¿De verdad lo hago tan mal? Por Lulú Petite

¿Qué le contestas a un hombre cuando te hace esa pregunta queriendo una respuesta honesta?
Lulú Petite
16/07/2013 - 06:25

Querido Diario:

-¿De verdad lo hago tan mal?- Me preguntó ya en confianza.

¿Qué le contestas a un hombre cuando te hace esa pregunta queriendo una respuesta honesta? Para ser franca, así como hay tipos que te ponen unas cogidas tan buenas que sales caminando como Bambi recién parido, también hay los que simplemente no dan una. Se esfuerzan y todo, pero tienen la delicadeza de una orden de cateo y la fogosidad de un rotomartillo.

No es queja. Mientras todo sea dentro de lo convenido, mi trabajo es que disfrute el cliente, no yo. Así es esto: en el negocio de la prostitución el único orgasmo que importa es el del cliente, si yo lo alcanzo es un plus, pero con el pago me doy por satisfecha. Sin embargo, cuando un hombre te pregunta de corazón si es malo en la cama, realmente esperando un veredicto honesto ¿Qué haces?

Una mentira piadosa es una salida fácil. Yo me libro de la pregunta incómoda, le resano la autoestima y él se va tranquilo, pensando que coge deliciosamente, claro, hasta que, de mal palo en mal palo, descubra que no da una. Lo correcto sería decirle la verdad y, en todo caso, darle consejos para que mejore o ¿tú qué harías?

Te contaba el jueves la historia de Axel. Se divorció hace varios meses de quien, antes de ser su esposa, fue su primera novia. Sólo con ella había tenido sexo hasta que lo hizo conmigo, de modo que yo, además de sacarle el chamuco, era la única que podía darle una “segunda opinión”.

El divorcio nunca es fácil. Por amistosos que parezcan algunos, siempre hay de por medio dimes y diretes que terminan por hacer que la pareja saque el cobre. Un divorcio es como las matemáticas: Sumas trámites, multiplicas broncas, restas tiempo y divides bienes. Al final todos, con excepción de los abogados, salen perdiendo.

Axel descubrió que su esposa tenía un amante. En el calor de la discusión y con ánimo de lastimarlo arteramente, se le dejó ir con una entrada de esas de tarjeta roja, con fractura expuesta de tibia y peroné y suspensión de por vida decretada por la FIFA: Le soltó a la cara que lo engañaba porque el otro cabrón si sabía coger. Le reclamó, sin una gota de anestesia, que era pésimo en la cama y que en todos los años que llevaban casados nunca había tenido un orgasmo con él. Claro que, ya en el ánimo de descuartizarle el amor propio, subrayó que “con él”, dando a entender que en otras camas ya había conocido el clímax.

¿Qué se puede decir en estos casos? Ciertamente el orgasmo es un derecho y hay que ejercerlo.

No digo que poner el cuerno sea una solución, pero, admitiendo que la forma de decirlo fue ruin, ella tiene razón, al menos, en que si no consigue en casa satisfacción sexual, tiene derecho a replantear su vida y buscarla en otro lado. No nos engañemos, el sexo es importante. Sólo tenemos una vida y hay que disfrutarla plenamente, si de plano no te sientes realizada o realizado, es válido que busques lo que te hace falta. Claro, para eso no es necesario pasarle una aplanadora a nadie, pero ya lo he dicho, los divorcios son guerras y, a veces las balas más letales salen de la lengua.

Después de semejante historia, mi instinto me decía que lo que Axel necesitaba escuchar era que es bueno en la cama, que la que no le echó ganas fue ella, tratar de animarlo, pero ¿qué ganaba engañándolo? Eso habría sido una solución de momento, pero no le iba a ayudar.

-Puedes mejorar mucho- Le dije, cuidando que la frase fuera franca pero no hiriente.

-Acércate- agregué después de un silencio que comenzaba a volverse incómodo -Dame un beso, pero hazlo lo mejor que puedas.

Me besó. Sus modales eran bruscos y su beso atrabancado, era como si me estuviera saludando un San Bernardo. Lo empujé suavemente, me aparté de él y le pedí que se recostara boca arriba, cerrara los ojos, dejara su boca ligeramente abierta.

Metí mis dedos entre su pelo y con las uñas le acaricié suavemente el cuero cabelludo. Pasé mis palmas por su rostro, apreté con mis labios el lóbulo de su oreja y le dejé unos besos en la mejilla que abrieron el camino a su boca. Le di un beso suave, apenas un roce de nuestros labios. Él trató de reaccionar y volver a los besos de cachorro jarioso. Lo paré en seco. Le dije que lo primero que debía aprender era que besar es como bailar, no hay recetas infalibles y con cada pareja te acomodas distinto, pero lo importante con todas es agarrar el ritmo.

Le pedí que me dejara hacerle el amor. Se lo hice despacito y se dejó guiar. No voy a decir que fue una maravilla, pero mejoró muchísimo.

Cuando terminamos me propuso que le diera clases. Él pagaría por verme una vez por semana y yo le iría haciendo recomendaciones para mejorar su desempeño.

En principio me pareció descabellado, maestra no soy, y eso de enseñar a coger me parecía rarísimo. Algo así como franelera sexual, dando instrucciones: “viene-viene, quebrándose-quebrándose, ahí está bueno, ahora dele duro”.

El caso es que lo platicamos largamente y vamos a intentarlo. Convenimos un precio por varias sesiones y empezaremos el experimento esta semana. A ver qué tal sale.

Un beso
Lulú Petite

 
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