"Si algo tengo claro" Por Lulú Petite

Lulú Petite
25/04/2013 - 06:22

Querido Diario:

Su miembro se abrió camino entre mis muslos. Lo sentí resbalar dentro de mí y, colgada de sus hombros, vi cómo apretaba los dientes y hacía que su mandíbula saliera, casi angulosa y con la sombra lijosa de una barba cerrada. Pensé que iba a aullar, pero suspiró con los dientes cerrados, aspirando una efe, alargada y temblorosa, como si sufriera escalofríos, luego comenzó a mover la cadera.

Con todo y su erotismo, el sexo no deja de ser también gracioso. El placer nos obliga a hacer muecas, sonidos y ademanes que, de no ser por las sustancias que navegan por nuestro torrente sanguíneo y nos desquician el entendimiento, podrían parecernos de lo más ridículas. Él ponía carita de perrito en plena flama pasional. Para evitar reírme le di un beso y lo sentí metérmela hasta el fondo. ¡Ouch! ¡Qué rico!

Eran embestidas rítmicas, de afuera hacia adentro, en movimientos casi circulares, como los de las ruedas de una locomotora antigua. Se dejó caer sobre mí, apoyándose con los antebrazos para no aplastarme y me plantó un beso, después otro y otro más, hasta que parecía que estábamos comiéndonos las bocas. Todo sin dejar de moverse con temple, con cadencia, con erotismo. Riquísimo. Fue un cliente agradable. Bajito, muy moreno, delgado y de cara traviesa. Una delicia en la cama. Parecía un cachorrito bien portado, hasta a la hora en que le entraba la furia canina, con ese estilo más de apareamiento que de romance. De cualquier forma, un poco salvaje, pero eficaz. Me gustó. No pregunté, pero le calculo unos cuarenta y cinco años.

Naturalmente, después del sexo, vino la conversación postcoital, siempre buena para conocer un poco más al cliente y recuperar fuerza para volver a intentar el amor. No quiero pensar demasiado en el profe, pero no puedo evitar que algunos clientes me pregunten. Al día siguiente de que me lo propuso, le respondí que, aunque lo quiero mucho, no iría a vivir con él fuera del país. Francamente, supongo que no habría aceptado mudarme a vivir con él ni siquiera aquí mismo, en el Distrito Federal.

Él me preguntó. Quiero decir, el cliente. Después de hacerme el amor, preguntó si estaba segura de no querer ir a vivir a Nueva York. Le respondí obviedades. Que si el idioma, la familia, los amigos, mis proyectos. Lo cierto es que no se trata sólo de la ciudad. Las razones reales sólo las siento, ni siquiera yo las he puesto en palabras. Después de todo, cuando le dije al profe que prefería no acompañarlo no me pidió explicaciones. Seguimos con nuestro día como si fuera otro normal, desayunamos en su depa, fuimos a comer, después al cine y, a la hora de despedirnos, acordamos quedar como amigos, pero no vernos más mientras esté preparando su mudanza. No tendría caso.

Estábamos platicando cuando sentí de nuevo sus dedos sobre mi vientre. Era hora de la segunda vuelta. Cerré los ojos y lo dejé hacer. Siempre me ha parecido más erótico el sexo con luz tenue, además, cerrar los ojos me permite concentrarme mejor en las caricias, disfrutarlas. Le puse un nuevo preservativo y, atendiendo a lo que solicitaba, me volví a recostar boca arriba. Sentí sus besos recorrer mi abdomen, sus manos tomaron firmemente mis tobillos, los levantaron, me separó las piernas, puso mis corvas sobre sus hombros y sentí que su palo entró hasta el fondo. Comenzó a moverse hacia delante y después hacia atrás, otra vez con las muecas de perrito en apareamiento y los sonidos raros, cadenciosos, cachondos.

Me cogió así un rato, con acometidas persistentes y profundas, buscó mis senos y los besó con entusiasmo, colocó entre sus labios mis pezones y apretó suavemente. Sin parar, me volteó sobre la cama con y quedé de rodillas ofreciéndole mis nalgas, el las acarició, las separó, puso una almohada bajo mi vientre y volvió a tomarme.

Al cabo de un rato, se clavó con fuerza entre mis piernas y moviéndose con muchísima rapidez volvió a vaciarse en el condón. Aulló.

Nos estábamos despidiendo cuando se me quedó mirando a los ojos, como no pudiendo aguantarse las ganas de decirme algo. Le sonreí y supongo que eso le dio confianza.

-¿En verdad lo has pensado bien?- Preguntó. –Nueva York es el ombligo del mundo ¿Sabes todo lo que podrías hacer allá?

Sonreí y le di un beso para despedirme sin responder nada.

Podría intentar listar mis razones, pero no se trata de aburrir a nadie, simplemente no me siento suficientemente enamorada como para dar ese paso. Incluso dedicándome a lo que me dedico, eso de “vente a vivir conmigo, acá yo te mantengo”, está muy grueso. Si algo tengo claro, es que rento ratos, pero no me vendo.

 

Hasta el martes

Lulú Petite

 
TU REACCIÓN
¿QUÉ TE HA PROVOCADO ESTA NOTICIA?
0
QUE CHIDO
0
QUE PICANTE
0
QUE HORROR
0
ME IMPACTA

CONVERSACIONES EN FACEBOOK