"Leviathan" Por Lulú Petite

A Leviathan lo conocí en Xalapa la última vez que estuve allí...
Lulú Petite
29/08/2013 - 06:30

Querido Diario:

A Leviathan lo conocí en Xalapa la última vez que estuve allí. Bueno, eso de que lo conocí es un decir, porque ya habíamos chateado algunas veces en el foro, por internet. En Xalapa sólo fue la primera vez que nos vimos.

En el foro siempre habían sido conversaciones breves, apenas intercambios de saludos y comentarios sobre otros foristas.

Es amable y me caía bien, aunque eran pláticas breves no dejaban de ser sustanciosas. Desde entonces me advirtió que quería conocerme, bueno, coger conmigo.

Muchos lo dicen, especialmente cuando entro al foro, pero no es algo que siempre se dé. Supongo que así es cuando una chica entra a un foro sobre prostitución. Es como cuando le dices a un vendedor: “a la vuelta”, tú y él saben que “a la vuelta” es una cortés manera de decir que probablemente no le comprarás ni madre, pero nunca falta el que de verdad regresa.

El caso es que así fue con él y nos vimos en Xalapa. Ese día tenía planeado ir al puerto de Veracruz, pero había estado lloviendo tanto que de último momento decidí cancelar y quedarme un día más en la capital del estado.

En la noche me encontré en el chat con Ojos Azules, uno de mis foristas consentidos. Me preguntó si había visto a Leviathan porque, según él, le dijo que aprovecharía mi visita en Xalapa y se escaparía para coger conmigo.

Yo ya había cerrado el changarro y el tal Leviathan no me había llamado. Como había anunciado que al día siguiente no estaría allí, imaginé que no llamaría. Me puse mi pijama y me dormí.

En la mañana, sin embargo, recibí un mensaje de texto: 

-Hola preciosa, ¿de casualidad aún andas aquí en mi ciudad?- Era él.

-Sí, aquí estoy- respondí.

-¿Podemos vernos?

Nos pusimos de acuerdo por mensajes para vernos antes de mediodía. Puntualmente me llamó para decirme el número de habitación en la que se estaba hospedando.

Es un hombre atractivo. De mediana edad, complexión atlética y buena vibra. En principio me gustó, no sé, de esas veces que te late que la vas a pasar muy bien, que además de un buen palo, conocerás a alguien encantador.

Estuvimos platicando. Una conversación interesante y divertida. Me la estaba pasando bien, pero no fui allí sólo para conversar, así que en un momento dado no aguanté la tentación y le robé un beso.

Me gustaron sus labios, su forma de tocarme, de comerme la boca, de hurgar por mi piel. Nos desnudamos mutuamente, despacio, con esa cadencia de quien hace del arte de quitarse la ropa, parte del juego erótico. Caminé hacia él a gatas sobre el colchón, con mi cuerpo desnudo y terminando de arrancar del suyo las pocas prendas que aún lo vestían.

Rozaba su torso con mis pezones, clavando mis ojos en los suyos, sosteniendo su mirada, acariciando su cuerpo con mis manos, buscando su boca con la mía, sintiendo sus formas varoniles, la firmeza de sus músculos, su masculinidad.

Me hablaba con una ternura que me conmovía y, al mismo tiempo, me ponía cachonda. He de admitir que me emocionaban sus cumplidos, sus caricias, sus mimos.

Recorrió cariñosamente cada rincón de mi anatomía, besó mis labios, cuello, hombros, jugueteó con su lengua en mis pezones y luego la llevó hasta mi ombligo, acariciando mi abdomen con sus manos. Siguió bajando hasta poner su cráneo entre mis piernas y meter su legua en mi sexo que lo recibió con un deseo inmenso.

Sus manos fuertes me sujetaron de los muslos y, con destreza hundió su lengua entre mis piernas, metiéndola en mi vagina, hurgando, saboreando, bebiendo, sintiéndome retorcer entre el placer y, claro, la timidez, esa pequeña vergüenza que siento siempre que un hombre al que no conozco hace que empiece a lubricar, que quiera sentirlo dentro, poseerme, hacerme suya. Cerré los ojos y, apretando los muslos, jalé su cráneo contra mi cuerpo, para seguir sintiendo los trabajos de su boca saciar mi deseo.

Me sentí en sus manos pequeña y vulnerable. Él se arrodilló en la cama y yo se la chupé. La tiene grande. Mirándolo a los ojos devoraba su miembro que palpitaba perfectamente para mantener su rigidez. Puse mis palmas en sus muslos y se la mamé con el deseo legítimo de devolver las delicias que unos momentos antes él me hizo sentir.

De pronto, me cargó por la cintura como si yo fuera una pluma. Sentí escalofrío, esa punción en la entrepierna que se siente cuando tienes ganas y sabes que te la van a meter. Ya la deseaba, la necesitaba, ardía en deseos de que ese hombre, ese cliente, ese Leviathan mitológico, apuntara su falo entre mis piernas y me lo dejara ir para sentirlo penetrándome, invadiéndome, llenándome y calmando mi necesidad, mi hambre. Colmando esa oquedad que parecía más vacía y necesitada que nunca.

Brinqué a su miembro erecto como una vaquerita desesperada. Cerré los ojos y me fui clavando despacio, poco a poco para no lastimarme e ir sintiendo cómo me iba ocupando. Su miembro embonaba perfectamente entre mis piernas. Sentí sus manos en mi espalda y, de pronto, ¡zaz! Me la dejó ir toda y comenzó a moverse. Fue delicioso.

Hicimos el amor por un buen rato, de muchas formas y reinventando cada parte de nuestros cuerpos. Me puso una cogida de aquellas. Cuando me despedí estaba exhausta. Prometimos volver a vernos, seguimos chateando de vez en cuando, ya con más confianza y mi promesa de regresar a Xalapa. Lo haré la próxima semana y estoy segura de que, de nuevo, será delicioso ¿a poco no?

Un beso

Lulú Petite

 
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