"P... Mat" Por Lulú Petite

Escribir es un acto profundamente solitario. Cuando lo hago, tú lo sabes, sólo estamos mi computadora y yo, párale de contar
Lulú Petite
16/05/2013 - 06:28

Querido Diario:

 

Si gordito, lo siento ¿Para qué voy a engañarte? Ayer estuve con un cliente que me recordó mucho a ti. No sólo porque físicamente se te parecía cañón, sino por su forma de ser, entre tímido y gracioso, no muy bueno para el catre, pero con vocación de mal comediante y exasperantemente tierno.

 

Llegué al motel como a las seis de la tarde. Me recibió con una sonrisa y un beso. Te juro que todavía no me acostumbro a la idea cuando alguien me dice que le emociona conocerme.

 

Escribir es un acto profundamente solitario. Cuando lo hago, tú lo sabes, sólo estamos mi computadora y yo, párale de contar. Cuando alguien lee lo que escribo se convierte en un acto social. Que alguien me preste un rato sus ojitos para leer las cosas que escribo me hace sentir muy agradecida. El caso es que, aun así, no veo a quienes me leen, de modo que cuando alguien me dice que se emociona de conocerme, yo me chiveo todita, no sé qué decir. Me agarra en curva.

 

El asunto es que él estaba así, diciéndome una y otra vez que le encantaba conocerme, que las arañas y esas cosas. Realmente se ve que me ha leído desde hace mucho, que lo disfruta y que estaba muy contento de, al fin, poder coger conmigo. Incluso gordito, has de saber que me comentó que te envidia. Que le gustaría ser el nuevo Mat. Claro, sin amistades íntimas ni prohibiciones de cama.

 

Estábamos platicando  maravillosamente, pero parecía demasiado tímido para dar el primer paso, como si no se atreviera a pedirme que comenzáramos a coger. Estaba a punto de tomar yo la iniciativa, cuando de pronto, me tomó de las manos y mirándome a los ojos con más afecto que lujurua, me dijo igualito que como tú me dices:

 

-Te ves hermosa princesita.

 

Hasta pensé que te habían clonado o que te habías disfrazado para volver a poncharme. Entonces me clavó la mirada con mayor insistencia y se acercó para darme un beso.

 

No he de negarlo panzas, fue un buen beso. De esos que van abriendo el apetito y calentando motores. Con sus manos dibujó caricias por encima de mi cuerpo, como contoneándolo o como si fuera el tacto de un escultor reconociendo la arcilla. Apretó mis pechos y sacándolos con delicadeza de mi vestido, puso sus labios en ellos. No los besó, más bien pasó la lengua por la piel y los pezones como probando su sabor. Me gustó.

 

Entre sus gemidos, nuestras caricias fueron subiendo de tono. Yo me agarré de él y me dejé querer. Poco a poco nos fuimos quitando la ropa. En la cama nos abandonamos a las sensaciones placenteras. Caricias, besos, orgasmos, fricción, miradas, quejidos, emociones.

 

Después de varios minutos, reventó con un grito ahogado que llenó el preservativo. Se mantuvo unos segundos inmóvil igualito a como le haces tú y luego se tumbó en el colchón, con la mirada al techo, los párpados a media asta, una sonrisa boba y la respiración agitada. Se quitó el condón y siguió acariciándosela hasta que regresé con unos pañuelos desechables y le ayudé a limpiarse el batidillo.

 

Ya sé, mi adorado Mat que no te gusta que te cuente estas cosas. Que te encabrona saber los detalles de mi vida sexual, especialmente cuando has dejado de formar parte de ella.

 

No sé por qué si te dan celos saber todo esto sigues leyendo lo que escribo. Tú sabes que te quiero un chingo y que tener un amigo como tú es una de esas cosas que me hacen sentir afortunada, pero no tengo la culpa de que tú quieras otra cosa.

 

Ni modo corazón, quedamos en que si queríamos seguir siendo amigos no podíamos ser amantes, no podrías seguir siendo mi cliente ni volveríamos a coger. No te puedo pedir que dejes de leer lo que escribo, si te molesta, si no te gusta saber que, como en la canción de timbiriche, me cojo con todos menos contigo, entonces no lo hagas. Lee otra cosa, piensa en algo distinto, de lo contrario, lo tuyo no es amor, es masoquismo.

 

Todo esto te lo dije el martes, cuando me reclamaste el tono en que escribí mi aventura con Güicho, la tarde de la marcha de los maestros. Lo que no esperaba fue tu respuesta:

 

-¿Por qué te leo? Por curiosidad, para encontrar entrelíneas, a la mujer que conozco, que no es tan cachonda ni tan divertida, pero que sabe conmoverme. Te leo porque he aprendido a adivinar, por el tono de lo que escribes, cómo está tu corazón. Cuando todo va bien y empiezas a poner cosas cursis y a veces aburridas o cuando traes atravesada alguna congoja y te pones cachonda, te haces la muy canija. Leyéndote cacho cuando andas alocada y te pones provocativa; noto cuando quieres verme o cuando no me quieres ni tantito cerca. Te leo porque he descubierto que lo que escribes es un termómetro de tu estado de ánimo.

 

-¿Ah sí?- Respondí sorprendida, pero retadora -¿Muy cabroncito? ¿Dime cómo estoy ahora?

-Preciosa- contestó evadiendo.

-No, ahora me dices, si de verdad eres tan experto en mi estado de ánimo.

-Ahora, estás esperando.

-¿Esperando?

-Sí, al próximo pendejo que te rompa el corazón.

 

Pinche Mat, me caga que me conozcas tanto.

 

 

Un beso

Lulú Petite

 
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