido ocultarse de los problemas pero era imposible. Retó al peligroso destino de muchas formas: vendiendo chicles y lavando parabrisas, por ejemplo. El centro de la ciudad era su territorio y lo fue amoldando. También cantaba en los camiones, pasión que lo llevó una tarde hasta las instalaciones de Televisa, “quería ser cantante y sin saber llegué a la Arena México, había circo. Fue la primera vez que entré”, un templo que años más tarde lo acogió.

De la lucha no sabía nada, solo la invitación que escuchaba en los intermedios de los partidos del Azteca, a donde iba a ver jugar al América, su equipo preferido. “Anunciaban que terminando empezaría la función en el Pavillón Azteca, hablaban de Súper Muñeco y más, yo vivía emocionado de ver a los jugadores del América”.

Le gustaba mucho el futbol, una de sus metas era llegar a jugar en el América y parte de lo que sacaba en los camiones le servía para pagar los entrenamientos en una filial, “pero al final no pude llegar lejos porque no había recursos. Seguí siendo aficionado. Era la época de Brailovsky, Juan Antonio Luna y Zelada, lloraba si perdía el América”.

Sin embargo, su camino era otro y el futbol se fue apagando en su corazón. Seguía andando las calles, ya habituado a ellas, no le asustaba nada. “En mi camino encontré al Rey Saúl, un luchador del Toreo de Cuatro Caminos, él me empezó a transmitir el amor por la lucha libre. Cuando llegué al gimnasio me mandaron al box y aguanté”.

EN OTRA ESQUINA. Años más tarde, ya con una carrera exitosa que presumir, la inquietud de enseñar lucha libre lo abrazó. Un sobrino ansioso de aprender fue el detonante y lo obligó a buscar un espacio para empezar. Pasó por el Gloria, el Hércules, el Atlas y hasta el Jordan, pero en el gimnasio Guerreros le abrieron las puertas y lo ha hecho su hogar. “Un maestro no es el que sabe mucho, sino el que logra que los alumnos aprendan. Lo hago con la misma pasión”.

Arrastra 27 años como luchador y ha sido testigo de la forma en que la enseñanza ha cambiado. “Cuando empecé a entrenar me corrieron varias veces, decían que no servía y me picó el orgullo. Me da tristeza que a la lucha libre la están devaluando, tanto luchadores como maestros. Ahora los chavos en seis meses están en un cuadrilátero, no hay compromiso. Llegan y dicen que son luchadores. No tienen lugar en mi clase”.

Ha “engañado”, como él dice, a muchos jóvenes que ahora son exitosos. “Tengo el privilegio que he ayudado a chavos que ahora son luchadores destacados, como Rush, Dragon Lee, Místico, Astral y varios independientes, es un orgullo que han aprovechado”.

Jair tiene 10 años, lo escucha y se imagina que puede unirse a esa lista. “Cuando vi en la tele la lucha libre, me empezó a gustar y mis papás me ayudaron a buscar un lugar, tengo un año entrenando y quiero ser luchador profesional del CMLL, afirma sin temor.

Acepta que muchas veces, al siguiente día de entrenar le duele todo y casi no puede dormir pero regresa, “es algo que me apasiona. Mis amigos no me creían hasta que les enseñé una foto. Quiero ser rudo como mi maestro y como el Terrible. Es un deporte muy extremo, me gusta el futbol y el voleibol pero no los cambio por la lucha libre”.

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