"Rutina" Por Lulú Petite

Todo indicaba que la cita sería como una de las tantas que he tenido...
Lulú Petite
11/06/2013 - 06:01

Querido Diario:

Todo indicaba que la cita sería como una de las tantas que he tenido con él. Lo conocí hace tres años. Es un hombre alto, tiene cuarenta y ocho años, un cargo importante en una empresa grande. Tiene esposa, dos hijos y un chingo de trabajo. Según me ha contado llega a la oficina a las ocho de la mañana, muchas veces come allí mismo o se reúne para comer con clientes, regresa a la oficina y sale pasadas las diez de la noche. Pocas veces se toma una tarde o unas horas para buscarme y relajarse un rato. Tiene la voz hermosa, muy varonil, una conversación interesante y muy buen sentido del humor.

Me llama más o menos una vez al mes, pero tiene un gusto extraño. No me coge. Con él tengo algo así como un ritual: Acostumbra recibirme con un beso cariñoso en la mejilla. Inmediatamente después de saludarme, se da un baño mientras yo me desnudo y me recuesto en la cama boca abajo. Ya ni siquiera me lo tiene que pedir, es algo que hemos hecho tantas veces, que forma parte de nuestra rutina.

Sale del baño envuelto en una toalla y lo espero completamente desnuda en la camita, él toma un frasco con un aceite exótico que él mismo compra y comienza a darme un masaje delicioso. Empieza siempre por los hombros, después baja a la espalda, acaricia un rato los glúteos, baja por las piernas, se entretiene en los pies y sube de regreso. Su masaje es placentero y dura aproximadamente veinte minutos.

Después de disfrutar la delicia de sus manos, yo debo devolverle el favorcito, entonces él se recuesta también boca abajo y me pide que le dé un masaje solamente en su espalda. Durante el masaje que me da y el que le doy me platica sobre su trabajo, sobre lo que está leyendo, sobre su mujer y sus hijos, sobre su perro, sobre su vida, pues. Me tiene confianza y, creo, soy para él más su terapeuta que su puta.

Cuando la hora está a punto de terminar, se da media vuelta y sin tocarme ni decir nada, pero clavándome la mirada con cierta lujuria se hace una chaqueta con la que se saca el estrés. Le acerco unos pañuelos desechables para que limpie su batidillo mientras me meto a bañar. Siempre me visto mientras él se ducha y me despido de él cuando todavía está en eso. Es un buen cliente, nos queremos bien.

La cita fue el jueves a las cinco de la tarde. Diez minutos antes de la hora acordada le mandé un mensaje explicándole que estaba en camino, pero el tráfico me tenía un poco retrasada. Llegaría entre diez y quince minutos después de las cinco. Sé que tiene su agenda muy apretada, que unos minutos pueden fastidiarle el día, pero respondió de inmediato: “No hay problema, aquí te espero”.

Llevaba un vestido negro de falda corta, pegado de la parte de arriba, holgado abajo. Lencería fina y tacones altos. Como de costumbre me recibió con un beso en la mejilla y se metió a bañar, yo me quité la ropa, la puse sobre el tocador y me recosté boca abajo, con mi cabeza sobre los brazos y los ojos cerrados.

Cuando lo oí salir del baño abrí los ojos, venía envuelto en la toalla, como de costumbre, se sentó a un lado mío en la cama y cuando sentí sus manos en mis hombros cerré los ojos. Con sus pulgares hacía medios círculos de afuera hacia adentro dirigidos a mi cuello, mientras con el resto de sus dedos apretaba suavemente mis hombros. La caricia era firme, pero delicada. Lo hace muy bien. De pronto, a mitad de esas caricias, lo sentí acercarse demasiado y ¡zaz! Que me da un beso en el hombro.

No me lo esperaba. Nunca en los años que tengo de conocerlo me había besado así. Por un instante, olvidé que de hecho esa es la naturaleza del negocio que me tenía en su habitación y brinqué sorprendida, voltee a verlo con los ojos redondos como lunas llenas, tipo preguntándole qué pedo y ¡Zácatelas! Que me sorprende con un segundo beso pero en los labios.

Desde luego en ese momento entendí que la rutina había cambiado y me dejé querer. De inmediato sentí sus manos en mis senos, su respiración agitada, su miembro erecto que rompía el nudo de la toalla. Los dos estábamos desnudos y en la cama, listos para el sexo. Estiré la mano hasta mi bolso, saqué un preservativo y se la mamé.

Fue raro. Todo él era otro, como poseído. Me acariciaba con entusiasmo y un deseo profundo, sincero, abrumador. Con un movimiento rápido me colocó de espaldas a la cama y así nada más, pegándose a mis labios me dio un beso tierno, fulminante, casi amoroso. Entonces me penetró de golpe. Lo sentí hasta el fondo llenándome, poseyéndome. Se movió con rapidez dentro de mí, unas cuantas acometidas y en unos treinta segundos se vino. Me dio un beso en los labios sin sacármela. Luego salió de mí despacio, con una sonrisa adornándole el rostro.

Antes de despedirnos me explicó. Hace tres meses salió de su casa y tenía casi seis sin coger. Su esposa quiere el divorcio, él no. Lo cierto es que con tanto trabajo pasaba muy poco tiempo en casa, un buen día su mujer no quiso tolerar la ausencia y lo mandó al carajo. Él la extraña. Supongo que debió priorizar y dejar al trabajo después de la familia. Me cae bien, ojalá arregle sus cosas.

Un beso
Lulú Petite

 
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