"Guanajuato" Por Lulú Petite

Lulú Petite
14/03/2013 - 17:05

Querido Diario:

Llegaste el sábado muy temprano ¿Por qué eres tan madrugador? Está del nabo empezar el día antes que el sol, va contra la naturaleza y, ¿en sábado?, es un crimen contra el fin de semana. Te juro que, además del tuyo, los pocos carros que a esa hora circulaban eran los de quienes se amanecieron en la fiesta del viernes.

Pero querías que pasáramos juntos el fin de semana y, con eso que últimamente te la vives de viaje, tenía que aprovecharte. Bien dicen corazón, que amor de lejos… felices mis clientes.

Querías llevarme a Tepoztlán. No sé qué fijación tienes con llevarme a encerrar allá. ¡ni madre! Hace mucho que no te tenía para mí solita y, aunque también tenía ganas de coger, no iba a pasar el fin de semana empiernada en tu casa de campo. Al menos tendrías que llevarme a un lugar que no conociéramos. Algo para recordar.

Decidimos ir a Guanajuato. A las siete de la madrugada ya habíamos pasado la caseta de Tepotzotlán. A las once llegamos a Guanajuato con un hambre endemoniada. Lo primero que me sorprendió fueron sus túneles. Un impresionante laberinto subterráneo. No sé cómo te orientabas allá abajo. A mitad de un túnel te metiste a un estacionamiento.

-Aquí arribita está el centro- Nos dijo un chavito que insistía en rentársenos como guía de turistas. Teníamos mucha hambre como para hacer un tour, así que decidimos buscar dónde apaciguar la solitaria. Subimos unas escaleras que nos sacaron al centro. Te seguí hasta un restaurant en una plazuela, donde nos atendieron de maravilla.

Guanajuato es pintoresco, bohemio y antiguo. La ventaja de viajar contigo es que tienes vocación de guía de turistas. Me llevaste a lugares padrísimos. Para no haberlo planeado fue un viaje perfecto. Hasta el hotel al que llegamos. Tú insistías en que buscáramos otro, pero desde que lo vi ese me encantó ¿Cómo se llamaba? Es un hotel que tiene aspecto de castillo medieval, se ve padrísimo cuando vienes bajando del monumento al Pípila. Lo vi y te dije -Allí vamos a dormir-.

Por fuera se ve hermoso, pero está un poco descuidado, especialmente para lo pinche quisquilloso que eres. De todos modos, yo lo que quería era un cuarto donde cogerte, francamente, ya me urgía sentir tus manos en mi cuerpo, que me arrancaras la ropa, que me quitaras la voluntad, que me hicieras tuya.

Estaba más que caliente cuando entramos a la habitación ¿Hacía cuánto que no me la metías? Te abracé fuerte para sentir el contacto con tu cuerpo, para acariciar tus brazos sólidos y sentir como mi abrazo iba haciendo crecer tu paquete cerca de mi sexo. Pasamos junto a la cama y me dijiste que te gustaba cómo se me veía la falda que llevaba puesta. De repente, te acercaste por detrás de mí y sentí tus manos alrededor de mi cintura, sentí tus labios en mi espalda, tu erección restregándose contra mis nalgas y tu respiración agitada soplándome en la nuca. El corazón se me aceleró al tope y me sentí empapada cuando metiste tu mano por debajo de mi tanga y me masajeaste el clítoris mientras paseabas tu lengua por mi oreja.

Me empujaste entonces de la espalda para doblarme y hacer que mi culo se pegara más a tu cadera. Tu erección era tremenda y te la habías sacado. Tu mano hurgaba en mi vulva con confianza y yo estaba que no podía más del goce. Era exquisito.

Sacaste un preservativo, te lo pusiste de prisa, hiciste a un lado mi tanga y así doblada y de pie, me empalaste deliciosamente. Pasamos el resto de la tarde y hasta entrada la madrugada cogiendo maravillosamente, como siempre.

El domingo siguió el recorrido. Las momias, la mina, la alhóndiga, el teatro Juárez. Todo fue perfecto, incluso la comida en ese restaurancito típico de pocas mesas y platillos deliciosos, en donde me platicaste del trabajo, de tus viajes, de los planes que tienen tú y tus socios. Me gusta verte contento y tan movido, pero esos condenados viajes me hacen verte poco y eso me choca. Igual sonrío y me alegro por ti, pero siento que poco a poco va haciendo que se pierda un proyecto de “nosotros”.

En eso estábamos cuando vi que, a un par de mesas de donde estábamos comiendo, me sonreía con cierto morbo un hombre que estaba con sus amigos. Lo reconocí de inmediato, era un cliente que alguna vez atendí acá en el Distrito Federal. A veces no sé si el país es demasiado chico o las coincidencias muy grandes, pero me chocó verlo tratar de saludarme en una situación tan poco cómoda. Voltee para otro lado esperando que tuviera la delicadeza de no hacer una tontería o de tratar de presumir obviedades con sus cuates. Apuré mi postre y te pedí que nos fuéramos. No pasó del susto.

Ayer te despedí en el aeropuerto. Me caga profe, ¡me caga!

Un beso
Lulú Petite

 
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