"Los trescientos" Por Lulú Petite

Él apoyaba sus manos en la cama, junto a mis hombros, para no dejar caer sobre mí todo su peso...
Lulú Petite
22/08/2013 - 06:28

Querido Diario:

Me tenía boca abajo, con la cara clavada en la almohada, a punto de morderla. Él apoyaba sus manos en la cama, junto a mis hombros, para no dejar caer sobre mí todo su peso. Me cogía con fuerza, con un ímpetu que iba en aumento, como cuando sube la marea.

Su respiración era agitada, como un bramido, mis nalgas golpeaban contra sus piernas, sonaba como aplauso. Él se doblaba de cuando en cuando sin dejar de metérmela y hundía su cara en mi cabello, respiraba profundo como si quisiera llenar sus pulmones con mi aroma, resoplaba entonces y el calor de su aliento me quemaba el cuello y la nuca, entonces embestía con más ánimo como queriendo clavarme a la cama.

-Te gusta ¿verdad? ¡Te gusta!- Comenzó a decir, primero susurrando, después casi a gritos.

Nunca sé qué quiere un cliente cuando me pregunta si me gusta. No sé si es sólo para reafirmarse o si realmente quieren una respuesta, igual, me guste o no, me pagan para dejarme, no para que me guste.

Respondí con un gruñido disfrazado de gemido placentero y, como diciéndolo con eso que sí, clavé mis nalgas contra su cuerpo, apretando los músculos de la pelvis. Él siguió moviéndose hasta que comenzó a gritar.

-¡Me vengo! ¡Me vengo! Me… ven… gahhhhhh…

Como de costumbre, me levanté, lo limpié con unos pañuelos desechables, me duché y me recosté un rato a charlar con él.

-Hace mucho que no te veía baby ¿Por qué me tienes tan abandonada?- Le pregunté para hacer conversación.

-Ya ves, el trabajo- Me dijo mientras buscaba en el bolso de su pantalón una cajetilla de cigarros, sacó uno y lo encendió.

-Eso no es bueno para tus pulmones ni para los míos- Lo regañé con cierta hipocresía, él sonrió y soltó el humo hacia el techo.

Fernando fue uno de los primeros clientes que conocí después de comenzar a publicar estas historias. Leyó el periódico y, por curiosidad, entró a mi página de internet. Decidió llamarme, nos vimos y, desde entonces, de vez en cuando vuelve a llamar y cogemos de nuevo, con el mismo arrebato de aquella primera vez. Es un tipazo y me cae muy bien.

Nos hemos visto muchas veces desde entonces. Han pasado tantas cosas. ¿Te acuerdas la mañana que salió publicada mi primera colaboración en El Gráfico? Llegaste muy temprano, con dos periódicos, uno para ti y otro para mí. Yo todavía estaba en la escuela, fabricando planes, haciendo travesuras, tú, me inspirabas tanto con tus porras.

En eso pensaba después de despedirme de Fernando y prometer volver a vernos. Caminé hacia el elevador y revisé en mi celular el mensaje de otro cliente que ya me esperaba en una habitación del mismo motel.

Subí del segundo al quinto piso, caminé a la habitación 507 y llamé: Toc, toc, toc.

Era un hombre de unos setenta años, impecable, con una sonrisa amable, el cabello tupido de canas y cuidadosamente peinado hacia atrás, de piel muy blanca, y manos grandes. Olía rico y su aliento era fresco. En el tocador, junto a mi paga, había una rosa roja en papel celofán. Me pareció un detalle encantador.

La escena era casi romántica, parecía la recámara de un hombre mayor con su enamorada, muchos años más joven, dispuesta a complacerlo, lista para recibir con gusto sus caricias, dotadas más de experiencia que de energía.

Me quitó la blusa despacio, botón por botón, la tomó y la acomodó con cuidado sobre el tocador. Se quedó mirando de frente mi sostén plateado con filos negros y un moño al centro. Sonreí.

Respondió besándome los labios. Lo abracé. Sus manos reaccionaron acariciando mis senos; se agarró de ellos y se puso a masajearlos con excitación, como si le devolvieran vida, ánimo y calentura. Me los veía fascinado, con una expresión de excitación encantadora.

Besó entonces mi cuello con suavidad, acercando su cuerpo al mío, respirándome, aproximando a mi pelvis su incipiente erección que comenzaba a endurecerse bajo su pantalón. Le di un beso.

-¿Puedo lamer tus pechos?- Preguntó con cierta timidez.

-¡Claro!- Respondí. Besar, tocar, lamer, sentir, son parte del paquete en estos servicios de terapias íntimas.

Abrió la boca y engulló con ansiedad uno de mis pezones. Lo chupaba deliciosamente, con delicadeza, pero al mismo tiempo con vigor. Aplicando en ellos la presión perfecta para que una ráfaga de placer me atravesara el cuerpo. Después repitió la succión en mi otro seno. Yo lo dejé servirse, lo estaba disfrutando.

Me hizo el amor con la ternura de los viejos. Cuando se vino, en su cara se iluminaba una entrañable sonrisa.

Han pasado tantas cosas en estos años. Tanto kilometraje recorrido. ¿Por qué esta colaboración se llama los trescientos? No creerás que me cogí algún Espartaco ¿verdad? Le atinaste: con ésta son ya trescientas colaboraciones en El Gráfico. Estoy contenta por eso y con ganas de celebrarlo haciéndote el amor ¿me llamas?

 

Besitos

Lulú Petite

 

 
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