"Qué manera más perfecta" Por Lulú Petite

Hace unos días, muy temprano, me llamó el señor “X”. Ese hombre guapísimo de quien te conté hace unos días...
Lulú Petite
13/06/2013 - 06:33

Querido Diario:

Hace unos días, muy temprano, me llamó el señor “X”. Ese hombre guapísimo de quien te conté hace unos días. Me dijo que le gustó la forma en que narré nuestro encuentro y, especialmente, cómo conté el pecado sin balconear al pecador. Me dijo también que quería verme de nuevo. Naturalmente contesté que sí, no hay mejor manera de empezar el día que aventándote el mañanero con un hombre delicioso.

-Perfecto- me dijo -entonces nos vemos en el hotel de la vez pasada.

Me arreglé rápido. Una ducha, maquillaje, peinado. Escogí un vestido lindo, me subí al coche y fui a donde nos quedamos de ver.

Es maravilloso el cerebro. Cuando algo te entusiasma la imaginación vuela. Todo el camino manejé pensando en él. En lo guapo que se ve, en lo bien que coge, en lo sabroso que está. Me imaginaba su erección, magnífica, entrando despacio entre mis piernas, robándome un gemido, inspirándome suspiros de esos que cortan el aliento. Cada segundo me iba calentando más, el tráfico me parecía insoportable, todo lo que quería, era llegar, subir a su habitación y dejar que me cogiera o, de plano, cogérmelo descaradamente, brincar a sus labios, sacarle el miembro y clavarme en él desesperadamente. No es fácil que un hombre me ponga nerviosa, pero ciertamente lo estaba.

Llegué rápido, considerando el tráfico. Me apersoné en la recepción y avisé a qué habitación iba. Naturalmente es un huésped con quien hacen excepciones porque, como la vez anterior, me dejaron pasar sin dar explicaciones. Generalmente en ese hotel, antes de dejarte subir te piden una identificación y la ponen en una vitrinita junto al número de habitación a la que vas escrito en un post-it, así como diciendo: “Cuidado: esta putita sólo puede ir a la habitación 522, si la ve rondando por los pasillos favor de regresarla a Sullivan”. Todo mundo ve las credenciales y eso me choca. Una cosa es mi trabajo y otra muy distinta parecer fichada por la interpol del sector turístico. Por eso allí no voy sino en casos muy, muy especiales, cuando me garantizan no tener que pasar por esa aduana disfrazada de concierge.

Subí emocionada. Muchas fantasías me brincaban en la cabeza y se me amontonaban entre las piernas como una presa a punto de desbordarse. Las ganas me rebasaban cuando llamé a la puerta. Toc, toc, toc.

Él abrió casi de inmediato y me recibió con un beso confortante. No me acostumbro a ver esa cara, tan conocida por televisión, a centímetros de mi cuerpo. Sin decir palabra llevó sus labios a los míos, me apretó hacia su cuerpo, me agarró las nalgas, las apretó con sus dedos y me siguió besando. Su lengua entró en mi boca con naturalidad. El beso fue subiendo de intensidad, sus manos apretaban mis nalgas, mis senos, levantaban el vestido. Me acariciaba con la furia de un derrumbe.

De pronto me dio la vuelta y me puso de cara contra la puerta. Sacó un condón de la bolsa en su camisa, se bajó el cierre del pantalón, sacó el miembro erecto y se puso el preservativo. Me empujó suavemente contra la puerta, levantó mi falda, bajó el calzón apenas lo necesario y separando mis muslos me la metió de un solo golpe. Sentí una punzada suave, como si me hubiera clavado en la madera fría de la puerta. Un delicioso dolor me hizo temblar las piernas. Gemí tan fuerte que fue casi un grito. Entonces él se enderezó moviendo sus rodillas y prácticamente me levantó en vilo.

Así, empalada, con mi cuerpo contra la puerta empecé a resbalar de arriba abajo según el ritmo de sus embestidas. Lo hacía deliciosamente, con una violencia placentera, medida, bien cuidada. La justa rudeza para sentirme una mujer deseada y bien tratada, pero también usada para el pleno goce sexual de ambos, con mi cuerpo atrapado entre la tabla de la puerta y el muro, me sentía una prisionera empalada, cogida, poseída. Temblé de emoción cada que lo sentía entrar y apretarme contra esa esquina. Me vine riquísimo.

Hicimos el amor de nuevo en la cama, ya desnudos. Nuevamente fue gozoso, sorprendente, intuitivo. Ese hombre nació para coger, lo hace espléndidamente. Platicamos en la cama un buen rato. Propuso presentarme algunos amigos, recomendarme. Cuando me metí a bañar, me preguntó si quería quedarme a almorzar con él, me habría encantado, pero ese día tenía otra cita importante.

Me arreglé de nuevo y me despedí del señor “X” con la promesa de vernos pronto. Me emociona la idea, creo que tenemos química y nos vamos a ver seguido. Me subí a mi coche y manejé hasta la editorial que ha de publicar mi libro. Terminé de escribir la historia de mi infancia y de los caminos retorcidos y a veces divertidos que me trajeron a rentar horas de placer. La historia de un vochito sin frenos ni dirección, a doscientos kilómetros por hora en el carril de alta de periférico una madrugada en viernes de quincena. Después de platicar un rato firmé contrato y pronto estará impreso y a la venta.

Regresé a mi casa con la emoción del libro palpitándome en el corazón y las delicias del mañanero todavía latiéndome entre las piernas. Qué manera más perfecta de comenzar el día.

Hasta el martes

Lulú Petite

 
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