Objeciones de la memoria
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10 de junio, no se olvida

Mar, 11/06/2019 - 08:58

El 10 de junio de 1971 el grupo paramilitar conocido como Los Halcones asesinó a cientos de estudiantes que marchaban pacíficamente por San Cosme. A 48 años de ese trágico acontecimiento, hay un cambio radical: los gobiernos federal y de la Ciudad ya no están organizados para la represión.

Los pilares de viejo régimen fueron corrupción y violencia política. La primera, para expropiar el dinero público a la ciudadanía, la segunda, para garantizar la continuidad en el poder. Por décadas este binomio fue indispensable en las instituciones.

Sin embargo, la brutal represión desatada particularmente en los años 60 y 70 no impidió que los movimientos opositores florecieran hasta lograr el anhelado cambio político en México.

El cambio político y la esperanza en la que actualmente vive México es producto de una lucha de décadas y le debe mucho a quienes, pese al miedo a la represión, asesinatos y desapariciones, se animaron a salir a las calles, a quienes no se amedrentaron y denunciaron abusos, a quienes no se dejaron convencer de que el país no tenía remedio. En fin, a las mujeres y los hombres que decidieron desafiar al sistema a pesar del miedo y la tristeza de haber perdido a algún compañero o un hijo.

Dicen con razón que la valentía no consiste en no tener miedo, sino en sobreponerse a la parálisis que éste provoca. De esa valentía se nutrió el movimiento que logró, al fin, el cambio en nuestro país.

Se cumplieron 48 años del llamado Jueves de Corpus. En estos días, cualquier ciudadano tiene la certeza de expresar sus opiniones políticas o de manifestarse sin miedo a ser reprimido. Incluso, en la Ciudad de México, el Cuerpo de Granaderos ya desapareció. Sin embargo, en 1981, a 10 años del Halconazo, cuando decidí asistir y empezar así una historia de lucha y participación política, el ambiente era tenso. El recuerdo de la brutal represión estaba vivo. Pese a eso, muchos decidimos salir a marchar, desafiar al régimen. Al final, la marcha terminó en paz.

Sin embargo, durante los 80 y 90 el fantasma de la represión seguía... y el empuje de la lucha por la democracia, también. Siguieron después el movimiento de universitarios contra las cuotas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el 86, y la insurgencia electoral cardenista de 1988. La primera terminó con una notable victoria estudiantil, la segunda con un escandaloso fraude electoral. 

En el 94, con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el gobierno volvió a hacer uso de la represión y el miedo. Ahí está la masacre de Acteal y la de Aguas Blancas, como dolorosa muestra de que, a finales de siglo pasado, la violencia continuaba siendo un instrumento del régimen. 

Ya en pleno siglo XXI, luego de la llamada alternancia, los episodios sangrientos siguieron, ahora no en el contexto de la represión política, sino de la llamada lucha contra el narco. Ayotzinapa es el caso más emblemático pero, por desgracia, no es el único.

Con la llegada del nuevo gobierno, cambió la visión del Estado Mexicano. Ya no es reprimir, sino reconciliar y construir un país más democrático. Sin embargo, la memoria debe ser un motor del cambio. 

 

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