"Para todo mal" Por Lulú Petite

Lulú Petite
19/03/2013 - 08:13

Querido Diario:

Me encanta hacer el amor con él. Es cliente desde hace mucho tiempo, pero no nos vemos seguido. Cuando mucho dos o tres veces al año. ¿Qué te puedo decir? Se mueve rico y es un hombre muy divertido. Tiene una manera de besar que me hace perder el control, me calienta. Es pulcro, caballeroso y me va enamorando despacito, buscando los caminitos para ponerme a temblar. Con él siempre alcanzo el orgasmo.

Nos vimos en el motel de costumbre. Es un hombre de rutinas. Siempre nos encontramos en el mismo sitio. Pide una villa con jacuzzi, se da un baño de burbujas antes de recibirme, se sirve un vaso de mezcal y me espera viendo porno desde la tina. Según él lo calienta y lo pone más cachondo para cuando llego. Le encanta el mezcal.

El que tome mientras me espera no significa que se pone pedo antes de coger. Se toma sólo un vasito viendo porno, después se seca, se viste y está perfectamente listo y presentable para cuando llego a su puerta.

Para el amor también tiene su rutina. Siempre trae un regalito. Un detalle, no necesariamente costoso, pero sí de buen gusto. A veces una flor, otras un disco, una película, unos dulces. Lo pone a un ladito del dinero con el que me paga, que siempre deja apilado en el tocador, junto a la botellita de agua. Después de que guardo el dinero y agradezco el detallito, me da un beso en los labios tomándome ambas manos. Su beso es suave y cariñoso, con sabor a listerine.

Habitualmente el beso termina cuando me suelta las manos y pone las suyas en mis nalgas. Después se desviste y acomoda toda su ropa perfectamente ordenada en el tocador. Yo hago lo mismo y nos metemos bajo las cobijas.

Antes del sexo le gusta tocarme la espalda. Hace algo con sus dedos que está entre el masaje y la caricia. Presiona el cuello y los hombros con sus pulgares y después regresa haciendo una caricia suave con sus nudillos. Mientras me acaricia, me pone al día de sobre su vida. Me habla de sus hijos, de su exmujer, de una novia con la que a veces anda y otras veces se pelea. Me cuenta del trabajo. Hablamos de cine. Cuando termina su masaje y su conversación, me comienza a dar besitos en el cuello. Eso significa que es hora de coger.

Entonces el masaje empieza a subir de tono. Lo que en un principio acariciaron sus manos, comienza a saborearlo su boca, baja por mi espalda, pero no se queda allí. Me besa las nalgas, los muslos, las piernas. Me voltea y me hace suya. Reparte besos por cada rincón de mi cuerpo. Cuando siente que ya estoy suficientemente excitada, toma un condón del buró, se lo pone y me la mete todita de un solo golpe. Entonces se empieza a mover con cierta brusquedad sexy. Buscando mis labios, acariciando mi cuerpo, entrando y saliendo con una furia amorosa, paciente y eficiente. Siempre me hace venir.

Sabe trabajar mi orgasmo. Y es que aceptémoslo, el orgasmo femenino es como la música. No importa que tengas el mejor piano. Para que el resultado sea bueno, son indispensables unas manos que sepan tocarlo y, te lo juro, él me toca unos conciertazos.

El caso es que me habló hace unos días. Generalmente entre el momento en que nos vemos y la hora en que me llama pasan unos treinta minutos. Tomando en cuenta que debo darme una chaineada, agarrar el coche y manejar hasta donde lo veo. Dependiendo del tráfico, es lo menos que hago. En ese tiempo, él puede sin ningún problema, cumplir su rutina previa de apareamiento: Poner el canal porno, meterse al jacuzzi, lavarse bien sus partecitas y sus partesotas, tomarse el vaso de mezcal, salir del baño, secarse, lavarse los diente, hacer gárgaras con listerine, vestirse, perfumarse, poner el regalito en el tocador junto al dinero de mi pago, apagar el porno, guardar su botella de mezcal y esperarme perfectamente limpio y presentable para regalarme el primer beso.

Lo que no calculamos ninguno de los dos era que esa tarde, ya estaba yo en el motel, terminando de atender a otro cliente y recién salidita de darme un buen regaderazo, así que en cuanto le confirmé, me vestí, retoqué el maquillaje y subí a verlo. Toc, toc, toc.

Cuando toqué a su puerta él seguía metido en el jacuzzi, pues se oía la maquinaria funcionando. Supongo que lo sorprendí, porque unos segundos después de mi llamado, escuché desde afuera de la habitación un chapoteo y de pronto ¡Crash! el estruendo de cristales estrellándose.

Unos instantes después, con una toalla envolviendo la cintura y el agua escurriéndole por todos lados, me abrió la puerta. En la televisión, a todo volumen, un tipo con un pene enorme se ensartaba a una güerita de ojos verdes que rogaba a gritos por más, el jacuzzi seguía andando y en el piso, a un lado de la tina, había un gran charco de mezcal con los pedazos de la botella esparcidos por todos lados. Ya imaginarás el olor a cantina de mala muerte.

No tuvo que explicar nada, la imagen y nuestras carcajadas lo decían todo. Nos metimos a la habitación cuidando no pisar ningún vidrio y, como de costumbre, me dio junto al tocador mi beso suave de bienvenida que, esta vez, todavía sabía a mezcal. He de admitir que fue rico cambiarle un poco a la rutina.

Un beso
Lulú Petite

 
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